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24 de mayo de 2019

EI proletariado dirigió el levantamiento provincial

A 10 años del Cordobazo. Artículo Publicado en Política Obrera #295, 15 de mayo 1979
Por Christian Rath
Bajo el seudónimo de Juan Carlos Crespo

"Córdoba alumbró la semana pasada la huelga política de masas más extraordinaria del país en los últimos cincuenta años… ella ha puesto a luz el fenómeno fundamental de todo el proceso político y social del país: el nacimiento de una vanguardia revolucionaria”. 

Política Obrera #52 5/6/69

 

A 10 años, la caracterización de nuestro "viejo” periódico aparece como cierta. Apoyándose en un reguero de alzamientos  provinciales (Rosario, Tucumán), en las crecientes movilizaciones populares de la ciudad, y en el franco reanimamiento general del movimiento obrero, el proletariado cordobés acaudilló una de las huelgas políticas de masas más importantes de la historia nacional (sólo superada luego por su prolongación histórica, la gigantesca huelga general de 1975).

Recordar al cordobazo, diez años después, significa ir más allá de la simple descripción histórica de aquella Jornada. El marxismo es ante todo una guía para la acción, un método de análisis para el combate. De aquí que haya que extraer las enseñanzas de aquel momento para nuestra lucha de hoy contra la dictadura militar. Y tratar de respondernos algunas preguntas claves: ¿tomará la lucha contra al actual régimen la misma forma que diez años atrás?, o en otras palabras: ¿se estará incubando, en las barbas del régimen mis reaccionario y proimperialista que hayamos conocido, un nuevo ciclo de alzamientos populares en las provincias?

Podemos adelantar una respuesta afirmativa. Es lo que también intuye uno de los ex dirigentes sindicales clasistas de Córdoba, reportando por PO, al comparar las consecuencias del plan Martínez de Hoz con las que provocara en su momento el de Krieger Vasena.

Pero para fundar esta respuesta tenemos -inevitablemente- que hacer un poco de historia. Este es el sentido de esta nota sobre el cordobazo.

Cómo se gestó el cordobazo

En el periódico posterior al alzamiento decimos: la policía de Córdoba en menos de un año apaleó a casi todas las clases sociales de la ciudad; el 29 de mayo la casi totalidad de la ciudad apaleó a toda la policía”. Es una imagen exacta. La agresión dictatorial tocó a la inmensa mayoría de la población cordobesa. Al proletariado en primer lugar con salarios de hambre y superexplotación, pero también a la clase media con el dislocamiento del mercado, a los pequeños comerciantes con la restricción fenomenal del consumo, a los estudiantes con la abolición de la gratuidad en la enseñanza y el alargamiento de los estudios. El proletariado cordobés, en particular los obreros mecánicos, fueron madurando una intervención capaz de reunir esta tremenda fuerza democrática, antiimperialista y popular en el combate contra la dictadura.

La idea de “salir todos juntos" - escuchada mil y una vez en los corrillos de fábrica de aquellos días- expresó la confianza en una huelga política de masas por oposición a las huelgas “materas".  El paro “activo" planteó la posibilidad de sumar al combate contra la dictadura al movimiento estudiantil y a otros sectores populares que, de otro modo, hubieran intervenido fragmentados.

La clase obrera cordobesa tenía poderosas razones para odiar al onganiato. Entre 1966 y 1968 el operario casado había perdido casi un 10 por ciento en el poder de compra de su jornal, según estadísticas del propio gobierno. La caída era mayor en Córdoba donde todo un sector de trabajadores recibía salarios muy por debajo del convenio. Además, —según una encuesta efectuada por empresarios de Córdoba a principios de 1969— la tasa de desocupados llegaba al 10 por ciento. Un párrafo especial merece el feroz aumento en la intensificación de la jomada de trabajo (ascenso en los ritmos de producción, pérdida de conquistas laborales). Esto asoma en la “racionalización” que intenta aplicar Kaiser desde 1967 y que se reproduce en todas las fábricas del país. Una estadística informa que la productividad de la mano de obra en las ramas ligadas a la industria automotriz (que ocupan un 50 por ciento de la mano de obra industrial en Córdoba) había crecido un 60-80 por ciento en 1970 respecto a 1964.

