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16 de enero de 2019

A 60 años de la toma del frigorífico Lisandro de la Torre y la huelga general

En enero de 1959, con el peronismo profundamente dividido —Perón estaba lejos y aquí las camarillas internas se devoraban entre sí— pero con la aprobación del Congreso fantoche surgido de las elecciones fraudulentas de 1958, el gobierno de Arturo Frondizi (1958-1962) autorizó la venta del Frigorífico Nacional Lisandro de la Torre, en Mataderos. Esa venta fue parte del “plan de estabilización” firmado por Frondizi con el FMI, que incluía la prohibición de aumentar salarios, la restricción del crédito y una fuerte reducción del déficit fiscal (quizá por eso Macri admira tanto a Frondizi).

La respuesta obrera fue inmediata. Los trabajadores ocuparon la planta y levantaron barricadas en todos los accesos. Frondizi, a punto de viajar a los Estados Unidos (tenía una amistad personal con John Kennedy), ordenó al Ejército la recuperación de la fábrica.

La operación militar incluyó tanques para derribar las barricadas y la actuación de centenares de policías y gendarmes. Los diarios del mundo destacaron la valentía de los trabajadores ante ese ataque, que derivó en un combate de varias horas. Un día más tarde, la Argentina estaba en huelga general. El Comando Nacional Peronista (CNP) —uno de los pedazos en que estaban rotos el peronismo y la llamada “resistencia”— llegó a hablar de “huelga general revolucionaria”.

La reacción del gobierno dio a entender que el CNP no se equivocaba demasiado. El presidente en ejercicio, José María Guido (Frondizi ya había viajado), militarizó a los trabajadores del transporte y al personal de YPF, y declaró zonas de guerra las destilerías de Dock Sud, La Plata, Berisso y Ensenada, al tiempo que convocaba a Buenos Aires tropas de refuerzo estacionadas en el interior del país: “Con guardias militares en trenes, ómnibus y en sitios estratégicos, la Capital Federal adquirió la apariencia de una ciudad ocupada”.[1]

Paralelamente se puso a regir en plenitud el plan Conintes (de seguridad interior, que los militares le habían impuesto a Frondizi), de modo que policías y efectivos del Ejército tomaron por asalto locales peronistas y comunistas, y detuvieron a centenares de dirigentes sindicales. Todo comentario sobre la huelga fue prohibido y Radio Rivadavia sufrió una clausura de 30 días por violar esa orden.

Poco antes, Frondizi había firmado con Perón el llamado “acuerdo de Caracas”, un pacto político por el que Perón se comprometía a que no hubiera conflictos a cambio de elecciones libres que no se producirían. Ahora bien: si las huelgas petroleras de 1958 habían matado ese acuerdo, la de 1959 lo enterró con estrépito.

Entretanto, la crisis interna del peronismo se acentuaba aceleradamente. En una carta a Perón, el apoderado del justicialismo, John William Cooke (sería relevado ese mismo año y se exilió en Cuba), hizo circular un documento interno que decía:

“Durante cuatro días el país entero quedó paralizado contra la entrega. Todos los sectores populares: los trabajadores superando la artificial división sindical; los estudiantes; los industriales con sensibilidad patriótica; el comercio minorista en forma unánime, pusieron en evidencia que los argentinos, al margen de diferencias políticas, económicas o sociales, están dispuestos a impedir la aplicación de los planes de colonización de la patria”.

He ahí una clave del corpus ideológico del nacionalismo: “al margen de diferencias (…) económicas o sociales”, la necesaria unidad con “los industriales con sensibilidad patriótica. Habitualmente, el nacionalismo, como hemos visto tantas veces, califica al marxismo de “extranjerizante”. Por cierto se trata de un argumento de peso nulo en tiempos de la dictadura del mercado mundial, cuando también las ideas se vuelven cosmopolitas.

