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27 de mayo de 1999 | 628

Vigencia del Cordobazo

Por Luis Oviedo

En un artículo publicado en el último número de Todo es Historia, Horacio Tarcus refiere, sin juzgamiento de valor alguno, que "el Cordobazo ya no es entendido como el preludio de una onda social expansiva que se irradia a todo el país sino el producto de una excepcionalidad histórica, única e irrepetible" (1). Naturalmente, la conclusión de que el Cordobazo no habría obedecido a razones históricas de peso —cuya vigencia en la actualidad habría que analizar— sino a una especie de ‘azar’ histórico es enteramente tranquilizadora para los democratizantes de hoy. Pero la propia historia se encarga de desmentir que el Cordobazo haya sido una ‘excepcionalidad histórica’.

Al Cordobazo lo siguieron el Rosariazo, el Tucumanazo, el Choconazo, el Rocazo, el Mendozazo y, nuevamente en Córdoba, el Viborazo de 1971. Todas fueron huelgas políticas de masas que siguieron la huella del Cordobazo. Bajo la democracia fondomonetarista de Menem y Alfonsín, el Santiagueñazo, el Jujeñazo y el Cutralcazo fueron ‘los Cordobazos de los ‘90’. Como se señalaba oportunamente en Prensa Obrera, "comparado con el Cordobazo de 1969, el Santiagueñazo sólo pierde en cuanto a la importancia social y política de Córdoba y a la presencia en ésta de un concentrado proletariado industrial. En todo lo demás, lo supera. Porque en el Cordobazo el poder político no fue sometido a la implacable demolición que sufriera a manos de los explotados santiagueños hace diez días. La Casa de Gobierno primero, luego la legislatura y el poder judicial, finalmente las lujosas y corrompidas mansiones de los políticos patronales (tanto oficialistas como opositores), este recorrido no dejó de lado a la capital, ni a buena parte de los municipios del interior. A diferencia del Cordobazo, el Santiagueñazo se extendió al interior de la provincia" (2).

Todos estos ‘azos’ —que hasta en la etimología se reconocen como herederos del Cordobazo— tienen en común el haber sido gigantescas huelgas políticas de masas que, en su desarrollo, se convirtieron en semi-insurrecciones populares contra el poder político del Estado capitalista, dictatorial o democrático.

El Cordobazo, sin embargo, no desarrolló las tendencias potencialmente revolucionarias que anidaban en su seno. En esto, no es una excepción: tampoco lo hicieron ni el Rosariazo, ni el Tucumanazo ni las puebladas de la era menemista.

El Cordobazo abrió una crisis revolucionaria, es decir, de poder en la Argentina, que la burguesía y el imperialismo resolvieron a su favor mediante el recurso excepcional del retorno de Perón y, ante el fracaso de éste, mediante la dictadura de Videla y Massera. La dictadura genocida fue la respuesta al Cordobazo.

El curso que siguieron los acontecimientos expone las debilidades políticas de la vanguardia obrera, en particular sus ilusiones democráticas en el peronismo. La debilidad política del Cordobazo radicó también en que "la enorme militancia clasista y antiburocrática de la década del ‘70 fue canalizada por organizaciones que no planteaban la independencia de clase como viga maestra de su estrategia" (3).

La necesidad de la ruptura de las organizaciones obreras con los partidos patronales y con su Estado, es decir, la organización clasista de la clase obrera, es la forma concreta que asume, a fines de siglo, el planteamiento político estratégico puesto en cuestión por el Cordobazo. Aquí radica su vigencia y actualidad.

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