10/01/2007 | 978

Enero de 1917


Rusia terminó 1916, el tercer año de la Primera Guerra Mundial, envuelta en una crisis política extremadamente aguda. La sucesión de derrotas militares habían llevado a una aguda descomposición del ejército, que se manifestaba en deserciones masivas, desacatos, agitación revolucionaria y rebeliones. En la retaguardia, el estado de ánimo estaba determinado por las noticias del frente, el retorno de los desertores y las graves penurias provocadas por el descalabro económico. Sin excepción, todos los informes militares y policiales (conocidos después del triunfo de la revolución) dan cuenta de la agitación reinante entre los obreros y los soldados y del temor de las clases dominantes al estallido de la revolución.


 


La burguesía liberal reclama a la autocracia el nombramiento de un “gabinete responsable”, es decir integrado por la oposición burguesa. El zar rechaza el reclamo y refuerza la represión interna. El papel dominante en el gobierno lo juega la camarilla de Rasputín, un santón que había ganado la confianza de la pareja real. La burguesía y el generalato acusan a esta camarilla y a la emperatriz de “germanofilia” y aun de espionaje en favor de Alemania.


 


A fines de 1916, exhausta por la guerra, Rusia explora las posibilidades de firmar una paz por separado con Alemania. Lenin denuncia esta “paz” como una simple tregua para la preparación por parte del zarismo de una nueva guerra: después de haberse aliado a Inglaterra para enfrentar a Alemania por “esferas de influencia” en Europa Oriental, la “paz” significaba que el zarismo pasaba a aliarse con Alemania para ir a la guerra con Inglaterra por el dominio de Asia Central.


 


La descomposición del régimen era tan aguda que a fines de 1916 se hablaba abiertamente de una “revolución palaciega”, que destronara al zar Nicolás II para salvar la monarquía. A mediados de diciembre, varios “grandes duques” de Rusia asesinan a Rasputín; la noticia del asesinato fue recibida con enormes muestras de alegría en la burguesía y en la propia nobleza. Pero nada cambió. Los “grandes duques” que lo asesinaron fueron desterrados; no hubo “gabinete responsable”; la camarilla de Rasputín siguió dominando el gobierno hasta sus últimos días. La autocracia no sobreviviría diez semanas a la desaparición de su “hombre santo”.


 


En enero de 1917 se cumplió el 12° aniversario del “domingo sangriento” de 1905, que señaló el inicio de la primera revolución rusa. En Suiza, donde se hallaba exiliado, Lenin dio una conferencia sobre la revolución de 1905. “La peculiaridad de la revolución rusa es que fue una revolución burguesa en su contenido social, pero fue una revolución proletaria por sus métodos de lucha (y porque) el proletariado fue su fuerza impulsora”. Para Lenin, “precisamente a causa de su carácter proletario, en el particular sentido que he explicado, la revolución rusa es el prólogo de la próxima revolución europea”. Lenin recibía 1917 completamente armado con las conclusiones de la revolución de 1905.


 


Sus palabras de enero referidas a 1905 —una revolución proletaria en la atrasada Rusia, prólogo de la revolución proletaria europea— fueron el antecedente inmediato de las que, tres meses después, pronunciaría al llegar a San Petersburgo. Dando la espalda a los representantes de la “democracia” (centroizquierda), Lenin saludó a los obreros y a las tropas que habían ido a recibirlo: “Queridos compañeros soldados, marineros y obreros. Estoy feliz de saludar en ustedes a la revolución rusa victoriosa, la vanguardia del ejército proletario mundial. La guerra de rapiña imperialista es el comienzo de la guerra civil en Europa. Es el alba de la revolución socialista mundial. La revolución rusa que ustedes hicieron abre una nueva era. Viva la revolución socialista mundial”.