16/09/2021
A 45 años

El movimiento estudiantil en los días de La Noche de los Lápices

Seguimos escribiendo nunca más. Solo luchando tenemos futuro.

Un nuevo 16 de septiembre traerá un nuevo aniversario de la Noche de los Lápices. En este 2021 se cumplirán 45 años de aquella ocasión en que la dictadura militar, comandada entonces por Videla, desapareció a diez estudiantes en La Plata. María Claudia Falcone, María Clara Ciocchini, Claudio de Acha, Francisco Lopez Muntaner, Daniel Racero y Horacio Úngaro, seis de ellos, fueron trasladados a centros clandestinos de detención para nunca regresar. El episodio fue la represalia más sangrienta de un régimen genocida contra el movimiento estudiantil que también había levantado cabeza en el Cordobazo junto al movimiento obrero.

El operativo conducido por los altos mandos de la Policía Bonaerense, su entonces jefe Ramón Camps y Miguel Etchecolatz, que organizaba a los grupos de tareas y los centros clandestinos, terminaron por secuestrar a partir de la noche del 16 de septiembre a los compañeros mencionados y a otros cuatro que lograron recuperar la libertad, que aportaron luego testimonios clave para reconstruir los hechos. Participaron de las directivas de los mismos también integrantes del Ejército, nucleados en el Batallón 601 y el 101, cerrando el círculo sobre el suceso que culminó con la tortura y desaparición efectiva de seis estudiantes secundarios.

De Cámpora a Isabel, de Taiana a Ivanissevich

La Noche de los Lápices fue la expresión más bestial de una política represiva sobre el activismo estudiantil que ya venía de antes del golpe militar. Ya en 1973, Jorge Taiana padre llegaba como ministro de Educación del gobierno de Cámpora. Tras el regreso de Perón en junio de aquel año y el golpe institucional que desplazó a Cámpora, comienza un giro derechista. Rodolfo Puiggros, ligado a Montoneros, que había sido nombrado rector de la UBA por Taiana, fue desplazado en octubre del 73′ pocos días antes de que asumiera Perón la presidencia. Quien había designado interventores montoneros y de la “izquierda peronista” en las universidades luego de los años de Onganía, en nombre de “poner las universidades al servicio del pueblo” (y apoyado incluso en tomas generalizadas y grandes movilizaciones del movimiento estudiantil), pegaba ahora un bandazo que confirmaba los intereses genuinos de la vuelta al país del “general”.

A la par, dentro del movimiento estudiantil ya crecía el germen de la represión en medio de las elecciones universitarias de aquel año. Organizaciones estudiantiles peronistas de derecha vaticinaban lo que se venía en el país. Así fue que empezaron a registrarse episodios como el ataque con armas de fuego y cachiporras del Comando de Organización de la Juventud Peronista a estudiantes que se movilizaban en el nordeste del país en repudio al golpe pinochetista en Chile.

Luego de la victoria de la Juventud Universitaria Peronista en las elecciones de centros de estudiantes, que se produce unos meses después del fallecimiento de Perón, Isabel y López Rega le “bajan el pulgar” a Taiana y designan como ministro de Educación a Oscar Ivanissevich, en lo que se conoció como “Misión” Ivanissevich. Interviene y militariza las universidades, y decreta como rector interventor de la UBA a Alberto Ottalagano. A partir de aquel momento, la Gendarmería y la Policía Federal pasarían a inmiscuirse dentro de las casas de estudios, hasta con sus servicios de inteligencia incluso. Esta disposición vino de la mano de los grupos de tareas y las detenciones clandestinas, bajo la actuación de la Triple A y las bandas parapoliciales comandadas por López Rega, que, claro, empezaron a perseguir a estudiantes, docentes y no docentes. Como resultado se abrió una etapa de represión estatal sin precedentes al interior de las instituciones universitarias. Se comenzó una cesantía masiva y arbitraria, se avanzó en el cierre de carreras y universidades enteras y los episodios de violencia policial en las casas de estudio cobraron una enorme crudeza. Mientras la izquierda organizaba y defendía los centros estudiantiles, la JUP (Juventud Universitaria Peronista), brazo estudiantil de Montoneros, proclama su pase a la clandestinidad y su abandono de la organización de las masas.

Una anécdota sobre esta intervención universitaria es que al día de hoy se celebra cada 13 de octubre el día del psicólogo en Argentina, justamente en conmemoración de un plenario desarrollado en Córdoba por estudiantes de psicología en 1974 para deliberar sobre el cierre de esta carrera en las universidades de La Plata y la UBA por Isabel, López Rega e Ivanissevich. Como se puede ver, la avanzada del tercer gobierno de Perón no lograba detener la enorme disposición a organizarse y luchar del movimiento estudiantil. Fue el vivo reflejo de lo que ocurría en las fábricas del país con el movimiento obrero, que erigía comisiones internas clasistas, que recuperaba sindicatos, que deliberaba en asambleas, que conformaba coordinadoras fabriles. Se trataba ni más ni menos de la herencia viva del Cordobazo, que la burguesía no había logrado detener con la vuelta de Perón. Ni por la cooptación ni por la represión de grupos parapoliciales.

