21/08/2020

Trotsky planteaba la cuestión central: «la crisis de la humanidad se reduce a la crisis de dirección del proletariado»

Intervención de nuestro compañera Soledad Díaz en el acto del Partido Obrero por el 80 aniversario del asesinato de León Trotsky.

En el 80 aniversario del asesinato de León Trotsky, desde el Partido Obrero levantamos esta tribuna para homenajear y reivindicar uno de los personajes más emblemáticos de la historia del siglo XX, cuya figura atravesó tanto las cimas de la revolución como los abismos de la contrarrevolución.

La vida de León Trotsky estuvo signada enteramente por la lucha de clases. Con apenas 26 años ya era presidente del Soviet de Petrogrado que dirigía la revolución de 1905; y en 1917 junto con Lenin y los bolcheviques, lideró la primera revolución socialista triunfante del mundo: la Revolución de Octubre.

Desde su desempeño como corresponsal en los conflictos bélicos en los Balcanes, las negociaciones de paz con Alemania para retirar a Rusia de la guerra, pasando por el comando del Ejército Rojo para enfrentar la contrarrevolución, cada acto militante de su vida se caracterizó por la meticulosa combinación de la lucha práctica y elaboración teórica, elevándolo al escaño superior de un militante revolucionario.

Cuando el fascismo se extendía por el viejo continente y el estalinismo aplicaba en la URSS una política de terror, que tenía como principal objetivo la eliminación física de los bolcheviques, y cuando la II Guerra Mundial ya estaba en marcha, el mundo se convirtió para él en «un planeta sin visado». La muerte de sus cuatro hijos a manos del estalinismo, su confinamiento en Turquía, Francia y las peripecias por diferentes países que rechazaron albergarlo, hasta su destino final en México, no cejaron nunca en su firmeza y accionar revolucionario.

En uno de los momentos más difíciles de la historia y de su propia vida personal, en lo que él mismo denominó «la medianoche de la historia», Trotsky elaboró su mayor legado para las futuras generaciones, la fundación de la IV Internacional y el «Programa de Transición» como dirección revolucionaria frente a la traición de la II Internacional y la III Internacional, en una etapa de guerras y revoluciones.

Una eternidad no nos alcanzaría para destacar la excepcionalidad de su figura, pero en este acto elegimos como la mejor forma de homenajearlo, poner de relieve la vigencia histórica de su legado, que es en definitiva la vigencia del socialismo científico de Marx, de Engels y de Lenin. Y que hace al método, a la acción y al espíritu de nuestro Partido Obrero, que tiene como programa definido en sus Estatutos, justamente al «programa de transición» de León Trotsky. Cuando hablamos de «trotskismo», no hacemos más que destacar la llama viva de la causa revolucionaria del proletariado.

Ochenta años después del asesinato de Trotsky, el capitalismo se encuentra, igual que entonces, atravesado por una crisis mundial de magnitudes. El pronóstico de «agonía del capitalismo» se confirma. La crisis capitalista agrava la desocupación, la caída de la producción, las condiciones de precariedad laboral, la destrucción de condiciones de trabajo, de los convenios colectivos, de explotación y brutal ajuste contra el conjunto de los trabajadores, y en particular contra la juventud.

El 60% de los jóvenes de nuestro país trabaja en la informalidad, el Estado arroja a amplias masas de la juventud a la extrema explotación laboral mediante las plataformas virtuales de trabajo, mientras se aceleran los planes de privatización de la educación. Todo eso sumado al reforzamiento del aparato represivo, el gatillo fácil, la criminalización de la protesta, la desaparición forzada de jóvenes como Facundo Astudillo Castro. En este escenario madura la conclusión de que este sistema no tiene nada para ofrecer a las generaciones futuras, las aspiraciones más profundas de la juventud chocan de lleno con este régimen caduco, por eso se abre paso entre la juventud un profundo cuestionamiento a las viejas estructuras, al Estado y las instituciones del régimen.

En 1938, Trotsky en el Programa de Transición para la IV Internacional ponía de relieve la importancia de «inspirar en la juventud confianza en sus propias fuerzas y en su porvenir». La juventud por la radicalización intrínseca que la caracteriza, por estar despojada de prejuicios de clase y de toda responsabilidad por el pasado, está llamada a ser protagonista de las batallas que vendrán contra este régimen de dominación.

Pero las aspiraciones más profundas de la juventud solo podrán lograrse bajo un gobierno de los trabajadores, y es así que una vez más en la historia vuelve a colocarse como nunca antes la necesidad de levantar la consigna estratégica de «unidad obrero- estudiantil» que se abrió paso en el Mayo Francés de 1968, la Reforma de 1918, el Cordobazo, el Argentinazo de 2001 y a la primavera árabe en 2010.

La clase trabajadora es la única que puede acaudillar la lucha por el socialismo, por eso los trotskistas luchamos por la independencia política de la juventud, para separarla de los gobiernos de turno y de las diferentes variantes de la burguesía. Ese es la bandera que levanta el Partido Obrero y la Unión de Juventudes por el Socialismo, y es la que hizo carne nuestro compañero Mariano Ferreyra, asesinado por la burocracia sindical y por el Estado.

