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15 de enero de 2019

De noviembre al agitado mes de diciembre

Centenario de la Revolución Alemana parte #6. El doble poder

Los Consejos obreros, de soldados y marineros se desarrollan masivamente en todo el país. Son miles desde Berlín y las grandes ciudades hasta las más pequeñas. Paralelamente el gobierno Ebert mantiene en funcionamiento todo el aparato del Estado burgués. Desde los ministerios que mantienen a todos sus funcionarios hasta la gran prensa que continúa saliendo sin restricciones de ningún tipo y el poder económico de la burguesía alemana que no ha sido restringido en lo más mínimo y que con el aval de la burocracia sindical evita en las jornadas iniciales la explosión reivindicativa, con algunas concesiones.

El punto más débil para el orden burgués es la carencia de un aparato represivo dispuesto a poner orden. Apenas las tropas que vuelven del frente tocan territorio alemán se desvanecen. Los soldados vuelven a sus hogares. Los trenes son asaltados y banderas rojas flamean sobre ellos. Los intentos iniciales de utilizarlos para reimplantar el orden y desarmar trabajadores fracasan.

República de Consejos o Asamblea Constituyente

En la lucha por la convocatoria rápida de una Asamblea constituyente, que consolidará el poder de la burguesía amenazado por los consejos y establecerá una Constitución democrático burguesa, la socialdemocracia mayoritaria es la punta de lanza de una coalición que agrupa la casi totalidad de las viejas fuerzas políticas y, detrás de ellas, a las clases poseedoras. Con rapidez inusitada el conjunto de las autoridades y el personal político se funden en este movimiento “democrático” para combatir a la revolución y defender el orden y la propiedad. Conservadores y reaccionarios se proclaman de la noche a la mañana republicanos y demócratas, partidarios de una ”soberanía popular”, que era hasta entonces la menor de sus preocupaciones. El Centro católico se rebautiza “partido popular cristiano-demócrata”; los conservadores se agrupan en el “partido popular nacional-alemán” que inscribe en su programa el sufragio universal, el gobierno parlamentario, la libertad de prensa y de opinión. La fusión de los antiguos “progresistas” y una parte de los viejos “nacional-liberales” da nacimiento al “partido demócrata alemán”. Junkers y burgueses se visten con disfraces democráticos; lo esencial es primero apartar a los consejos. No hay sobre esta cuestión divergencias importantes en el seno del gobierno: Max de Bade y Ebert se habían puesto de acuerdo, y la declaración del 10 de noviembre preveía la elección de una Constituyente. Los comisarios del pueblo independientes elevarán objeciones técnicas y discutirán la oportunidad de las fechas, reclamarán tiempo para “preparar” la campaña electoral, pero ya han escogido, contra el sistema de los consejos y la dictadura del proletariado, la república parlamentaria.

Por el lado de los Consejos y de la propia izquierda de los independientes, incluyendo a los espartaquistas y la izquierda radical reina una gran confusión. Esta confusión, la ausencia de una organización revolucionaria que procure la mayoría en los consejos y el poder de los consejos mediante una lucha consecuente, deja el campo libre a los adversarios de los consejos en su mismo seno.

Los delegados revolucionarios en Berlín intentan combatir las posiciones derechistas del gobierno y arrastran en muchas votaciones a los propios delegados mayoritarios que en el clima del Consejo de Berlín se sienten presionados por los reclamos que suben desde las fábricas. En muchas ciudades del interior independientes de izquierda y espartaquistas asumen el liderazgo de los Consejos, pero en otros la conducta de los radicales de izquierda es ultraizquierdista. En Dresde, el dieciséis de noviembre, los radicales de izquierda, detrás de Otto Rühle dimiten en bloque del consejo de obreros y soldados de la localidad en donde consideran no tener lugar porque están en minoría frente  a una coalición de mayoritarios e independientes a la que califican de “contrarrevolucionaria”.