En este cuadro social explosivo es que la dictadura trata de derogar el “sábado inglés” (una vieja ley tendiente a estimular la radicación de mano de obra, por la cual los obreros trabajaban 44 horas y cobraban 48) e impone las “quitas zonales” a los metalúrgicos del interior (reducción de salarios fundada en un supuesto menor costo de vida y pretendidamente tendiente a facilitar la radicación de industrias). Un cuadro social que, horas después del cordobazo, Krieger Vasena trataría de minimizar con aquella famosa frase: “se han alzado los obreros mejor pagos del país”.

Atraso regional

La movilización del proletariado cordobés encontró un fenomenal eco en las filas de la pequeña burguesía provincial. En esto influyó no sólo la impasse política del gobierno, sino el acelerado proceso de concentración monopólica y su contraparte obligada: el mayor atraso regional.

La postergación del interior -base del federalismo provinciano— tiene vieja data en el país; su origen hay que buscarlo en la matriz latifundista sobre la que se erige el desarrollo del capitalismo en el país. La gravitación de los intereses comerciales del puerto de Buenos Aires, punto de comunicación con el capitalismo mundial, invirtieron todo el desarrollo del primer periodo, de la colonia en detrimento de las regiones del interior y abortaron la consolidación de un mercado interno.

En su momento Frigerio y la “izquierda nacional” pregonaron el fin de la deformación regional mediante un nuevo ciclo de inversiones imperialistas. El ejemplo “clásico” era Córdoba: en poco más de 10 años (1954-63) la población se había duplicado y el Producto Bruto alcanzaba su máximo nivel en la historia. Los autores del “milagro” eran Fiat y Kaiser.

Lo que se omitía era que el 50 por dentó de la economía industrial había pasado a girar alrededor de los dos pulpos y que d sustento de trabajadores e industria subsidiaria dependían de la anarquía de un solo mercado. En el Ínterin, se había operado un colosal despoblamiento del campo expresado en la caída de la producción agropecuaria y en la desocupación urbana. Este caos salió a luz no bien se exacerbó la lucha intermonopólica y prácticamente desde 1963 —año de la gran crisis de la industria— Córdoba vivió en un estancamiento económico y demográfico exacerbado con cada baja cíclica en la producción de automotores.

Krieger Vasena (como hoy Martínez de Hoz), al abrir paso a una mayor concentración industrial en favor de los grupos imperialistas más dinámicos, dio una nueva vuelta de tuerca al atraso regional. También entonces hubo tasas de interés “positivas”, que cortaron la financiación de la pequeña burguesía industrial, libertad para que los pulpos pudiesen girar sus utilidades al exterior, levantamiento de aranceles aduaneros en favor de los grandes consorcios imperialistas, estrechamiento del mercado interno para acelerar la quiebra de todo un sector de la industria instalada. En 1968 se permitió que grandes empresas importasen partes de los países miembros de la ALALC como si fuesen productos nacionales, lo que perjudicaba a las empresas de autopiezas radicadas en el país y permitía a los grandes pulpos automotrices integrarse a nivel latinoamericano (concesión que —ampliada — figura hoy en la ley de “reconversión automotriz”). Pero ya desde antes, Córdoba conocía un éxodo gradual de parte de su industria hacia el Gruí Buenos Aires, acompañando el progresivo ascenso de los pulpos automotrices afincados fuera de la provincia (sobre el total de vehículos producidos, en el país, Córdoba producía en 1960 el 41,3 por ciento, contra un 18 por ciento diez años después).

