06/08/2020

75 años de Hiroshima y Nagasaki: los crímenes de guerra son una política de Estado

Como en todo acontecimiento (o tragedia) de alcances históricos, una generación fue marcada por la misma pregunta: ¿dónde te encontrabas el día de la bomba atómica, el día que cientos de miles de vidas fueron aniquiladas de un solo golpe por la barbarie de la guerra y del imperialismo estadounidense?

Una de las respuestas posibles es la recorrida en la clásica película de Alain Resnais Hiroshima Mon Amour, una apasionada reflexión sobre la memoria de la población afectada, entremezclada como un todo con la repercusión de la bomba en Occidente. Pero también existe su contracara en el cinismo criminal del entonces presidente norteamericano Harry Truman, quien recibió la noticia a bordo del crucero USS Augusta que lo escoltaba nuevamente a Estados Unidos, de regreso de la extensa conferencia de Potsdam, ciudad alemana cercana a Berlín, iniciada el 17 de julio. Truman había concretado una negociación exitosa en torno al reparto del mundo de postguerra con el premier inglés Winston Churchill y el soviético Iósif Stalin.

Las crónicas de la época relatan que el presidente, durante casi la totalidad de la conferencia, se había mostrado especialmente consternado. Su posición era débil: si bien el ingreso tardío de Estados Unidos a la guerra le permitió manejarse con una espalda económica de la cual ninguno de los otros contendientes podía presumir, no era menos cierto que el ejército rojo, que cargó con el mayor peso de la contienda, ocupaba físicamente los territorios del antiguo espacio de influencia alemán, lo cual le otorgaba una ventaja decisiva ante cualquier acuerdo.

La actitud de Truman, y su estilo moderado, ofrecían un fuerte contraste con Churchill, quien se avocó a una embestida frontal contra Stalin. El inglés estaba rabioso por limitar el avance soviético que no sólo era monolítico en Europa oriental, sino que crecía fuertemente en el peso comunista en la Europa occidental de posguerra.

Pero la crisis, el desempleo y la pobreza, como consecuencias de la guerra, habían horadado el liderazgo de Churchill en el Reino Unido. El 26 de julio, el descontento fue capitalizado electoralmente por el Partido Laborista que, con Clement Attlee a la cabeza, logró un triunfo holgado. Attlee introduciría reformas y nacionalizaciones que sentarían las bases del estado de bienestar. Este hecho le birló a Churchill, del partido conservador, su cartera de primer ministro y, consecuentemente, la posibilidad de asistir al cierre de la conferencia.

Antes de ser removido, en una última maniobra desesperada para quitar tropas soviéticas de Europa, Churchill presentó la moción de que el ejército rojo se retire inmediatamente del este y avance sobre el archipiélago japones y a las posesiones asiáticas del imperio del sol naciente.

Pero todo cambió el 2 de agosto, cuando Truman recibió un telegrama secreto que anunciaba el éxito de las pruebas nucleares en Nuevo México. Con la carta del triunfo, el estado de ánimo del presidente se volvió exultante. Esta nueva situación determinó el desenlace de los acuerdos.

El stalinismo era el aliado principal del imperialismo. La burocracia soviética se jugó a contener el impulso de los movimientos de masas y la resistencia partisana contra el nazismo, que habían sido decisivos en la victoria. El reparto del mundo llevó a la entrega de las luchas en Francia, Italia o Grecia, donde se desenvolvían levantamientos de características revolucionarias. En Alemania, el stalinismo tomó todos los recaudos, en yunta con ingleses, franceses y estadounidenses, para evitar nuevas sublevaciones, mientras que los territorios del este europeo fueron usufructuados por la burocracia como un botín. La línea de defensa de los «aliados de la URSS» colocó al stalinismo abiertamente en el campo proimperialista en las colonias y semicolonias británicas y francesas. El intento de reconducir las situaciones de alzamientos revolucionarios y grandes movimientos de masas hacia el frente popular, combinado con la invocación de la «democracia», se transformó en el vehículo de la contrarrevolución.

El acuerdo de Potsdam incluía un ultimátum de rendición incondicional contra Japón. Esto significa que tanto los mandatarios soviéticos como los ingleses estaban al tanto de la voluntad de Estados Unidos de utilizar la bomba en caso de que los draconianos términos no fueran aceptados por el emperador nipón.

