20/12/2007 | 1022

De la insurrección de Octubre a la Asamblea Constituyente

La burguesía y los conciliadores, incapaces de impedir el derrocamiento de su gobierno, pasaron inmediatamente a organizar el sabotaje contra el régimen soviético. Se valieron para ello del servicio de la vieja burocracia estatal. Cuando los bolcheviques lograron vencer la resistencia de los blancos en Moscú, e ingresaron a los edificios gubernamentales, se encontraron con un escenario desolador. “Los legajos -relata Victor Serge-, han servido para taponar las ventanas. Los armarios y los cajones están vacíos. Las máquinas de escribir, inutilizadas. Los empleados de la municipalidad -16.000 hombres- se han declarado en huelga”[1]. Lo mismo sucedía en Petrogrado: en plena escasez de alimentos, los funcionarios del ministerio de abastecimientos se declararon en huelga y se llevaron toda la documentación. En el Banco del Estado, un solo funcionario había quedado en su puesto. “Me encontré con un inmueble desierto -relataba tiempo después un bolchevique que fue protagonista de la ocupación del banco- Obolenski, Piatakov y Smirnov, reunidos en un despacho, se preguntaban cómo se las arreglarían para obtener algún dinero con destino al Consejo de Comisarios del Pueblo”[2]. La escena se repetía en todas las dependencias estatales. Las grandes empresas industriales, financieras y comerciales continuaban pagando salarios a sus funcionarios en huelga.


Tan pronto como el 26 de octubre (es decir un día después de la insurrección), los socialistas revolucionarios y los mencheviques constituyeron el “Comité de Salvación de la Patria y la Revolución”, en el que incluyeron a tres representantes de la alta burguesía. La propia organización militar de los socialistas revolucionarios se lanzó a organizar la sublevación de las academias militares. El periódico oficial del partido anunció que se colocaba a Victor Chernov, el máximo dirigente de los socialistas revolucionarios, “al frente de las tropas del general Krasnov”, es decir de los cosacos que pretendían atacar la capital roja. En Moscú los socialistas revolucionarios tuvieron un rol dirigente en la organización de las fuerzas reaccionarias que dieron batalla durante seis días hasta que fueron derrotadas y se aseguró el triunfo bolchevique. Los mencheviques no se quedaban atrás. “Durante los primeros días -dijo tiempo después Dan, uno de sus principales dirigentes-, abrigamos la esperanza de que el complot bolchevique podría ser liquidado por la fuerza de las armas… Como esto no ha sido posible, nos colocamos de aquí en adelante en el punto de vista de la conciliación”[3]. Georgi Plejanov, el “padre” del marxismo ruso, fue más directo: “no debemos contentarnos con mantener a raya a esta gentuza, sino que hay que aplastarla, hay que ahogarla en sangre. Sólo así conseguiremos salvar a Rusia”[4].


Los bolcheviques y la iniciativa de las masas


La respuesta de los bolcheviques al sabotaje fue reforzar la iniciativa y la organización de las masas revolucionarias. El sindicato metalúrgico proveyó numerosos cuadros para la reorganización del ministerio de Trabajo, que había sido vaciado por los funcionarios del gobierno provisional, y que estaba ahora a cargo del metalúrgico bolchevique Schliapnikov. Los marinos se encargaron de reestructurar el funcionamiento portuario. Los tribunales habían desaparecido, pero pronto se conformaron tribunales populares, especialmente en los barrios obreros. “El primero de estos tribunales fue el que se creó en el barrio de Viborg. El público participaba en las deliberaciones y se tomaba de entre ese mismo público al acusador y al defensor. La misma concurrencia era la que dictaba el veredicto”[5].


El nuevo orden se fue imponiendo bajo el peso de la urgencia. Los soviets votaron una resolución planteando a los comisarios del pueblo “trabajar en estrecho contacto con las organizaciones de las masas de obreros, obreras, marinos, soldados y empleados”. El 28 de octubre, otro decreto dejaba a las municipalidades la tarea de garantizar el suministro local. El mismo día, otra directiva impulsaba a las autoridades y gobiernos locales a resolver de inmediato la crisis de alojamiento, otorgándoles el derecho de requisa y confiscación de inmuebles. El 14 de noviembre, un decreto invitaba a los obreros a que controlasen ellos mismos la producción y la situación financiera de las empresas.