Trotsky en el Programa de Transición, sentenció: «solo el entusiasmo fresco y el espíritu beligerante de la juventud puede asegurar los primeros triunfos de la lucha y solo estos devolverán el camino revolucionario a los mejores elementos de la vieja generación. Siempre fue así y siempre será así».

Por ello desde este acto también levantamos una tribuna para llamar a la juventud que estudia, que trabaja, a la juventud de los barrios a sumarse a la construcción de un partido revolucionario, de un partido de combate y a organizarse por la causa más bella, más hermosa de todas, la lucha por la revolución socialista.

Trotsky no solo prestó particular atención a la organización de la juventud, sino también de la mujer trabajadora. Partiendo de la experiencia de la Revolución de Octubre reivindicó el rol destacado de las trabajadoras, pero también destacó la esencia de las obreras como garantía contra desmoralización, el arribismo y burocratismo político, ante el devenir del estalinismo.

La declinación del capitalismo asesta a la mujer sus más duros golpes en tanto su condición de doblemente oprimida, por su condición de trabajadora y como de ama de casa, y llamó a apoyarse en los sectores más oprimidos de la clase trabajadora, y por tanto en las mujeres trabajadoras. «En ellas encontrarán fuentes inagotables de devoción, abnegación y espíritu de sacrificio. ¡Paso a la juventud! ¡Paso a la mujer trabajadora!», tales son las consignas que enarbola la IV Internacional.

Estos planteos tienen plena vigencia en momentos en que las mujeres nutren numerosos procesos de rebelión en el mundo. En el caso de Argentina, las movilizaciones por Ni Una Menos o la marea verde por el aborto legal son una expresión de la tendencia mundial a salir a las calles a exigir las demandas más apremiantes.

La defensa de la vida de cientos de mujeres pobres que mueren cada año por abortos clandestinos y la separación de la iglesia del Estado como institución regimentadora del Estado burgués son demandas incompatibles con el capitalismo. Tanto es así, que hace más de 100 años en 1917 la Revolución de Octubre ya había consagrado el derecho al aborto legal, ya no meramente como una política sanitaria urgente, sino porque era la premisa básica para romper con la con la regimentación de la vida y la decisión de las mujeres, y para atacar la familia burguesa como célula regimentadora donde se reproducen todas las opresiones del régimen.

Un siglo después el gobierno de Alberto Fernández, usando como excusa la pandemia, rechaza este derecho dando la espalda a la millones de pibas que lo exigieron en las calles, en virtud de su pacto con las iglesias, el capital internacional y la continuidad del pago de la deuda externa.

La disputa hacia el interior del movimiento de mujeres potencialmente revolucionario consiste en sortear la cooptación y la adaptación que plantean las corrientes burguesas y pequeñoburguesas, es la tarea de las socialistas que nos empeñamos por separarlas de la conciliación de clases y del nacionalismo burgués bajo una perspectiva de independencia de la clase.

No solo es válido para el movimiento de mujeres, también lo es para la juventud, el movimiento de la diversidad sexual, el movimiento campesino, indigenista, ambiental; porque solo encontraran el triunfo de sus aspiraciones más profundas, reivindicaciones y reclamos bajo la dirección de la clase trabajadora.

La rebelión de los chilenos, bolivianos, del pueblo de Ecuador, las huelgas en Colombia y, en general en Latinoamérica, abrieron un proceso convulsivo que la pandemia no cancelará, por el contrario, tenderá agudizar a corto o mediano plazo.

Si bien la tendencia de las masas a luchar está a la orden del día, la cuestión central que siguen pendiente es la que planteaba Trotsky: «toda la crisis de la humanidad se reduce a la crisis de dirección del proletariado». Por eso recogiendo el legado de Trotsky nos preparamos para la nueva etapa de rebeliones populares, impulsando partidos obreros de combate, militantes, y no partidos amplios o partidos de tendencias pequeñoburguesas y de seguidismo al nacionalismo burgués. Planteamos la construcción de partidos obreros para crear un puente entre las condiciones objetivas para la revolución y las condiciones subjetivas para la toma del poder por la clase obrera.

Un paso certero en esa dirección ha sido la conformación del Frente de Izquierda, una experiencia pequeña, limitada pero luchamos para que no sea una mera plataforma electoral y se convierta en un polo de independencia de clase. Y en este sentido dimos otro gran paso al impulsar la Conferencia Latinoamericana, un hecho político central que debemos continuar y profundizar.

En un cuadro que se caracteriza por el agravamiento de la lucha de clases, la tendencia a la guerra, rebeliones populares e insurrecciones, nuestro mejor homenaje a León Trotsky es la superación de la crisis de dirección de la clase obrera para que la próxima oleada revolucionaria la coloque sobre su cresta. En eso empeña todos los esfuerzos la militancia del Partido Obrero. Viva la IV Internacional. ¡Como el mismo León sentenció, la próxima oleada revolucionaria la pondrá sobre su cresta! ¡Memoria eterna a León Trotsky!

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