27/06/2020

A 45 años de la gran huelga general contra el Rodrigazo

Comenzó el 27 de junio de 1975, en el marco de las "jornadas de junio y julio" contra el tercer gobierno peronista.

La huelga general de 1975 fue, sin lugar a dudas, una de las gestas más importantes del movimiento obrero argentino. Tanto por su masividad como por sus métodos y alcance, abrió una situación revolucionaria que puso en jaque al régimen burgués en el país como quizás nunca antes había ocurrido, ya que a la cabeza del mismo estaba el peronismo e implicaba el fracaso del operativo de contención de la iniciativa de los trabajadores que había irrumpido con el Cordobazo en 1969. La comprensión de sus alcances y límites es entonces fundamental no solo para entender el golpe militar de 1976, sino también para entender la configuración de la lucha de clases actual.


Crisis política 


La asunción de Celestino Rodrigo como ministro de Economía, el 2 de junio de 1975, significó el tercer cambio en el Ministerio desde el triunfo de Héctor Cámpora en 1973. Rodrigo buscó llevar adelante una profundización del ajuste que habían comenzado sus antecesores José Ber Gelbard y Alfredo Gómez Morales. El Pacto Social impulsado por Juan Domingo Perón y Gelbard había significado en promedio una pérdida del 20,3% del poder adquisitivo para el conjunto de les trabajadores argentines los dos anteriores. La apertura a una nueva discusión paritaria enfrentaba entonces los programas antagónicos de la burguesía y de la clase obrera. Mientras los capitalistas buscaban un proceso de desregulación económica para impulsar un proceso de suba de precios y licuar tanto salarios como su deuda contraída en pesos, les trabajadores buscaban recuperar lo perdido no solo en los dos años de los gobiernos peronistas de Cámpora, Perón e Isabel sino también con los distintos gobiernos militares y democráticos que se sucedieron desde el ’55 al ’73.


Este hecho es ilustrativo de la crisis política que atravesaba el conjunto del régimen político a partir de la etapa abierta por el Cordobazo. A la caída de Juan Carlos Onganía le sucedieron Roberto Levingston, Alejandro Lanusse y la “transición democrática” que buscó, con la vuelta de Perón, contener a un movimiento obrero que empezaba a actuar de manera independiente en defensa de sus intereses de clase. Bajo las presidencias de Perón e Isabel se fue procesando una ruptura de sectores significativos de los trabajadores con su política y con la contención de la burocracia sindical, licuando el apoyo mayoritario que habían recibido tras la expectativa de recuperar lo perdido en años de dictaduras y persecución. La clase capitalista logró imponer cierto retroceso en las condiciones de vida de les trabajadores, pero lejos estaban de propinarle la derrota histórica que pretendían arrasando con los sindicatos y los convenios colectivos. Los sucesivos y cada vez más acelerados cambios de régimen expresaban el intento de la burguesía de cerrar el proceso de ascenso obrero abierto con el Cordobazo, que condicionaba el proceso de recuperar la tasa de beneficios en los negocios capitalistas.



Isabel Perón junto a su ministro de Economía, Celestino Rodrigo.


Represión y movimiento obrero


Para aterrorizar y disciplinar a quienes desafiaban el control del movimiento obrero que el gobierno pretendía ostentar, Perón ordenó la creación de la Alianza Anticomunista Argentina (Triple A) bajo la dirección de José López Rega, que se desempeñó mayormente bajo el gobierno de Isabelita tras la muerte de Perón. Era una fuerza de represión paraestatal que, en común con los servicios de inteligencia, se ocupó de la sistemática persecución y asesinatos de cientos de activistas, entre ellos Jorge Fischer y Miguel Ángel Bufano de Política Obrera– antecesora del Partido Obrero- y de Silvio Frondizi, fundador del grupo Praxis y hermano del expresidente Arturo Frondizi. Esta represión extraoficial era también acompañada por fuertes operativos por parte de la Policía Federal, las policías provinciales y el Ejército. Estos operativos eran justificados oficialmente con el objetivo de enfrentar las guerrillas impulsadas por el ERP o Montoneros, pero los más de 3.000 detenidos y la lista de crímenes cometidos por estas fuerzas confirman que apuntaban a perseguir al activismo obrero y terminar con la denominada “guerrilla fabril”, como llamó el dirigente radical Ricardo Balbín denominó a las comisiones internas combativas que desafiaban la contención de la CGT.