Hay una gran diversidad de posiciones entre los independientes sobre este punto. Mientras que Haase y los comisarios avalan desde el gobierno la perspectiva de la Asamblea Constituyente, los elementos de izquierda, los responsables del partido en Berlín y los delegados revolucionarios están a favor del poder de los consejos y en ese punto al menos están de acuerdo con los espartaquistas. Pero es la dirección espartaquista la que presente la defensa más elaborada de los Consejos frente a la Constituyente. Escribe Rosa Luxemburgo en Die Rote Fahne (Bandera Roja), “No se trata ahora de escoger entre democracia y dictadura. La cuestión puesta por la historia en el orden del día es: democracia burguesa o democracia socialista. Porque la dictadura del proletariado es la democracia en el sentido socialista del término. La dictadura del proletariado no significa bombas, putschs, rebelión o “anarquía”, como pretenden los agentes del capitalismo, sino el empleo de todos los medios del poder político para la edificación del socialismo, para la expropiación de la clase capitalista, conforme al sentimiento y la voluntad de la mayoría revolucionaria del proletariado”.

El veintitrés de noviembre el ejecutivo de Berlín se amplía con representantes de las diferentes regiones, con lo que cuenta con veinticinco nuevos miembros, en su mayoría mayoritarios, pero también con algunos revolucionarios. Pero la prensa socialdemócrata y burguesa ya ha sabido explotar contra el ejecutivo berlinés la hostilidad hacia la capital, siempre latente; sugiere que aspira a la dictadura y busca levantarse contra el sufragio universal y reaparecen temas ya utilizados con éxito contra la Comuna de París. Se dispara desde todas partes contra el ejecutivo. Se dice que la Entente no lo reconoce y que acreditar su autoridad implica el riesgo de una ruptura del armisticio.

Los realineamientos políticos

Después de la revolución las posiciones de los partidos obreros y las de las corrientes que se enfrentan en su seno, contribuyen a incrementar la confusión. En principio, dos organizaciones, llamándose las dos socialistas, se ofrecen en noviembre y diciembre a los trabajadores alemanes. El viejo partido socialdemócrata, que es llamado todavía “mayoritario”, incluso donde ya no lo es, y el partido socialdemócrata independiente. Los dos están en el gobierno, en el consejo ejecutivo, los dos se afirman socialistas y revolucionarios, por la revolución de noviembre que los ha llevado al poder. Las divergencias entre ellos no son a primera vista importantes: casi todas las decisiones del gabinete son tomadas por unanimidad.

En el interior del partido independiente, está la liga Espartaco. Desde el diez de noviembre, el rechazo de Liebknecht a entrar en el gobierno Ebert-Scheidemann-Haase los ha convertido en una tercera dirección, una oposición a la línea seguida por las otras dos. En el interior del partido socialdemócrata, además de la derecha de Ebert-Scheidemann, aliada de hecho con el Estado Mayor y en lucha consciente por la liquidación de los consejos, en contra del “bolchevismo”, hay una izquierda, ciertamente desorganizada, pero formada por numerosos miembros del partido socialdemócrata, para los que tal alianza, si conociesen su existencia, sería inconcebible y que creen de buena fe en las perspectivas socialistas pacíficas. Se manifestará con vigor durante las semanas siguientes, con la hostilidad mostrada por muchos militantes e incluso responsables frente a una política marcadamente derechista.

La “derecha” del partido independiente formada esencialmente por el núcleo dirigente (Haase y compañía) está muy próxima a la “izquierda” mayoritaria. Desea realmente una democracia parlamentaria, pero sueña con conciliarla con la existencia institucionalizada de los consejos obreros poseedores de una “parte” del poder. Igual que la izquierda socialdemócrata, cubre la política de Ebert y de la derecha. Por el contrario, la izquierda de los independientes, con Däumig, Ledebour, y el círculo de delegados revolucionarios de Richard MüIler, no tiene ciertamente, la actitud intransigente de un Liebknecht, pero mantiene las posiciones del radicalismo de antes de la guerra, y añade la reivindicación del poder de los consejos como perspectiva concreta, lo que la empuja hacia el campo de los defensores incondicionales de la revolución rusa. Los dirigentes de Espartaco están de acuerdo con la izquierda independiente para una lucha encarnizada contra la derecha en el partido, por el refuerzo del poder de los consejos y contra la perspectiva de convocatoria de una Asamblea nacional. Pero no están tan vinculados como ella a la militancia en el interior de los sindicatos tradicionales, a los que muchos militantes vuelven la espalda. Y, si los dirigentes prevén participar en las elecciones de la Constituyente si éstas se celebran, no tienen para ello el apoyo de la mayoría de los militantes de la Liga.

