Entre la guerra y la revolución

Primera parte

La Segunda Guerra Mundial (1929-1945) cambió la historia de la humanidad y de los conflictos bélicos. Entre 55 y 70 millones de muertos, según la cifra que se tome, la mayoría civiles víctimas de los crímenes más aberrantes. Una tragedia sin precedentes que sacudió cada rincón del planeta, en especial Europa y el oriente asiático. Una guerra total que se libró tanto en los frentes como en las retaguardias, donde las poblaciones civiles ocuparon el centro de la escena, tanto como blancos de una violencia planificada (bombardeos, trabajos forzosos, desarraigos, hambrunas, genocidios) como en el reclutamiento masivo, la militarización de la industria, la agitación y propaganda política.


Para Trotsky, la construcción de la Cuarta Internacional y un programa revolucionario eran imprescindibles frente a un capitalismo “agónico”, que ya no podía ofrecer más que un desenlace trágico a la humanidad. Junto con esto, la convicción de que era posible el desencadenamiento de un proceso revolucionario mundial aún más importante que el que había alumbrado el final de la Primera Guerra con la Revolución de Octubre. Esa caracterización orientó tanto la fundación de la Cuarta Internacional como las resoluciones de la Conferencia de Emergencia, reunida en mayo de 1940, a pocos meses de comenzada la guerra y en pleno triunfo de la ofensiva nazi y la blitzkrieg (“guerra relámpago”).


Entre 1943 y 1947, el mundo fue sacudido en una intervención de masas sin precedentes en el corazón europeo, pero también en las colonias y semicolonias.


Decapitar la Cuarta Internacional


El 20 de agosto de 1940, luego de varios frustrados intentos, un agente stalinista asesinó León Trotsky en México. Como señalan varias memorias y publicaciones de agentes de la policía secreta stalinista, el sentido profundo del asesinato de Trotsky era “decapitar” la Cuarta Internacional y, con ella, la perspectiva de la revolución socialista en el contexto del “pacto de no agresión” entre Hitler y Stalin.


La militancia trotskista sufrió una fuerte represión -por parte de fascistas, stalinistas y demócratas- durante toda la guerra. Dirigentes y activistas trotskistas fueron encarcelados en Estados Unidos, Inglaterra, Palestina, Indochina, la India, Ceilán y hasta en la neutral Suiza. En China fueron perseguidos y asesinados, tanto por parte de los ocupantes japoneses como de los nacionalistas y el stalinismo.


Los nazis asesinaron a los alemanes Paul Widelin y Werner Scholem, y diezmado su sección; a los austríacos José Jakobovic y Franz Kascha; al ex secretario general del PC griego, Pantelis Pouliopoulos; a casi cuarenta trotskistas franceses (entre ellos, al secretario del POI, Marcel Hic, al responsable militar del PCI Henri Molinier y a otros dirigentes); al joven dirigente belga y miembro del Secretariado Europeo, Abraham León; a Henryk Sneevliet y a toda la dirección del RSAP holandés, cercanos a la Cuarta, y a León Lesoil, antiguo miembro del Comité Central del PC belga, entre muchos otros.


El stalinismo mandó a ejecutar, entre otros, al dirigente italiano Pietro Tresso (Blasco); a Heinz Epe (Walter Held), ex secretario de Trotsky; al dirigente checo Zavis Kalandra y a la mayoría de los trotskistas búlgaros; un todavía joven Ho Chi Minh mandó a fusilar a Ta Thu-tau -que había pasado años en prisión- y a muchos de sus camaradas; decenas de trotskistas fueron perseguidos y asesinados por la Opla (policía política del PC griego). Esto sin contar a los asesinados por la NKVD (policía secreta stalinista) antes de la guerra (Rudolf Klement, León Sedov, Erwin Wolf), en los Juicios de Moscú y campos de concentración de la Unión Soviética.


En resumen, la mitad de los dirigentes de la Cuarta Internacional fueron asesinados en ese período. La militancia fue condenada a la ilegalidad, la cárcel y el exilio, cuando no la muerte y la desaparición. La mayoría de las secciones quedaron debilitadas y con dirigentes jóvenes sin experiencia en el trabajo de masas. Por razones de seguridad, el Secretariado Internacional (SI) y el Comité Ejecutivo Internacional (CEI) se mudaron a Nueva York, lo que dificultó las vías de comunicación con las secciones de los países ocupados. En este contexto, las fuertes discusiones políticas se tradujeron muchas veces en desgarramientos internos y escisiones con posiciones radicalmente distintas unas de otras.


A pesar de la brutal represión, buena parte de los activistas y organizaciones trotskistas mantuvieron una actividad internacionalista y militante. En el campo de concentración nazi de Buchenwald, los trotskistas organizaron pronunciamientos y reclamos. En la Francia ocupada, militantes alemanes y franceses editaron el periódico Arbeiter und Soldat (Obrero y Soldado), dirigido a los soldados de la Wehrmacht (ejército nazi), en el que llegaron a organizar células clandestinas. Un grupo de soldados en Brest llegó a publicar su propio periódico Der Arbeiter (El Trabajador), donde se definían como “trabajadores y proletarios, obligados a ejecutar las órdenes de la dictadura nazi” y convocaba al combate revolucionario. Jóvenes trotskistas franceses estuvieron a la cabeza de comités de fábrica que se conformaron hacia finales de la ocupación nazi en diversas localidades, llegando a organizar una coordinadora interfabril en los suburbios de París. También en las ocupadas Dinamarca y Bélgica se mantuvieron publicaciones clansdestinas.