No es casual que la CGE -agrupamiento empresario— en su Memoria del primer semestre de 1970 declare que “la disminución porcentual y absoluta de la participación en la provincia de la industria automotriz terminal trae aparejado un traslado de funciones, talleres, fábricas de partes a otros núcleos industriales de la República y ese proceso —que te ha vuelto a agravar en 1967- precipita a la vez la crisis de la pequeña y mediana industria”. ¿Razones? “las mayores ventajas de fletes, y los más bajos costos se encuentran siempre, en la Argentina, alrededor de la zona de influencia del Gran Buenos  Aires”.

Este proceso se expresó (y se expresa hoy) en la feroz expoliación de centenares de pequeños industriales —poseedores de talleres artesanales en los que aportan su propia mano de obra- imposibilitados de seguir el éxodo de medianos y grandes.

No fue de todos modos, la única agresión del onganiato contra las clases medias. El empobrecimiento del mercado interno cordobés, las exacciones del gobierno nacional para “paliar” el déficit fiscal (¿estamos hablando de Krieger o de Martínez de Hoz?) llevaron al gobierno provincial de aquel entonces a aumentar en un 800 por ciento los impuestos provinciales sobre la clase media propietaria (en tanto las ganancias al exterior de los grandes pulpos circulaban sin cortapisas).

Cierto que hay mil todavía. En 1969 el gobierno nacional aprueba un anticipo del impuesto a los réditos que se calcula sobre la base del valor de la tierra, lo que castiga a los terratenientes con escasas inversiones pero en particular a los campesinos marginales, que no tienen ganancia capitalista (y por lo tanto réditos) o que si la obtienen es muy pequeña. Y estos son gran mayoría en la provincia de Córdoba. Anteriormente, la llamada “ley Raggio” -una de las primeras de Onganía— había provocado un desalojo masivo de arrendatarios en la provincia extremando la migración hacia las ciudades y el minifundio. Todo este proceso no encontró sino una posición mezquina de loa grupos oligárquicos y burgueses postergados, basada en la defensa del viejo cuadro oligárquico y en la preservación de sus relaciones con la dictadura pro imperialista.

El cordobazo vino a demostrar la capacidad del proletariado para acaudillar la explosión federalista contra la centralización expoliadora, como un aspecto de la lucha por la plena democratización del país.

El fracaso del “consejo asesor”

La crisis social y el marasmo económico caminaron junto a la impasse política de la dictadura onganiana en la etapa previa al cordobazo. En un documento político previo al 29 de mayo afirmamos: “mientras que de conjunto existe un acuerdo en rechazar a corto plazo la vuelta a cualquier forma de democracia liberal, o en reconocer que no es posible de inmediato la convocatoria electoral, se va evidenciando un creciente desacuerdo sobre las perspectivas del plan económico y, por lo tanto, sobre el control de una salida política futura (sin embargo) la burguesía se limita a la necesidad de un recambio de gabinete y diverge sobre su futura composición y política... Aún la oposición encamada en la UCR y el peronismo se mueven dentro de estos límites: a pesar de la intensa agitación reinante no se han lanzado a exigir elecciones inmediatas, lo cual significa la renuncia del gobierno, sino que han acompañado con críticas generales el debate interburgués: quieren intervenir en el recambio de gabinete” (PO 52,4/6/69).

En ese entonces (¡como ahora!) fracciones mayoritarias de la burguesía y los partidos urgen un plan de institucionalización que permita un recambio ordenado de la dictadura y preserve las “conquistas” arrancadas por Onganía. De aquí surgen los ataques al “participacionismo” y a los mecanismos políticos de corte semibonapartista (“consejos asesores”) que apuntan a un continuismo descarado de la dictadura militar.

Y es precisamente en Córdoba donde la parálisis política de la dictadura se muestra en un grado extremo, a través del rechazo prácticamente total al consejo asesor, lo que fortalece aún más la confianza del proletariado.