En esta atmósfera convulsiva, los contrarrevolucionarios, derrotados en las grandes ciudades, comenzaron a organizar sus ejércitos de cosacos y “blancos”, en las regiones más atrasadas de Rusia. A ritmo de vértigo, los soviets enfrentaban la situación. Victor Serge enumera las medidas que toman, auténtico derrocamiento del viejo orden y creación del nuevo: “el 10 de noviembre, decreto aboliendo la diferencia de castas y la jerarquía civil; el 22, decreto acerca de la requisa de ropas de abrigo para proveer al ejército (…); el 1 de diciembre, creación del Consejo Superior de la Economía; el 7, creación de la comisión extraordinaria para luchar contra el sabotaje y la contrarrevolución (Cheka); el 9, apertura de negociaciones de paz en Brest-Litovsk; el 11, decreto estableciendo la jornada de trabajo de ocho horas en la red ferroviaria; creación de una comisaría de Instrucción Pública (hasta entonces se encontraba la enseñanza en manos de la iglesia); el 16, decreto estableciendo la elegibilidad de los grados en el ejército (…); prohibición de la compraventa de inmuebles en las ciudades; el 18, decreto instituyendo el matrimonio civil; el 19, decreto instituyendo el divorcio; el 21, decreto acerca de la simplificación de la ortografía (…) el 24, confiscación de los establecimientos industriales Putilov”[6].


Un anacronismo político, ¿qué hacer?


En este contexto deben ser ubicadas las elecciones a la Asamblea Constituyente, que habían sido convocados por el Gobierno Provisional precedente. La reivindicación de la Constituyente había sido levantada históricamente por los partidos de la socialdemocracia rusa, incluidos los bolcheviques. Después de la revolución de febrero, los conciliadores sostuvieron que todas las transformaciones sustanciales que reclamaban las masas debían esperar a la Asamblea Constituyente, que era pospuesta una y otra vez. Rosenberg afirma en su “Historia el bolchevismo” que la negativa a convocarla se debía a que los propios socialistas conciliadores tendrían una mayoría abrumadora, lo que habían minado los esfuerzos por mantener la “coalición” con la burguesía en el gobierno. Para los bolcheviques, las cosas también habían cambiado: ahora el carácter de la Constituyente dependía del gobierno que la fuera a convocar: el de la burguesía y los conciliadores o el poder obrero.


La convocatoria a la Constituyente, que se había formalizado antes de la insurrección de octubre se transformó así en un anacronismo político. Por otro lado, las relaciones de fuerza entre los partidos, y los propios alineamientos al interior de cada uno de ellos, habían cambiado muy rápidamente. Cuando se habían presentado las listas para las elecciones constituyentes los socialistas revolucionarios presentaron una lista unificada, en noviembre estaban divididos. Se llegaba así a una situación absurda, tal como la relata Trotsky: “cuando los socialistas revolucionarios de derecha ya estaban arrestando a miembros de los socialistas revolucionarios de izquierda, y éstos se unían a los bolcheviques para derrocar el gobierno del socialista revolucionario Kerensky, las viejas listas conservaban su validez, y los campesinos se veían obligados a votar por las listas que encabezaba Kerensky e integraban los propios socialistas revolucionarios de izquierda que estaban tomando parte en la conspiración contra él”[7].


La realización de la Constituyente suscitó una intensa discusión dentro de la dirección bolchevique. Lenin era partidario de posponer las elecciones a la Constituyente. “Debemos ampliar el sufragio -decía Lenin-, otorgándoselo a los jóvenes de 18 años, debemos permitir que se reorganicen las listas de candidatos. Nuestras propias listas no valen nada, están llenas de intelectuales. Necesitamos a los obreros y a los campesinos. Los hombres de Kornilov y los kadetes deben ser puestos fuera de la ley”[8]. Pero otros bolcheviques le respondían que posponer las elecciones afectaría la imagen de los bolcheviques, que habían reclamado durante meses la convocatoria a la Asamblea. Lenin no aceptaba esos argumentos: “Son tonterías, tráiganme hechos, y no palabras… esto puede costarle la cabeza a la revolución”. Finalmente, Lenin se quedó en minoría y aceptó la posición de la dirección bolchevique. Las elecciones no fueron postergadas.


Los resultados, la política


En la mayoría de los distritos, las elecciones se realizaron el 25 de noviembre. Según los resultados publicados en la investigación de Oliver Radkey, que hoy reconocen la mayoría de los historiadores (los de Victor Serge son algo distintos), los socialistas revolucionarios obtuvieron casi el 40% de los votos, los bolcheviques 25%, los kadetes (junto con otros partidos burgueses) algo más del 10% y los mencheviques menos del 4%[9].