Una conferencia reunida en Bremen el veintitrés de noviembre decidió la fundación de una nueva organización, los “comunistas internacionales de Alemania”. Han sido siempre hostiles a la adhesión de los revolucionarios al partido socialdemócrata independiente, y estiman haber recibido de los hechos una confirmación aplastante. Son conscientes de que no tienen, a escala nacional, las fuerzas suficientes para constituir por sí mismos el embrión de un nuevo partido revolucionario. Como en 1917, sostienen frente a Espartaco un apoyo crítico y afirman estar decididos a apoyar cualquier iniciativa suya en el sentido de una organización independiente de revolucionarios, mediante la ruptura definitiva con los centristas.

En las filas de Espartaco, como en las filas de las comunistas internacionalistas, se manifiesta cada vez más la tendencia “izquierdista”, que rechaza en bloque cualquier trabajo en común con los “social-traidores” y sus cómplices – un concepto muy ambiguo– y piensa finalmente que el poder político está al alcance de los fusiles de los trabajadores en el plazo de algunas semanas como máximo.

El problema es que los elementos revolucionarios no habían sabido provocar una clarificación cuando aún era tiempo. Después de la revolución de noviembre una parte importante de lo que había constituido la vanguardia obrera se había apartado del viejo partido, y los cuadros organizadores de la clase se habían unido en muchos casos al partido socialdemócrata independiente quien ejerce una influencia predominante entre los obreros de las grandes empresas. La gran mayoría de los cuadros obreros se encuentran prisioneros del partido de Haase, cuya política encubre la de Ebert, pero que, al menos formalmente, es también el partido de Liebknecht y Rosa Luxemburgo.

El Congreso Nacional de los Consejos

El 16 de diciembre se reúne en Berlín el Congreso nacional de los Consejos de obreros y soldados de todo el país. El Congreso refleja la amplitud del retroceso político sufrido por los revolucionarios en seis semanas. De los 489 delegados, 405 son enviados por los consejos de obreros y 84 por los de soldados. Los representantes del aparato son ampliamente superiores, sobre los obreros de las empresas. Los socialdemócratas mayoritarios detentan la mayoría absoluta con doscientos ochenta y ocho delegados, contra noventa independientes – de los que diez son espartaquistas– once “revolucionarios unidos”, veinticinco demócratas y setenta y cinco sin partido. El día de la apertura, el Vorwärts, defendiendo la convocatoria de la Asamblea constituyente, ironiza a expensas de los espartaquistas y les pregunta si, conforme a su reivindicación del poder para los consejos, aceptarán la decisión de los consejos de desprenderse del poder.

Pero los espartaquistas, en conjunto con los delegados revolucionarios, organizan el día de la apertura del congreso un gigantesco acto seguido de un desfile y del envío de una delegación en nombre de los 250.000 trabajadores berlineses reunidos. Recibida en la sala, el delegado revolucionario Paul Weyer lee las reivindicaciones de los manifestantes: proclamación de una República socialista unida, el poder para los consejos de obreros y soldados, ejercicio del poder gubernamental por un ejecutivo elegido por el consejo central, revocación del consejo de comisarios del pueblo de Ebert, medidas de depuración y desarme de los contrarrevolucionarios, armamento del proletariado, llamada a los proletarios de todo el mundo para construir sus consejos y para realizar las tareas de la revolución mundial.

