20/11/2020
1910-1920

La Revolución Mexicana, una guerra campesina en la era de la revolución socialista

A 110 años de su inicio. Parte I.

Mural de Diego Rivera en el Palacio Nacional.

Pocas grandes revoluciones tuvieron, como la mexicana, tan pautada su fecha de inicio. El 20 de noviembre de 1910 se sucedieron levantamientos en distintas regiones del país, respondiendo al llamado de Francisco Madero de rebelarse contra el gobierno de Porfirio Díaz, que llevaba casi 35 años en el poder. Cuatro años después, por la dinámica misma de la intervención de las masas, cuatro gobiernos habían caído y los ejércitos de los campesinos revolucionarios se aprestaban a ingresar triunfantes en la capital. La Revolución Mexicana fue una imponente ola de rebelión social que barrió cuanta resistencia se puso en su camino. Las enseñanzas que ofrece a los revolucionarios de América Latina y del mundo son muy vastas; trataremos de apuntar algunas conclusiones en esta serie de artículos.

Esa dinámica que cobró la Revolución Mexicana es una expresión de las fuerzas sociales que actuaron ante el estallido del régimen porfirista. Sus protagonistas principales fueron las masas campesinas, y sus dirigentes, que condensaron no solo el descontento tras décadas de saqueo de sus tierras, no solo la descomposición del inamovible gobierno de Díaz, sino además las inconfundibles tendencias revolucionarias que recorrían por entonces todos los continentes. Son los años de la primera revolución rusa de 1905 y la revolución china de 1911, de la irrupción de las huelgas generales en Europa y el auge del sindicalismo combativo de los Industrial Workers of the World en Estados Unidos, o en Argentina de la Semana Roja de 1909 y las huelgas del centenario.

Aun cuando esto era difuso en la comprensión de quienes empuñaron las armas en esta guerra civil que se extendería por una década, estas actuaron en sintonía con una situación internacional caracterizada entonces por Lenin como de crisis, guerras y revoluciones, por el ingreso a la época de declinación histórica del capital como régimen social. Es decir, a la época de la revolución socialista.

Es esa dinámica interna de la revolución lo que merece una atención especial, porque permite una vez más identificar el empuje incontenible de lo que Trotsky definió como la revolución permanente. Si fueron las contradicciones del desarrollo del capitalismo mexicano las que terminaron por estallar en 1910, empezando por el cuasi feudal entramado de las haciendas de los terratenientes que explotaban a la masa campesina del país y siguiendo por la temprana injerencia del imperialismo yanqui, muy pronto se volvió evidente que la fuerza motora del alzamiento revolucionario no podía detenerse en los límites de la propiedad privada capitalista a pesar de que ninguno de los programas que se formularon trazaba el socialismo como meta.

Más aún, quedó en evidencia también que el campesinado que hizo la revolución no podía volver atrás la rueda de la historia, hacia una sociedad precapitalista, y por lo tanto esta guerra campesina se diferenció esencialmente de todas las anteriores. Tal vez lo que mejor ilustra esta combinación de clases y etapas históricas es que los campesinos en armas expandieron la revolución sobre las vías del tren, símbolo de la penetración capitalista. Nunca llegaría tan lejos una clase campesina en la sublevación de todo un país, pero a su vez nunca se evidenciaría con tal nitidez sus propias limitaciones de clase, o -dicho de otra forma- la encerrona de la ausencia de una intervención independiente de la clase obrera con su fuerza social y su programa de reorganización social ante la crisis histórica del capitalismo.

Desarrollo desigual y combinado

El llamado de Madero a alzarse en armas contra el gobierno de Porfirio Díaz aquel 20 de noviembre de 1910 fue la condensación simbólica de una ruptura muy profunda en el régimen que imperaba desde 1876, el cual había sentado las bases de un desarrollo burgués en México, realizando en buena medida las tareas de la acumulación originaria de la producción capitalista. La más importante era crear un mercado de tierras.