La enorme cantidad de movilizaciones, huelgas y ocupaciones de fábricas protagonizadas por el movimiento obrero en esta etapa comenzaron a tener un alza muy marcada en el año 1969 con el Cordobazo y las sucesivas rebeliones de ese año. La consigna de “gobierno obrero y popular” coreada por los obreros ese 29 de mayo del 69 en las calles de Córdoba indicaba que un sector creciente de la vanguardia obrera se orientaba hacia un planteo de independencia del peronismo y del propio Perón. A la CGT y la burocracia sindical la situación empezaba a escaparse de su control y perdía cada vez más posiciones frente a sectores antiburocráticos y de izquierda. La JTP (Juventud de Trabajadores Peronistas) comenzó a formar parte también del proceso de recuperación de comisiones antiburocráticas, y del conjunto de coordinadoras y plenarios obreros de este tenor. La combatividad de estas corrientes, e incluso de las clasistas, que desafiaba la política del gobierno y la burocracia sindical, no implicaba que de conjunto tuvieran elaborada una alternativa política propia frente al gobierno.


 



En el año ’74, en la provincia de Santa Fe, tuvo lugar el plenario obrero de Villa Constitución. A pesar de sus enormes límites, empezó a dar forma a un proceso nacional que iba a tener su punto más alto al año siguiente en la Zona Norte del Gran Buenos Aires, a partir de la creación de las coordinadoras fabriles. La intervención de Agustín Tosco, así como la oposición de la izquierda peronista, sirvieron para evitar que el plenario votara un plan de lucha y conformara una coordinación nacional. La recuperación de la seccional de la UOM por parte de la lista Marrón, ese mismo año, buscó ser frenada a partir de un enorme operativo represivo montado por el ejército y la Triple A denominado “Serpiente Roja del Paraná” en el año ’75, que desató la histórica huelga de dos meses de los trabajadores de Villa Constitución entre marzo y mayo.



Las coordinadoras, formadas al calor de estos choques en junio de ese año, deben ser entendidas en gran parte como la continuación de este proceso iniciado en el año 69. La mayoría de los participantes de las coordinadoras, Política Obrera entre ellos, las veía como herramientas de lucha para poder recuperar los sindicatos y la CGT, y no como una forma de paralelismo sindical. Un sector muy importante de la vanguardia obrera se había colocado como objetivo estratégico barrer a la burocracia sindical, elemento fundamental de contención del régimen.


Rodrigazo: ajuste, sindicatos y huelga


Es en este marco, que Celestino Rodrigo llevó adelante el famoso “Rodrigazo”. Tan solo unos meses antes, su antecesor buscó sin éxito homologar paritarias con un techo del 38%, condición bajo la cual Rodrigo pretendía asumir. Habiendo fracasado Gómez Morales, y bajo fuertes amenazas de un golpe por las fuerzas armadas. o un propio autogolpe por parte de la camarilla de López Rega, Rodrigo buscó impulsar el programa que le exigía la burguesía bajo la forma de un ajuste incluso mayor. Aumentando los servicios en un 200%, con una marcada suba de los precios de alimentos arrastrada en gran parte con una devaluación del 100%, Rodrigo, López Rega e Isabel pretendían profundizar el régimen de ofensiva contra las masas.


El rechazo del movimiento obrero no se hizo esperar. Ya desde el 3 de junio en todo el país, con Santa Fe, Córdoba y el Conurbano bonaerense como puntos altos, comenzaron a tener lugar los abandonos de tareas, asambleas, paros y movilizaciones. Ya sea bajo la forma de la comunicados conciliatorios, la intimidación con patotas o la Triple A o literalmente el abandono de las comisiones como es el caso de Ford, la burocracia sindical buscó de todas las maneras posibles, sin éxito, frenar el descontento y la deliberación en el conjunto del movimiento obrero, que rechazaba de plano el tope en las paritarias, exigiendo un aumento del 100% inmediato y la retroacción del tarifazo. En el caso de la planta Ford de Pacheco, de más de 7.000 trabajadores, los mismos se organizaron en una asamblea permanente, que llegó a echar a los representantes de Smata que buscaron contener la situación. Esta situación se empezaba a replicar en todo el país; mientras el sindicato ceramista en la Zona Norte del Gran Buenos Aires empezaba a plantear la necesidad de poner en pie coordinadoras antiburocráticas para coordinar el conjunto de las luchas en curso bajo una dirección que pudiese servir de impulso para las propias luchas y la recuperación de los sindicatos.