El grupo británico se destacó en la agitación política sobre los metalúrgicos y mineros, al tiempo que ayudó a construir secciones en Irlanda y Egipto, además de colaborar con el desarrollo de los grupos en Ceilán y en la India. En Vietnam, los trotskistas lideraron el levantamiento de Saigón y Hanoi, en 1945, contra japoneses e ingleses. El RSAP holandés (que se reclamaba trotskista) tuvo un rol fundamental en la huelga general de 1942 contra la deportación de judíos. Los trotskistas palestinos publicaron un periódico en hebreo, inglés y árabe, oponiéndose a la creación de un Estado sionista y convocando a la unidad entre trabajadores árabes y judíos contra el imperialismo británico.


Militantes del SWP estadounidense, enrolados en el ejército y en la marina mercante de su país, buscaron vincularse con sus camaradas de India, Australia, Cuba, Sudáfrica, Gran Bretaña, Francia e Italia cruzando informes, correo y ayuda económica y llegaron a repartir volantes en ruso en la Unión Soviética. Soldados trotskistas norteamericanos e ingleses intervinieron en la oleada revolucionaria que se produjo en Italia desde 1943.


Los cuartainternacionalistas tuvieron el mérito de preservar la organización a pesar de la represión y los problemas políticos y organizativos que redujeron el alcance de su intervención política. De otra manera, la experiencia acumulada por el movimiento obrero hubiera quedado liquidada con el asesinato de Trotsky y la causa del socialismo sufrido un retroceso histórico.


Nuevos problemas y debates


La Segunda Guerra Mundial y su desenlace sumaron problemas novedosos (algunos de ellos introducidos en debates y documentos previos) sobre los que, en el contexto descrito, los revolucionarios debían fijar posición e intervenir.


El primero fue que la guerra tenía como protagonista central a la Unión Soviética y su defensa incondicional era un punto basal del programa revolucionario. Las potencias imperialistas entendían que los únicos capaces de derrotar al Estado obrero eran los nazis y durante años habían alentado subrepticiamente que Hitler fuera en esa dirección para la conquista del llamado Lebensraum (“espacio vital alemán”). Eso se concretó a mediados de 1941, con la “Operación barbarroja”, cuando los nazis invadieron Rusia masacrando civiles, montando campos de exterminio para la limpieza étnica de judíos y eslavos, devastando pueblos y tierras. La defensa de la URSS y sus conquistas asumió entonces un carácter bien concreto, convirtiéndose en una bandera de lucha del movimiento obrero mundial contra el imperialismo.


La Segunda Guerra Mundial supuso la militarización de la población civil -tanto en el frente, con la conformación de ejércitos de masas, como en las retaguardias, con el montaje de una industria armamentística a escala inédita- y la acción de milicias partisanas que dieron un carácter de guerra civil al conflicto. Las masas en armas se abrieron paso en un proceso revolucionario que se extendió de China al Medio Oriente, de Francia a la Unión Soviética, de Italia a Checoslovaquia, de los Balcanes a Indochina. Levantamientos, milicias populares, comités obreros y un principio de organización de doble poder, muchos de ellos influenciados por un stalinismo que se orientaba hacia un acuerdo con el imperialismo. La participación en la lucha armada y la caracterización de la cuestión militar fue uno de los grandes debates en la Cuarta Internacional.


La guerra mundial planteó nuevos problemas en la lucha nacional. A diferencia de la Gran Guerra (1914-1918), buena parte de los combates se libraron contra tropas de ocupación. En los países derrotados se construyeron fuertes movimientos de resistencia, lucha y sabotaje por la expulsión de los invasores que habían contado con el apoyo y colaboración de la mayoría de las burguesías, aristocracias y partidos. El caso francés fue emblemático y parteaguas en la política de las secciones trotskistas en ese país. La lucha contra el ocupante extranjero también jugó un papel central para abrir procesos revolucionarios y guerras civiles (Yugoslavia, Grecia) o para la lucha por la independencia y la descolonización en Asia, siendo China su capítulo más decisivo.


La guerra y su desenlace plantearon también un debate en torno de las perspectivas que se ceñían sobre Europa y si la lucha contra el nazi-fascismo suponía una “revolución democrática”, tanto en los países ocupados como en Alemania e Italia.


Los debates en torno de la defensa de la Unión Soviética, el derrotismo revolucionario y el defensismo del propio país frente a la ocupación fascista, la participación en la lucha armada, la liberación nacional en las colonias dominaron al movimiento trotskista durante y después de la guerra. La represión y la desconexión entre la dirección y sus secciones contribuyeron a una gran dispersión política y organizativa. Pero esta no fue más que el escenario de fuertes crisis y disputas políticas internas, tanto en la dirección como en las diferentes secciones de la Cuarta Internacional. De esto trataremos en próximas notas.