El lunes 6 de agosto, el bombardero B-29 de las Fuerzas Aéreas del Ejército de los Estados Unidos, bautizado como “Enola Gay” en honor a la madre de su piloto, lanzó la bomba de uranio contra la ciudad japonesa de Hiroshima, ocasionando la muerte inmediata de ciento cincuenta mil personas. Tres días más tarde, el jueves 9, una segunda bomba, esta vez de plutonio, es lanzada sobre Nagasaki, luego de que el mal clima impida la deposición sobre el objetivo original, la ciudad de Kokura. El saldo de muertos ascendió a ochenta mil. Ambas cifras se duplicaron en el transcurso de ese mismo año como consecuencia de los efectos de la radiación.

Los lanzamientos de las bombas no pueden separarse de los sucesos del 8 de agosto. El ejército rojo, cumpliendo con los acuerdos secretos firmados en la conferencia de Teherán de 1943, declara la guerra a Japón y ocupa, en pocos días, las islas curiles y la isla Sajalín (norte de Japón), importantes regiones de Mongolia y Manchuria, y gran parte de la rica península de Corea. La ofensiva soviética barrió a las fuerzas japonesas, que manejaban una hipótesis de invasión estadounidense desde el sur.

El asesinato en masa perpetrado por el gobierno estadounidense en Hiroshima y Nagasaki fue algo más que una demostración de fuerzas contra la URSS. Implicó patear el tablero para hacerse con el control del archipiélago japonés y sus satélites, adelantándose al inevitable avance ruso. También, le permitió a Estados Unidos una base de operaciones sobre China, cuyas riquezas y abundante mano de obra eran codiciadas por todas las potencias.

Poco después, el presidente Truman se vio forzado a construir un relato para justificar el lanzamiento de las bombas, basado en evitar la pérdida de “un millón” de vidas estadounidenses ante un eventual desembarco en las costas japonesas. Ningún informe sustenta esos datos. Más aún, la inteligencia estadounidense había descifrado los códigos encriptados de comunicación del imperio japonés, que develaban que estaba al borde del colapso.

La marcha atrás en la euforia gubernamental sobre el triunfo en Japón se debió a la profunda conmoción que generó la bomba en la opinión pública. Pero la repercusión de las bombas nucleares no opaca el hecho de que no fueron las primeras incursiones contra blancos civiles: los bombardeos “convencionales” sobre Tokio se cobraron la misma cantidad de víctimas que una bomba atómica, mientas que las ciudades industriales alemanas de Hamburgo, Frankfurt o Dresde fueron reducidas a escombros.

Lejos de las proezas de los héroes de Hollywood, las tropas de ocupación se condujeron con impunidad criminal. Entre otras vejaciones, se estima que perpetraron cientos de violaciones diarias en Japón y los territorios ocupados.

El gobierno estadounidense dictó la impunidad para la cúpula de los genocidas nipones, empezando por el emperador Hirohito. Pero también para figuras como Shiro Ishii, conocido como el Mengele japones por sus horríficos experimentos en humanos, a cambio de información sobre el desarrollo de armas biológicas que, posteriormente, utilizó en Corea y Vietnam.

Los crímenes contra la población civil se convirtieron en un denominador común en todas las intervenciones militares estadounidenses. Las bases yanquis y las misiones de sus fuerzas de ocupación, bajo diferentes excusas, están presentes en casi todo el globo. Esto fue complementado con el apoyo financiero y militar a todo tipo de dictaduras genocidas y grupos de choque paramilitares. Las masacres del pasado reciente incluyen las perpetrada en los balcanes, pero también contra los pueblos africanos de Sudán y Somalía, y la ocupación de Haití. En 2003, alegando la posesión de «armas de destrucción» masiva, el presidente George Bush comenzó una nueva invasión a Irak. La vertiente de «guerra total» practicada por el imperialismo implicó una desintegración del país y millones de desplazados. Entre las víctimas directas de la incursión, más del 60% corresponden a la civiles.

El lanzamiento de las bombas cimentó la ligazón de las corporaciones armamentísticas con los diferentes gobiernos estadounidenses, lo cual llevó al país a erogaciones presupuestarias equivalentes a una guerra permanente. El macartismo y la persecución política actuaron como barniz ideológico para esta política de estado. Hasta hoy, ningún mandatario de Estados Unidos ha condenado los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki.

 

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