Estos votos, sin embargo, no estaban repartidos de manera uniforme. Como sostiene un investigador reciente, “en las grandes ciudades los bolcheviques se llevaron la mayoría de los votos, con los kadetes en segundo lugar, pero en las ciudades más pequeñas y en el campo los socialistas revolucionarios obtuvieron una diferencia suficiente como para ganar una mayoría en la elección”[10]. Los bolcheviques ganaron en Petrogrado y en Moscú, así como en otras ciudades industriales del centro del país. Triunfaron electoralmente, también, entre los soldados del frente norte y del frente occidental, así como entre los marinos de la flota del Báltico —es decir, la vanguardia revolucionaria del ejército y la clase obrera. El triunfo de los socialistas revolucionarios se basaba en su elección en las zonas más atrasadas del país: Siberia, los Urales, el Volga, Crimea[11].


La influencia que aún conservaban los socialistas revolucionarios entre los sectores campesinos, el confuso armado de las listas, la falta de comprensión de muchos sectores de lo que estaba poniéndose en marcha a partir de la insurrección de octubre en los principales centros del país: un conjunto de elementos habían contribuido a hacer realidad el peor escenario previsto por los bolcheviques. “¡Salta a la vista la equivocación!- decía Lenin- hemos tomado el poder, ¡pero nos hemos colocado nosotros mismos en una situación tal que nos vemos obligados a reconquistar ese poder por la fuerza!”[12].


Los cadetes no apostaban a la Constituyente, sino a la guerra civil. Los mencheviques estaban enormemente debilitados. Pero “el partido socialista revolucionario -dice Victor Serge-, aguardaba la Asamblea Constituyente con una esperanza que rayaba en el misticismo (…) firme con el sufragio de millones de campesinos, de los intelectuales, de las clases medias de las ciudades y hasta de algunos elementos radicales de la burguesía, alentado por el socialismo internacional y por los gobiernos aliados (…) creíase el gran partido parlamentario y gubernamental del mañana”[13].


Los socialistas revolucionarios se prepararon durante todo diciembre para la Asamblea Constituyente, que debía reunirse en los primeros días de 1918. Creían firmemente que había llegado su oportunidad de gobernar —pasaban por alto que lo habían hecho durante meses, antes de octubre, y habían sido derrotados por una insurrección obrera. Sus dirigentes no parecían preocuparse por la cuestión de las relaciones de fuerza. Cuando una federación de empleados y funcionarios, hostil a los bolcheviques, les propuso apoyarlos con una huelga general, los líderes socialistas revolucionarios declinaron la oferta: “¿Defendernos? ¿Es que no somos acaso los elegidos del pueblo soberano?”[14].


Otros sectores del partido, sin embargo, actuaban con mayor lucidez. Los socialistas revolucionarios formaron un Comité en Defensa de la Constituyente e hicieron algunos intentos por movilizar las fuerzas militares que aún les eran afines. El grupo terrorista del partido había logrado infiltrarse en el Smolny y planeaba el asesinato de Lenin y Trotsky. Los líderes socialistas revolucionarios no se atrevieron en el momento decisivo a autorizar el atentado, dada la gran popularidad de los dirigentes bolcheviques. Sin embargo, en los primeros días del año Lenin sufrió un intento de asesinato —otros líderes bolcheviques como Uritsky y Volodarsky fueron asesinados posteriormente.


Lenin veía las cosas con mayor agudeza —no bajo la óptica de las formalidades constitucionales sino de la lucha de clases y la iniciativa revolucionaria de las masas. En sus “Tesis sobre la Asamblea Constituyente”, que fueron publicadas por Pravda en diciembre, Lenin analizaba cuidadosamente estas contradicciones políticas, que colocaban a la Constituyente completamente a contramano del proceso vivo de la revolución. “El resultado de todas estas circunstancias tomadas en conjunto”, decía Lenin, “es que la Asamblea Constituyente, conformada sobre la base de las listas electorales de los partidos existentes antes de la revolución obrera y campesina, bajo el régimen de la burguesía, chocarán inevitablemente con los intereses y la voluntad de las clases explotadas que el 25 de octubre comenzaron la revolución socialista contra la burguesía”[15]. Cuando comenzaba a estallar la guerra civil, y cuando la burguesía y los oficiales del ejército conspiraban, de la mano de kadetes y socialistas revolucionarios, contra el gobierno de los soviets, “la consigna de ‘Todo el poder a la Asamblea Constituyente’ se ha transformado de hecho en la consigna de los kadetes y los seguidores de Kaledin [el líder cosaco que dirigía las tropas blancas]”. No había lugar para términos medios: si la Asamblea Constituyente se enfrentaba al gobierno revolucionario se colocaba en el terreno de la contrarrevolución.