La CGT, bajo la dirección de Casildo Herrera y Lorenzo Miguel, empezó a percibir lo incontenible de la situación, dando forma a la exigencia de un aumento salarial y al pedido de renuncia de Rodrigo, pero bajo la defensa incondicional del gobierno de Isabel. El modelo sindical de la CGT respondía sin lugar a dudas a lo descrito 35 años antes por Trotsky en Los sindicatos bajo el imperialismo, donde el revolucionario ruso describió que en el campo sindical ya no había lugar para las medias tintas reformistas, o el sindicato se convertía en un apéndice de la burguesía para contener al movimiento obrero a cambio de prebendas y privilegios, o esta adquiere un carácter independiente y, a partir de esto, necesariamente combativo. La burocracia de la CGT se ubicó en el campo de la primera opción mientras transcurrían enormes movilizaciones a pesar suyo, como es el caso de los trabajadores de Ford y distintas fábricas de la zona norte que el 16 de junio, desde sus fábricas ocupadas y dejando guardias, buscaron llegar a Plaza de Mayo, en una columna de alrededor de 8.000 trabajadores, que fueron frenados llegando a la General Paz, situaciones locales similares se vivieron en las provincias; se empezaba a percibir, en los hechos, una ruptura por parte del movimiento obrero con la burocracia sindical peronista. Paralelamente, un número creciente de sindicatos y comisiones internas, bajo una intensa presión de las bases, lograba romper el techo de las paritarias, ahora en un 45%, logrando, en casos como la UOM, alcanzar un 150% de aumento salarial. Como respuesta a esto y frente a un feroz lobby patronal, Isabel retrotrae las paritarias que lograron quebrar el techo, firmando un decreto que aumentaba los salarios un 50%, lo que fue profundamente rechazado por el conjunto del movimiento obrero.


A partir de esto, es que la conducción de la CGT convoca la movilización del 27 de junio, que lejos de buscar darle un impulso a este proceso buscaba contenerlo para, en una reunión con el gabinete, firmar un acuerdo que sea más aceptable para la base obrera. La movilización, contó con alrededor de 50.000 manifestantes en la Plaza de Mayo, que exigían la inmediata renuncia de Rodrigo, a la par de un aumento del 100% de los salarios y una retracción del tarifazo.


Unos días después, el 30 de junio, tenía forma en Beccar la primera reunión de la coordinadora interfabril. Los días de julio fueron atravesados por enormes jornadas de paro con acatamientos masivos, dentro de lo que se destacan las jornadas del 3, 7 y 8 de julio que, a pesar del carácter dominguero que la burocracia buscó darles, estas coincidieron con intensas deliberaciones y movilizaciones obreras. Fracasando la contención de la CGT, el relevo de las bandas fascistas que advertía Trotsky en dicho texto, tenían ya la forma de la Triple A, para tener forma posteriormente en la dictadura militar.



Rodrigo y López Rega renunciaron, este último incluso de va del país; al tiempo Isabel “tomó” una licencia aludiendo razones de salud y quedó aislada en Córdoba en una colonia de la Fuerza Aérea: el gobierno estaba virtualmente acabado. Las tendencias golpistas, fomentadas por un muy importante sector de la oligarquía, la burguesía industrial y el imperialismo, empezaban a tomar forma. El presidente del Senado, Ítalo Luder, asume la presidencia del país; en su interinato, otorgó cada vez más poder a las fuerzas armadas, llegando al punto de crear el Consejo Nacional de Defensa que el declarado objetivo de “liquidar a las guerrillas y la subversión” y ponía a las policías nacionales y provinciales a las órdenes de aquellas. La vuelta a la presidencia de Isabel el 17 de octubre coincidió con la XI Conferencia de Ejércitos Americanos realizada en Montevideo, donde el imperialismo norteamericano alineaba y entrenaba a los ejércitos latinoamericanos en sus proyectos golpistas. El golpe impulsado por brigadier Jesús Cappellini el 18 de diciembre de ese año fue un paso fundamental. Si bien el golpe fue sofocado, este logró colocar a Orlando Agosti, uno de los principales impulsores del golpismo, como jefe de la Fuerza Aérea. Habiendo sosteniendo el carácter de clase del Estado, la burguesía pudo entonces darle forma al cambio de régimen llevado adelante en el ’76 bajo la dictadura militar, contando con la colaboración de un sector importante de la propia burocracia sindical.


