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9 de noviembre de 2018

Hace 75 años

Cuando la burguesía usó las banderas democráticas contra la revolución alemana

A 100 de la revolución alemana compartimos este texto publicado en Prensa Obrera #407, 24 de noviembre de 1993

El 9 de noviembre de 1918 abdicó el emperador alemán Guillermo II y se exilió en Holanda.

Desde fines de octubre habían comenzado las sublevaciones, primero en la armada, luego en el ejército y entre los trabajadores inmediatamente después. Luego de cuatro años de guerra, la miseria y la inminencia de la derrota militar hacían insoportables el “viejo orden”.

El canciller Max von Baden, un príncipe “liberal”, había instado al emperador a abdicar en favor de su nieto mayor: “De esa manera, con la ayuda de los socialistas, podríamos salvar la situación. De lo contrario, tendremos una república”.

A tal efecto fue nombrado canciller el socialdemócrata Ebert. El “objetivo era una monarquía parlamentaria antes que la abolición total del antiguo orden” (E.Ettinger en “La vida de Rosa Luxemburgo” pág. 280). Pero los hechos iban demasiado rápido. Con las masas en la calle “llegó al Reichstag el rumor de que Karl Liebknecht estaba a punto de proclamar una República alemana soviética”. Los consejos de obreros y soldados florecían por todas partes. Para bloquear los acontecimientos, Scheidemann, socialdemócrata, miembro del nuevo gobierno, proclamó la República desde los balcones de la cancillería —sin consultar con Ebert y demás miembros del gabinete. El gobierno provisional, nombrado por el “viejo régimen”  para frenar la revolución, está compuesto por los socialdemócratas —tanto su fracción oportunista mayoritaria, como la centrista independiente.

Los espartaquistas dirigidos por Liebknecht y Rosa Luxemburgo se constituyen en oposición revolucionaria al gobierno que viene a defender a la contrarrevolución.

Revolución o Asamblea Constituyente

El 16 de diciembre se reúne un Congreso Nacional de los Consejos de Obreros y de soldados de Alemania. Sobre 489 delegados presentes, los espartaquistas sólo cuentan con una bancada de 10. A pesar del prestigio revolucionario de sus dirigentes, habían salido muy golpeados y desorganizados de la represión sufrida durante la guerra. Berlín, la capital, estaba sometida a constantes manifestaciones y huelgas, dirigidas en gran parte por los espartaquistas. El gobierno de Ebert trata de cortar el curso revolucionario de las masas. El 12 de noviembre el gobierno adopta la jornada de 8 horas. El 15 se crean las “comunidades del trabajo” para resolver las diferencias entre obreros y patrones. El 23 de diciembre se introducen los convenios colectivos de trabajo en el derecho alemán.

Pero el Estado se mantiene en pie. Mientras los espartaquistas plantean la extensión del poder de los consejos y el armamento de las masas, la socialdemocracia se niega a adoptar cualquier medida hasta tanto se convoque a una Asamblea Constituyente. El 16 de diciembre, el Congreso de los Consejos decide fijar la elección de una Asamblea Constituyente para el 19 de enero, con el voto en contra de los espartaquistas. Para acabar con la situación revolucionaria se plantea el sufragio de la totalidad de la población e “institucionalizar” así “la democracia”.

Participación en la Constituyente “democrática”

El 30 de diciembre se reúne el congreso de los espartaquistas que fundará el Partido Comunista. En su segunda sesión debate el problema de la participación en la próxima Constituyente. El informe de la dirección central afirma que la Asamblea Nacional es una “fortaleza edificada por la voluntad de la burguesía, en donde desean atrincherarse todas las variedades y especies de la actual sociedad... Es indudable que los representantes del proletariado se hallarán en minoría dentro de dicha Asamblea Nacional, y a pesar de todo ello nosotros os proponemos participar en las elecciones...”. El planteo fue interrumpido por una “tempestad de gritos de protesta e interrupciones” (extraído de “La comuna de Berlín”). Cansados de décadas de participación socialdemócrata en los parlamentos burgueses, los obreros revolucionarios no querían saber nada con el “parlamentarismo”. Rosa Luxemburgo, primero, y Carlos Liebknecht, después, volcaron su autoridad para explicar que habiendo sido derrotados en el Congreso de los Consejos su propuesta contraria a que fuera convocada una Asamblea Nacional Constituyente, debía ahora participar, porque las grandes masas no habían culminado su experiencia con el sufragio universal. (Por primera vez votarían las mujeres y se eliminaba el sistema de votación por estamentos en Prusia). ¿“Qué camino es el más seguro para conseguir educar a las masas?...Lo que yo veo hasta el presente es la moderación de las masas llamadas a derrocar la Asamblea Nacional. El arma con la que el enemigo piensa combatirnos debemos volverla contra él... La acción directa es más simple ... Pero nosotros entendemos que, previamente y para el apoyo de esa lucha, se hace preciso que conquistemos la tribuna de la Asamblea Nacional”. Estas palabras de Rosa fueron recibidas con “débiles aplausos”. Liebknecht también tomó la palabra: “En la Asamblea Nacional, un pequeño número de nosotros podría ayudar a restringir la acción gestada allí contra el proletariado, y de paso servir de ejemplo para que cobraran confianza en nosotros las masas de afuera”. Pero la línea “izquierdista”  de no-participación triunfa por 62 votos a 23.

