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30 de noviembre de 2017 | #1484

El decreto sobre la tierra del gobierno sovietico

“La más importante revolución agraria de la historia” (II)

Una de las primeras medidas del naciente gobierno soviético fue el “Decreto sobre la tierra”. Allí se estableció la abolición, sin indemnización, de la propiedad terrateniente y el traslado a los comités agrarios y los soviets de diputados campesinos de distrito de las fincas de los terratenientes, las tierras de la Iglesia y de los monasterios, con todos sus bienes. El Decreto hizo hincapié en la responsabilidad de los soviets para asegurar “el orden más riguroso” en la confiscación.

Los bolcheviques refirieron como antecedente de la medida al “decreto modelo” elaborado por los socialistas revolucionarios  a partir de las 242 demandas presentadas por los delegados campesinos al Comité Ejecutivo Central del Soviet de diputados campesinos, en agosto de 1917. Estas demandas planteaban la distribución de la tierra en base a la igualdad, la prohibición de comprar y vender tierras y, a la vez, de emplear mano de obra asalariada.

Dos meses antes de la Revolución de Octubre, Lenin produjo un giro político en la cuestión de la tierra que fue determinante para la toma del poder y fue la adopción en la práctica de la Revolución Permanente. Declaró que este “decreto modelo” era aceptable como programa y que el gran autoengaño de los socialistas revolucionarios era considerar que este programa se podía llevar adelante sin derrocar al régimen capitalista. Lenin pasó a considerar que, como gran parte de la tierra estaba hipotecada a los bancos, por el endeudamiento de la masa campesina, la confiscación sólo era concebible cuando “la clase revolucionaria haya vencido la resistencia de los capitalistas con el empleo de medidas revolucionarias”. Más en concreto, las 242 demandas campesinas sólo podían realizarse bajo la dirección del proletariado en alianza con los campesinos y en guerra contra el capitalismo.

Este giro político estuvo dictado por la percepción de Lenin sobre la maduración de las condiciones para la toma del poder y por el inexorable avance de la revolución en el campo. Las estadísticas oficiales revelaron mes a mes este desarrollo: en mayo hubo 152 casos de apoderamiento de fincas por la fuerza, en junio, 112; en julio 387; en agosto 440; en septiembre 958. Hacia el otoño ruso la rebelión es creciente y no deja rincón de Rusia sin recorrer (sobre 624 distritos, en 482 crecía la marea campesina en territorios en los que las decisiones de las asambleas campesinas tendían a ser tomadas como leyes. Para una investigadora, “irónicamente, esa orden (el “Decreto sobre la tierra”) mostró la impotencia del gobierno central (Gobierno Provisorio encabezado por Kerensky) puesto que los campesinos habían tomado casi todas las tierras privadas antes de octubre”. Cierto que fue el gobierno soviético el que confirmó esa apropiación y fue la llave maestra del apoyo campesino al gobierno soviético en las aciagas horas por venir, en la Guerra Civil frente a los ejércitos blancos organizados por las potencias imperialistas.

Lenin dio a conocer su nueva política desde su escondite en Finlandia a través de un artículo en el periódico del partido que había reemplazado al suspendido Pravda. Pero pocos advirtieron el giro y el “Decreto sobre la tierra”, presentado junto al de la Paz al Segundo Congreso de Soviets de toda Rusia el 26 de octubre (8 de noviembre) fue “una sorpresa para sus enemigos y muchos de sus partidarios” (Carr). Lenin definió al “decreto modelo” de los socialistas revolucionarios en su discurso de presentación como “la expresión de la voluntad incondicional de la vasta mayoría de los campesinos conscientes de toda Rusia”. El Decreto determinó, además, que las pequeñas posesiones de los campesinos, que labraban directamente sus tierras, quedaban fuera de la confiscación.

En sus escritos sobre la Revolución Rusa, elaborados en la cárcel en 1918, Rosa Luxemburgo criticó el giro de los bolcheviques sobre la cuestión agraria. “La toma de las grandes propiedades agrarias por los campesinos, siguiendo la consigna breve y precisa de Lenin y sus amigos: ‘vayan y aprópiense de la tierra’, llevó simplemente a la transformación súbita y caótica de la gran propiedad agraria en propiedad campesina. No se creó la propiedad social sino una nueva forma de propiedad privada, es decir, la división de grandes propiedades en propiedades medianas o pequeñas, o de unidades de producción grandes relativamente avanzadas en primitivas unidades pequeñas que utilizan técnicas del tiempo de los faraones… la diferenciación creada por la propiedad de la tierra, lejos de eliminarse, se profundizó”.

Sin embargo, ésta fue la llave mayor, junto al “Decreto sobre la paz”, de la victoria de la Revolución de Octubre -sobre esta base se produjo el ingreso de una fracción de los socialistas revolucionarios al primer gobierno bolchevique. La ausencia de un liderazgo obrero había hecho fracasar, siete años antes, la enorme revolución agraria en México, una revolución que había tenido la condena inmisericorde de la II Internacional: “Una revolución campesina plebeya, cuando lo que estaba a la orden del día en México era muy otra cosa, culminar una revolución burguesa”.

León Trotsky, en la Historia de la Revolución Rusa planteó: “Si la cuestión agraria, herencia de barbarie de la vieja historia rusa, hubiera sido o hubiera podido ser resuelta por la burguesía, el proletariado ruso no habría podido subir al poder, en modo alguno, en el año 1917. Para que naciera el Estado soviético fue necesario que coordinasen y se compenetrasen históricamente dos factores de naturaleza histórica completamente distintos: la guerra campesina, movimiento característico de los albores del desarrollo burgués, y el alzamiento proletario, el movimiento que señala el ocaso de la sociedad burguesa. Fruto de esta unión fue el año 1917”.

Por primera vez en la historia, el campesino encontró su guía en el obrero. En esto, la Revolución de Octubre se distingue totalmente de todas las revoluciones que le precedieron y abrió una experiencia histórica.

Vale para hoy, a los 100 años.

 

Referencias

L. Trotsky: Historia de la Revolución Rusa, Galerna, Buenos Aires, 1972.
E.H. Carr: La Revolución Bolchevique, Tomo II, Alianza, Madrid, 1982.
S. Badcock: “Las revoluciones campesinas de 1917”, Jacobin, 23/8/17, www.marxists,org
R. Luxemburgo: La Revolución Rusa, Akal, Madrid, 2017.
C. Rath: “La más importante revolución agraria de la historia” (I) Prensa Obrera N° 1.470.

 

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