La huelga política de masas va madurando en la conciencia de las masas cordobesas como el único modo de unir en un solo torrente el conjunto de aspiraciones democráticas y antiimperialistas pisoteadas por la dictadura militar, y como la expresión más avanzada de un proceso nacional. Como bien lo reconoce uno de los dirigentes clasistas reporteados, la movilización cordobesa distó de ser un alzamiento espontáneo. Durante varios meses los activistas mecánicos discutieron la necesidad de una movilización política y la forma de garan tiznarla. Durante 1968 el gremio mecánico estuvo envuelto en importantes movilizaciones contra la superexplotación y en apoyo de luchas estudian tiles. El 28 de junio de ese año la planta de Perdriel salió por su cuenta i la huelga y participó en luchas callejeras en el legendario barrio Clínicas. El 16 de agosto los obreros de Santa Isabel defendieron —con todo lo que tenían a mano— un paro de actividades contra la represión policial. El 20 de octubre más de mil obreros vivaron la línea de un paro regional en apoyo a los petroleros de Ensenada. En 1969 las medidas de fuerza en secciones de Santa Isabel y otras plantas, los paros exitosos del gremio metalúrgico por la quita zonal, las huelgas del transporte, las movilizaciones populares en Corrientes, Tucumán y Rosario y la paliza propinada a la policía por los mecánicos cordobeses el 14 de mayo —seguida por un masivo paro general— terminaron de madurar la asonada del 29. La aplastante huelga nacional del 30 de mayo confirma que el proletariado de todo el país ha sido ganado al combate político contra la dictadura militar. Se abre en el país una situación revolucionaria.

Crisis de dirección

El cordobazo no fue una movilización espontánea pero careció, no ya de una dirección política revolucionaria, sino de una corriente asentada en la clase capaz de enfrentar a la burocracia sindical peronista. Esto le permitió a la dirigencia sindical maniobrar en base al aislamiento entre el proletariado cordobés y el del resto del país, en especial el de Buenos Aires. Mientras en Córdoba todo estaba maduro para una gigantesca huelga de masas, en Buenos Aires recién se concretaba un paro pacífico y aislado. En tanto los activistas avanzados de Córdoba -apoyándose en el menor dominio de la burocracia y la escasa dispersión geográfica— se articulaban para conducir al pueblo en las calles, en Buenos Aires esos mismos activistas tenían una muy débil articulación y organización fabril.

Si el ejército se animó a intervenir, primero en Rosario y luego en Córdoba, fue por esta fractura del movimiento a nivel nacional (y no por la ausencia de armamento en el cordobazo, como sostuvieron los foquistas de entonces). Esta fractura era la manifestación de una colosal crisis de dirección del proletariado, por la preeminencia en su seno del peronismo, sea a través de la podrida dirigencia vandorista o de la variante burocrática de “izquierda” agrupada en el ongarismo. La política de ambas fracciones bloquearía el desarrollo de la situación revolucionaria abierta con el cordobazo, instrumentándola hacia el cambio de gabinete, primero, y hacia el Gran Acuerdo Nacional, después.

El colaboracionismo de la burocracia sindical peronista con la dictadura militar en 1969 tuvo su contrapartida en la extrema confusión de la vanguardia obrera; dijimos entonces "la crisis de dirección se manifiesta también entre los sectores de vanguardia que se han planteado un curso antidictatorial consciente... su táctica de operaciones de lucha es el de salir a cada momento, dársela a la policía, ocupar el centro de la ciudad y reiterarse en este camino sin prepararse para dirigir a todo el movimiento obrero hacia una huelga general bajo su propia dirección, a través de una red de comités de acción y de huelga” (Política Obrera 4/6/69).

A diez años, el proletariado y las masas populares cordobesas enfrentan un ataque -aún más despiadado a sus condiciones de vida que el sufrido bajo Onganía. La represión ha sido y es (qué duda cabe!) cien veces más dura. Pero ¡hay dos aspectos claves en la evolución del proletariado desde entonces; con la huelga general de 1975 el movimiento obrero entra en la fase de ruptura política definitiva con el peronismo y sus agentes en los sindicatos; por referencia a 1969 y a los primeros pasos de la vanguardia obrera políticamente independiente, se está forjando en el país una corriente cuartainternacionalista que ha sabido intervenir correctamente en Ias pruebas más terribles de la lucha de clases en los últimos quince años.

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