Las conclusiones y los desafíos de la etapa


Si uno lee lo afirmado por Lenin en La bancarrota de la II Internacional sobre las condiciones principales que una situación revolucionaria debe tener, la asociación con las jornadas de junio y julio del ’75 es inevitable. A “la imposibilidad de las clases dominantes de mantener integralmente su dominación” en el marco de fuertes disputas internas entre camarillas, se sumaban un “agravamiento anormal de las privaciones y sufrimientos de las masas”, que a diferencia de etapas donde lo aceptan pasivamente, “tiene como resultado un aumento sensible de su actividad”. Estas condiciones objetivas, sin embargo, no coincidían con un elemento fundamental: que era la conciencia subjetiva de las masas de tomar el poder. Es en ese caso, nos señala Lenin, la ofensiva de la burguesía, adquiere tenores profundamente mayores, dando forma a regímenes que le aseguren sofocar las tendencias revolucionarias de las masas, y garantizar su dominio, recurriendo a las más sangrientas represiones.



Esta situación era correctamente advertida en Política Obrera, que en su número del 27 de junio, advertía sobre la transición entre una “etapa prerrevolucionaria a una etapa revolucionaria”. Lejos de caer en un triunfalismo, este número nos advierte con toda la seriedad que amerita que nada bueno puede llegarle a la clase obrera de un “cambio de gabinete”, haciendo necesario urgentemente la toma del poder, exigida, en ese entonces, bajo la consigna del “gobierno de la CGT”. Esta consigna, que será evaluada críticamente por nuestra corriente unas semanas después, tenía el valor, sin embargo, de poner en agenda lo que ninguna corriente ponía sobre la mesa: la conformación de un gobierno obrero. Ahora bien, el mérito del análisis de Política Obrera, no se limitaba allí, sino que advertía que de no triunfar el movimiento o incluso teniendo enormes triunfos parciales como los que llegó a tener: la retracción del tarifazo, el quiebre de las paritarias y la renuncia de Rodrigo, lejos estaban de disiparse las tendencias golpistas existentes, ya sea bajo la forma de un autogolpe, o bajo la forma que finalmente tendría en el año ’76 bajo el golpe militar.


El proceso de huelgas de 1975, entendiéndose como una continuidad del período abierto por el Cordobazo, es sin lugar a dudas uno de los puntos más altos de la lucha de clases en la Argentina y un muy valioso legado para les revolucionaries. Entender la salida contrarrevolucionaria lograda por la burguesía a partir del golpe del ’76, requiere un profundo análisis histórico del papel jugado por los actores en la etapa, permitiéndonos entender que lejos de que la derrota histórica que significó para el movimiento obrero el proceso de la dictadura entre el ’76 y el ’83 haya sido predeterminada por elementos objetivos o metafísicos, esta responde al resultado de la interacción dialéctica de los procesos objetivos y subjetivos que operaron en la lucha de clases.


Actualmente, la crisis mundial que ha sido profundamente agravada por la pandemia del coronavirus, encuentra rebeliones a nivel mundial. A las rebeliones en América Latina contra el ajuste, las han seguido las rebeliones en Estados Unidos, Europa y Brasil contra los crímenes raciales, donde las reivindicaciones contra las medidas de ajuste empiezan a jugar un papel más importante. En la Argentina, la expectativa depositada en Alberto Fernández, como recambio de Macri, empieza a erosionarse frente a la cada vez más evidente orientación del gobierno nacional de descargar la crisis sobre les trabajadores, dando forma a una numerosa cantidad de conflictos y luchas a nivel nacional, que si bien tienen un carácter embrionario, parecen profundizar su desarrollo. El papel del Partido Obrero, como así también del Plenario del Sindicalismo Combativo o el Frente de Izquierda, debe ser organizar el conjunto de estas luchas en el marco de la independencia de clase, para llevarlas a la victoria y poder así convertir a la clase obrera en una alternativa de poder. La experiencia histórica acumulada por el movimiento obrero y sus partidos tienen en las jornadas de junio y julio del 75 un capítulo fundamental para la intervención de la etapa.



 

También te puede interesar:

El gobierno prepara la reforma laboral y jubilatoria.
El recorrido y las declaraciones de la burocracia sindical en defensa de las patronales.
Mientras se va tejiendo el pacto social antiobrero
Escriben Miguel Bravetti y Sebastián Rodríguez