El golpe y los grupos de tareas

A partir del golpe genocida de 1976 los grupos de tareas como los que ya actuaban en Córdoba se terminan de formalizar, y la represión sangrienta pega un salto cualitativo brutal. A casi medio año de aquel infame 24 de marzo, la Bonaerense organiza un plan para amedrentar y/o secuestrar a dirigentes estudiantiles que protagonizaron las enormes movilizaciones por el boleto educativo en la primavera de 1975, a pocos meses de la histórica huelga de julio, y que lograron conquistarlo en una capital estudiantil como siempre fue La Plata. Lo cierto es que el golpe, que actuaba escudado en “luchar contra los grupos guerrilleros”, buscaba ahogar en sangre a la vanguardia de los trabajadores y los estudiantes. La guerrilla ya había sido prácticamente derrotada con el “decreto exterminio” de Isabel y el Operativo Independencia, pero a la burguesía le preocupaba particularmente lo que ocurría en las fábricas, en las universidades y las escuelas, en las asambleas, en lo que Balbín definió como “guerrilla fabril”.

Los seis estudiantes de la Unión de Estudiantes Secundarios desaparecidos fueron trasladados a algunos de los centros clandestinos dirigidos por Etchecolatz, los mismos que concentraron la mayor parte de las desapariciones del golpe. Allí fueron brutalmente torturados, mientras las fuerzas policiales, la Justicia y todo el aparato del Estado, al servicio de los genocidas, negaban los pedidos de hábeas corpus solicitados por sus padres y familiares. Todo el plan estuvo resumido en un expediente policial hallado en la Jefatura de la Policía de la provincia, titulado con el nombre “La Noche de los Lápices”.

El reclamo hoy

El reclamo de justicia por estos compañeros hoy tiene una vigencia estridente por muchos motivos. En primer lugar, porque algunos de sus responsables gozan hoy de una absoluta impunidad. Por ejemplo Miguel Etchecolatz, a pocos días de cumplirse también un nuevo aniversario de la segunda desaparición de Jorge Julio López. En 2017, bajo el macrismo, la Justicia le otorgó el beneficio de la prisión domiciliaria a este genocida con nueve condenas consecutivas por delitos de lesa humanidad, incluido también la apropiación de bebés. Actualmente, todavía vive en ese domicilio en el bosque Peralta Ramos, en Mar del Plata, sobre la misma calle que vivía una de sus víctimas.

Otro tanto sucede con César Milani, absuelto por la Justicia durante el 2019 por la desaparición del soldado Ledo. No solo tuvo un destacado lugar en el Operativo Independencia; también formó parte del Batallón 601 que estuvo detrás de la Noche de los Lápices. Allí fue compañero del burócrata sindical Gerardo Martínez, que actuaba de servicio de inteligencia y está hoy al frente de la UOCRA. El primero fue el “elegido” de Cristina para pasar al frente del Ejército en 2013, el segundo se convirtió en un baluarte del peronismo todo dentro del arco de la burocracia sindical, y un referente de los métodos de las patotas y la violencia gremial como el que se cobraron la vida de nuestro compañero Mariano Ferreyra.

Un dato no menor es también el ascenso de figuras como Javier Milei, que encubiertos en discursos hipócritas contra “la casta política” representan a los herederos de la dictadura militar y buscan endulzarle los oídos a las nuevas generaciones de estudiantes y la juventud. Pero, sobre todas las cosas, la vigencia que tiene la lucha por justicia para las víctimas de la Noche de los Lápices es que hoy la Argentina se encuentra en las vísperas de un nuevo acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, por lo que todos los bloques patronales del régimen se comprometieron a fuego y sangre a llevar a cabo una reforma educativa privatista, mercantilista y vaciadora; como las que vienen en danza desde aquel entonces incluso en democracia, de la Ley de Educación Superior del menemismo a todas sus sucesoras. Mientras, millones de jóvenes debieron abandonar sus estudios por el fracaso estrepitoso de la virtualidad sin condiciones presupuestarias, siendo la educación pública un flanco permanente de ataque de todos los gobiernos.

Por tanto, a 45 años, los lápices siguen escribiendo Nunca Más. Rindamos el mejor homenaje a una generación heroica de estudiantes y trabajadores que pusieron contra las cuerdas a los capitalistas y sus gobiernos, que necesitaron echar mano a una dictadura militar para poder derrotarlos. Es el momento de enfrentar a un régimen fondomonetarista comprometido a hacer añicos la educación pública bajo las banderas de los secundarios desaparecidos en la Noche de los Lápices: solo luchando tenemos futuro.

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