El Congreso va por el camino opuesto. La propuesta que fija la fecha del diecinueve de enero para las elecciones de la Constituyente vence por cuatrocientos votos contra cincuenta. Alrededor de la mitad de los delegados independientes han seguido a Haase con su voto a favor, mientras que los otros seguían a la oposición con Ledebour, Däumig y Richard Müller. Al día siguiente, una moción de Däumig afirmando que los consejos seguían siendo la base de la autoridad suprema en materia legislativa y ejecutiva, y que era necesario un segundo Congreso antes de la adopción de una nueva Constitución es rechazada por trescientos cuarenta y cuatro votos contra noventa y ocho. El Congreso de los consejos se definía contra el “poder de los consejos” y Däumig podrá calificarlo sarcásticamente como el “club del suicidio”. Los mayoritarios de Ebert, después de haber logrado una aplastante victoria sobre el terreno de sus adversarios, la completaron votando la enmienda Lündemann que confiscaba en provecho de los comisarios del pueblo, la autoridad destinada en principio al consejo central.

La única sorpresa se produjo sobre las reivindicaciones de los soldados, que quieren imponer sus delegados, incluidos los socialdemócratas, y que Ebert había secretamente asegurado al Estado-Mayor que no serían abordadas en el Congreso. La aprobación de los “siete puntos de Hamburgo” será el origen de la gran crisis de diciembre, abierta por la descomposición del ejército.

Un agitado mes de diciembre y el enfrentamiento de navidad

En toda Alemania, los revolucionarios organizan actos, manifestaciones, y votan resoluciones y protestas contra la decisión del Congreso de los consejos. El veintiuno de diciembre en Berlín, Pieck, Liebknecht, Duncker, Paul Scholze, representando a los delegados revolucionarios, llaman a la lucha contra estas decisiones, al combate implacable contra el gobierno Ebert-Scheidemann. Lo que no queda claro, sin embargo, es saber si la lucha debe continuar a largo plazo para la reelección de los consejos y la conquista de la mayoría en su seno, o si los revolucionarios deben proseguir el combate contra la convocatoria de la Asamblea constituyente, pasando por encima de los consejos reales, y luchar de inmediato por el poder de los consejos, que éstos no desean. Esta cuestión iba a dominar la vida política de Alemania en las siguientes semanas y las divergencias que iba a provocar van a marcar al conjunto del movimiento comunista alemán.

 

La lucha económica de los obreros rompe la máscara “democrática” de la revolución de noviembre y pone ante los ojos de las masas menos conscientes los problemas cotidianos en términos de clase. A pesar del acuerdo de la burocracia con los líderes patronales, las luchas económicas se incrementan fuertemente en diciembre.

El otro signo de radicalización es la descomposición del ejército que pone en cuestión la base de la autoridad del consejo de comisarios del pueblo, y priva al aparato de Estado y a las clases dirigentes de su arma mejor. Ebert está sometido a fuertes presiones de los jefes militares que se impacientan, y cede a sus exigencias. El 8 de diciembre, por pedido de Hindenburg, acepta la entrada en la capital de diez divisiones procedentes del frente perfectamente controladas por sus oficiales. Su jefe el general Lequis, se ha trazado un programa para imponer “el orden”: desarme de los civiles, limpieza de los barrios poco seguros, ejecución inmediata de toda persona que “ejerza ilegalmente funciones de autoridad”.

Pero los generales deben renunciar a aplicar su plan, porque las tropas se les escapan de las manos. El general Greoner lo explicará así: “Las tropas tenían tal avidez de volver a casa, que nada se podía hacer con aquellas diez divisiones. El programa que consistía en depurar Berlín de los elementos bolcheviques y ordenar la devolución de las armas, no podía realizarse”. Quedaba claro que el ejército no podría ser utilizado en los combates de calle.