Disuelta por los soviets


La Constituyente se reunió el 5 de enero de 1918 en el Palacio de Táurida de Petrogrado. Ante la mayoría socialista revolucionaria, el presidente del ejecutivo de los soviets, el bolchevique Sverdlov, abrió la sesión invitando a la asamblea a apoyar la “Declaración de Derechos del pueblo trabajador y explotado”, un extraordinario documento escrito por Lenin que declaraba a Rusia una República Federativa de Soviets, “libre unión de naciones libres”. Tal como destaca Serge, “de apoyarse esta proposición, se asociaba la Asamblea sin reservas a la revolución socialista”[16]. Era la última propuesta: se ofrecía, por enésima vez, a los partidos conciliadores que se colocaran en el terreno de la revolución proletaria.


Pero la mayoría no tenía intención de hacerlo. Los socialistas revolucionarios se negaron a discutir la propuesta de Sverdlov y reclamaron pasar a la elección de presidente de la Asamblea, dado que “se estaba perdiendo demasiado el tiempo”. Resultó elegido Victor Chernov, el viejo líder de los socialistas revolucionarios, quien señaló que “queremos construir el socialismo de una manera mesurada”. Luego habló Tsereteli, el principal dirigente menchevique, quien tuvo al menos la honestidad política de declarar abiertamente (y resumir en una frase) las tesis de su partido: “no es socialista”, dijo, “quien incita al proletariado a conseguir sus últimos objetivos sin haber pasado por la democracia”[17].


Era evidente de qué lado se colocaba cada quién. Raskolnikov leyó una breve declaración de los bolcheviques: “nos retiramos de la Asamblea Constituyente y confiamos al poder de los soviets la decisión definitiva acerca de la actitud que han de adoptar con relación a la parte contrarrevolucionaria de esta asamblea”. También se retiraron los socialistas revolucionarios de izquierda. Los centroizquierdistas continuaron como si nada. Cerca de las cuatro de la mañana, sin embargo, uno de los marinos que hacían guardia se acercó al presidente y le dijo, con frialdad: “el cuerpo de guardia se halla fatigado. Les ruego que despejen el salón de sesiones”. Hubo algunas quejas; pero ante la amenaza del uso de la fuerza la sesión se levantó, con más pena que gloria. Al día siguiente, fue publicado el decreto de disolución, redactado por Lenin, que decía: “las masas trabajadoras han tenido ocasión de convencerse de que el viejo parlamentarismo burgués no sobrevive, que es absolutamente incompatible con la realización del socialismo, porque únicamente los organismos de clase, y no los que tienen carácter nacionalista son capaces de quebrantar la resistencia de las clases poseedoras y de sentar los fundamentos del orden socialista”[18]. El gobierno de los soviets ya había impuesto la legalidad del nuevo régimen, “constituida” sobre el más sagrado de los derechos: el de los explotados a la revolución contra el orden social de sus explotadores.



Notas


[1] Victor Serge, El año I de la revolución rusa (1930)


[2] “Recuerdos” de Bogdanov, publicado en Proletarskaia Revoliutsia en 1922, citado por Victor Serge.


[3] Serge, op.cit., subrayado en el original.


[4] Jacques Sadoul, Notes sur la révolution bolchévique


[5] “Recuerdos” de Kozlovski y de Bonch-Bruevich, publicado en Proletarskaia Revoliutsia en 1922, citado por Victor Serge.


[6] Serge, op.cit.


[7] León Trotsky, History of the Russian Revolution to Brest-Litovsk


[8] León Trotsky, Lenin.


[9] Oliver Radkey, The Election to the Russian Constituent Assembly of 1917, Cambridge, Massachusetts, 1950.


[10] Gerhard Rempel, “The Constituent Assembly”


[11] William Dando, “A map of the election to the Russian Constituent Assembly of 1917”, en Slavic Review, vol. 25, número 2, junio de 1966.


[12] Citado en Serge, op.cit.


[13] Serge, op.cit.


[14] ídem


[15] Lenin, “Theses on the Constituent Assembly”, Collected Works, vol. 26.


[16] Serge, op.cit.


[17] ídem


[18] ídem.