Un manifiesto del nuevo Partido Comunista planteará claramente: “La Asamblea Nacional que prepara el gobierno será el instrumento con que los contrarrevolucionarios combatirán la revolución proletaria. Hay que impedir por todos los medios que se reúna esa Asamblea”. (Historia Social de Alemania, Tomo I, página 319, Ramos-Oliveira). La socialdemocracia también se dirigirá a la opinión pública con otro manifiesto: “Los socialistas conseguiremos sin demora que les sean reconocidos al pueblo todos sus derechos, incluso el de determinar por sí mismo sus propios destinos”.

Aplastar la revolución para convocar a la Constituyente

La socialdemocracia en el poder se puso de acuerdo con el alto mando militar para aplastar a los comunistas y a la revolución. Montó una serie de provocaciones para que la “izquierda” saliera a dar batalla prematuramente. Destituyó al jefe de policía de Berlín, que había asumido en las jornadas revolucionarias del 9 de noviembre y que se negaba a reprimir las manifestaciones espartaquistas. “¿Dimitir? ¡Nunca! Sólo el proletariado de Berlín, que me puso aquí el 9 de noviembre, cuando ni siquiera existía el actual gobierno, tiene poderes para echarme”, declaró. Las grandes manifestaciones que se desarrollaron el 5 de enero fueron entendidas por la dirección del nuevo Partido Comunista como la antesala para la insurrección. Esto era esperado por el gobierno socialdemócrata, que había acumulado “tropas leales” en los alrededores de Berlín y había armado a cuerpos especiales de voluntarios contrarrevolucionarios. Esta “guardia blanca” se descargó con furia sobre la inexperta e insegura dirección revolucionaria. Rosa Luxemburgo había discrepado con esta insurrección por “prematura”. La represión fue sangrienta y costó la vida de centenares de trabajadores y de los grandes líderes (Luxemburgo y Liebknecht fueron cobardemente asesinados cuando estaban detenidos).

“Aplastada la revolución —escribía la prensa socialdemócrata—se celebrarán sin tropiezos las elecciones para la Asamblea Nacional”. Para situarse convenientemente en el “nuevo régimen”, la burguesía alemana reorganiza sus partidos, “todos ... quieren ser populares o democráticos”.

La Asamblea Nacional es convocada en la tranquila ciudad de Weimar, lejos de la presión revolucionaria de Berlín. La socialdemocracia, aún aplastada la revuelta comunista, teme la presión de las masas, teniendo en cuenta que si bien la mayoría de los trabajadores no acompañó la rebelión espartaquista, repudiaron la represión, lo que se evidenció en las masivas manifestaciones de repudio al crimen contrarrevolucionario. Con el boicot comunista, la socialdemocracia obtuvo 11,5 millones de votos (casi 40%), mientras que los “centristas” lograban 2,3 millones de votos (7,8%). “La Asamblea Constituyente aprobó en 7 meses una constitución admirable, que sirvió luego de modelo a otros países... En orden a la legislación social —derechos del trabajador, seguros sociales, etc.—y a las libertades políticas... Pero el régimen de propiedad privada en sus manifestaciones más perniciosas —el latifundismo, la dictadura económica de la gran industria— apenas sufrió modificación”. (“Historia Social...” pág. 329).

Usada como arma política contra la revolución proletaria, la “hoja de papel” constitucional fue rápidamente abolida por la lucha de clases. Bajo el alero de la “constitución progresiva y liberal” de la República de Weimar, la burguesía desarrolló una fuerte lucha contra la clase obrera, valiéndose en todo momento de la socialdemocracia (y luego del stalinismo), hasta culminar con el ascenso del nazismo.
 

Leé también: El Partido Socialdemócrata Alemán de 1918 a 1921
 

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