Las decisiones tomadas sobre el ejército por el Congreso de los consejos, tan dócil a Ebert, demostraban el sentimiento de amplias masas de trabajadores, que los delegados sólo reflejaban parcialmente. Aunque los delegados sostenían la política de Ebert, porque quieren un socialismo que sea democrático, no están dispuestos a seguirlo en la colaboración con el cuerpo de oficiales, una fuerza antidemocrática. Se adoptaron, como vimos, a pesar de Ebert, los “siete puntos de Hamburgo”. Son una verdadera condena al ejército tradicional: abolición de las insignias de grado, del uniforme, de la disciplina fuera del servicio, de las señales exteriores de respeto, elección de los oficiales por los soldados y entrega del mando por los consejos de soldados. Hindenburg hace saber a Ebert que no aceptará el asesinato del ejército alemán y rehusará la aplicación de la decisión del Congreso. Envía una circular en la que se afirma que la decisión del Congreso no será aplicada. Hasta Haase protestará contra la capitulación de Ebert y la no aplicación de las decisiones del congreso. La agitación crece en Berlín, donde corren rumores sobre la preparación de un golpe de Estado militar.

El choque se producirá alrededor de la división de marineros de Kiel que se acantonó en la capital después de la revolución. Inicialmente fueron utilizados por Wels como fuerza de policía. La instaló en el castillo de Marstall. Pero se fueron radicalizando y participaron en la manifestación de espartaquistas y delegados revolucionarios frente al Congreso de los Consejos. Wels pretendía reducirlos de 3000 a 600 y los amenazaba con cortarles los sueldos. Los consejos de soldados de la capital, por el contrario reclamaban el incremento de sus efectivos. El clima se puso tenso porque los marineros acusaban a Wels de amenazarlos con utilizar contra ellos las fuerzas militares de Lequis. Entre el 21 y 23 de diciembre parecía que se llegaba a un arreglo pero los marineros se sintieron traicionados y tomaron rehenes, entre ellos al propio Wels. Las tropas de Lequis se movilizaron con órdenes de disolver la división pero Barth y Ebert consiguieron evitar el enfrentamiento. Los marinos se retiraron al Marstall y a las 3 de la madrugada liberaron a los rehenes salvo Wels.

Pero la orden de atacar al Marstall y liberar a los rehenes ya estaba en marcha y a las 7 de la mañana comenzaron los bombardeos y el sitio al Marstall. Cuando el capitán que lideraba el asalto creyó que ya estaba por caer, dio 20 minutos de tregua. Pero los bombardeos habían alertado a los obreros de Berlín que se dirigieron en masa hacia el Marstall. Durante la tregua tomaron a los soldados por la espalda. Un testigo relató: “La multitud avanza como una marea y tropieza con la barrera de soldados colocada por Lequis para defender a las tropas de choque. Se les pregunta a los soldados si no sienten vergüenza de unirse a los oficiales en contra del pueblo. Los soldados titubean y son desbordados rápidamente. Unos arrojan sus armas, otros son desarmados por los manifestantes. En un abrir y cerrar de ojos la barrera se rompe y las masas, gritando se precipitan por detrás sobre los jinetes de la Guardia colocados frente al Marstall” (Broue, p.151).

Es un desastre para los oficiales, y con gran dificultad lograrán evitar que los linchen. El gobierno no sólo ha tenido que pagar el sueldo a los marinos, sino también retirar la división Lequis de Berlín. Wels deja la comandancia. Ebert es el gran derrotado. Para los trabajadores berlineses aparece como cómplice de los militares. En el gabinete los comisarios independientes son presionados por su base para romper con los “traidores” y los “encubridores de la contrarrevolución”, y que exigen explicaciones. ¿Quién ha dado la orden de atacar el Marstall, cuando la cuestión estaba en vías de arreglo? ¿Ebert y sus colegas tienen o no intención de aplicar los siete puntos de Hamburgo? El veintinueve Haase, Barth y Dittmann renuncian.

En la próxima nota la fundación del PC Alemán

 

Centenario de la revolución alemana parte #1

Centenario de la revolución alemana parte #2

De la Revolución Rusa a la derrota de Alemania. Centenario de la revolución alemana parte #3

La izquierda alemana y los bolcheviques en las vísperas de la revolución Centenario de la revolución alemana parte #4

La revolución de noviembre de 1918 Centenario de la revolución alemana parte #5

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