Sin embargo se hace obligatorio señalar que tampoco ese concepto de frente nacional, de la unidad de clases, se inventó aquí. Ya el Kuomintang chino, a fines de la década de 1920, proclamó su teoría del “frente de las cuatro clases” (burguesía nacional —encargada de comandarlo— obreros industriales, campesinos y pequeños productores) para hacer frente al “imperialismo”, tomado como enemigo común de todas ellos. Tiempo después, el APRA peruano y luego el MNR en Bolivia, dijeron que tomaban del Kuomintang no sólo su programa sino su forma de organización; y, sabido es, el peronismo abrevó ideológicamente, entre otros, del APRA y del MNR. Por lo demás, esa teoría del “frente de las cuatro clases” es impulsada hasta hoy por diversas corrientes maoístas. Pero volvamos a 1959.

Prosigue el CNP:

“Cuando los trabajadores del Frigorífico Nacional, en memorable asamblea, resolvieron ocupar el establecimiento, el Comando Nacional Peronista analizó el conjunto de la situación advirtiendo que se había puesto fin al periodo de retroceso abierto cuando las 62 Organizaciones levantaron el paro dispuesto para los días 11 y 12  de diciembre de 1958” (la huelga petrolera).

Dicho sin vueltas. El Comando acusa a las 62 de haber dejado solos a los trabajadores petroleros. Ahora, la lucha del Lisandro de la Torre se producía sin las 62 y en contra de ellas, dirigidas por líderes nuevos como Sebastián Borro. Comenzaba a emerger la fractura en las direcciones sindicales.

El CNP continúa:

“Al producirse la ocupación del frigorífico comenzaron a parar espontáneamente, en solidaridad, los establecimientos fabriles de la zona. El comercio minorista de Mataderos, Villa Lugano, Villa Luro y Liniers paralizó inmediatamente sus actividades. Cuando en la madrugada del 17 de enero, 1500 hombres armados de Gendarmería, la policía y tanques del Ejército se apoderaron del edificio tras una violenta lucha que ocasionó decenas de víctimas [ndR: hubo decenas de heridos y detenidos], una ola de indignación recorrió el país.

“La vacilante dirección de las 62 Organizaciones declaró el paro general por 48 horas, igual temperamento siguieron las ex 19 y casi todas las organizaciones sindicales. A esa altura las masas habían rebasado completamente a sus dirigentes y éstos, temerosos de verse barridos y superados, pasaron de la inactividad a un desorbitado aventurerismo (…)

“En la madrugada del domingo 18 de enero la dirección de la huelga había dejado de existir y todos los locales sindicales estaban allanados o cerrados. La alta dirección sindical demostró así, en los hechos por lo menos, su total incapacidad”.

Cuando el documento explica la adhesión de otras plantas fabriles y de franjas enteras de la pequeña burguesía a la huelga del Lisando, no sólo indica del proceso de ruptura de sectores importantes de la clase obrera con sus direcciones tradicionales; además, señala la recomposición del vínculo entre el proletariado y el resto de la sociedad empobrecida, lo cual habla de un cambio cualitativo de toda la situación.

Y se trataba, conviene subrayar, de una huelga general, que más allá o más acá de sus objetivos iniciales, pone en tela de juicio la cuestión del poder político. Por esas brechas empezaron a abrirse paso los sindicatos clasistas de los años 60 (tuvieron su pico en Sitrac-Sitram) y, con ellos, una línea de delimitación política que al peronismo le hubiera resultado imposible contener sin generar su propia izquierda para que los trabajadores volvieran a gritar “Perón vuelve” y no “obreros al poder”, como ocurriría en el Cordobazo (continuación y superación de las huelgas petroleras de 1958, de la ocupación del Lisandro en enero de 1959 y de la formación de Sitrac-Sitram ya entrados los años 60).

En definitiva, las 62 Organizaciones entraban en una crisis profunda apenas a un año de su creación. Después de la huelga del Lisandro en enero de 1959, hace 60 años, la lucha interna desbordaba cualquier contención orgánica del peronismo y se desarrollaba por afuera de cualquier política orgánica o de cualquier orden del propio Perón.

Era el momento de la izquierda, el que no se pudo o no se supo aprovechar. Pero ésa es otra parte del historia.

 

[1] Guevara, J.; en Potash, R., “El Ejército y la política en la Argentina”, Hyspamérica, Bs. As., 1986, p. 402.

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