Allí radicó el centro de las transformaciones que atravesaría la nación. El ascenso del liberalismo burgués de Benito Juárez enfrentó de inmediato al primer terrateniente del país, que era la Iglesia. En 1856 se dictó la ley de desamortización que prohibí a las entidades religiosas tener bienes raíces y las obligaba a venderlas a sus arrendatarios, o finalmente a cualquiera que las denunciase. La guerra de la Reforma que se inició desde la sanción de la Constitución del año siguiente llevó a la ley de nacionalización de los bienes de la Iglesia en 1859, que incluía su separación definitiva del Estado. Pero de este proceso no surgió ninguna clase de pequeños propietario agrícolas, sino una de grandes latifundistas que se valieron de esas leyes para expropiar a los pueblos campesinos. Ese rumbo siguió luego en el gobierno de Porfirio Díaz, con sus “compañías deslindadoras” y las leyes de colonización, mediante las cuales los terratenientes se apropiaron de un cuarto de las tierras del país, incluidas las guerras de exterminio contra los yaquis en Sonora o contra los mayas de la península de Yucatán.

Como analiza Adolfo Gilly, los campesinos sufrían este proceso de acumulación como un despojo de sus tierras y una destrucción de sus relaciones comunitarias y sus tradiciones, de su identidad social. Resistieron a ello tanto en su carácter de campesinos despojados como de trabajador asalariado, en su doble carácter combinado. “Y la antigua materia de las guerras campesinas, la resistencia a la penetración brutal del capitalismo, se combinó con la nueva materia de las luchas obreras, la resistencia a la explotación asalariada. De esa combinación única, nacida de un proceso también combinado en forma específica y única, nacieron la explosividad, el dinamismo y la duración extraordinarios del movimiento de masas de la revolución mexicana”[1].

Las relaciones productivas que surgieron de ello combinaban así la agricultura capitalista con rasgos cuasi feudales, ya que el peón “acasillado” debía trabajar para las haciendas ganaderas, azucareras, henequeneras o algodoneras de manera obligada, abastecerse en sus tiendas de raya, y en gran medida conservaban parcelas de tierras para que los terratenientes o tuvieran que sostenerlos en las estaciones de menor actividad.

Ese desarrollo estuvo condicionado desde el principio, a su vez, por el joven imperialismo yanqui, que en 1847 invadió y se apropió de la mitad del territorio nacional. Esa presencia se sumaba a la dominación del todavía ascendente imperialismo inglés sobre América Latina; y hasta las ambiciones del emperador francés Napoleón III, que intentó convertir a México en una colonia y nombró como mandatario a Maximiliano de Habsburgo, el cual fue finalmente fusilado en 1867.

Pero lo más determinante sería el rol preponderante del capital extranjero en la conformación de la economía mexicana, empezando por el trazado de las líneas ferroviarias dirigidas a guiar la producción hacia el mercado mundial. Durante el porfiriato se colocaron casi la totalidad de las líneas ferroviarias que surcan el país, con casi 20.000 kilómetros de vías. Los ferrocarriles serían la principal área de inversión de capital, seguidos por la minería, los bancos, la industria, el petróleo y la electricidad, con una preponderancia del capital imperialista de cuatro a uno sobre una raquítica burguesía autóctona –casi la mitad correspondía a empresas norteamericanas.

La crisis del régimen porfirista y el inicio de la revolución

Esta acumulación capitalista hipertrofiada –por la pervivencia de estructuras agrarias precapitalistas y la preponderancia del capital extranjero- acarrearía contradicciones irresolubles en materia de las expectativas de las distintas clases sociales. La crisis capitalista de 1907 impactó de lleno en la economía de México, agudizando una crisis de la transición política en marcha por el cambio de la fisonomía del país hacia una nueva fase del capitalismo mexicano. Un nuevo sector de la burguesía industrial ascendía y reclamaba su lugar. La facción burguesa que representaba Madero se apoyaba en las aspiraciones democráticas de la pequeña burguesía que había crecido en las ciudades. Los choques al interior de la clase dominante empalmaron con el descontento de las masas explotadas, cuyo principal anhelo era recuperar las tierras que les habían sido arrebatadas durante el último medio siglo.

Se desataron grandes huelgas obreras que quebraron la estabilidad aparente de la dictadura de Porfirio Díaz, como la de más 5.000 mineros en el norte de Sonora en junio de 1906, y la de los textiles que reclamaban en distintos puntos del país su derecho a la organización sindical; de allí salieron los primeros mártires obreros, tras las brutales represiones y fusilamientos de dirigentes ejecutados por el Ejército Federal. Luego vendrían en 1908 los frutados levantamientos impulsados por Ricardo Flores Magón, con un programa nacionalista democrático que más tarde evolucionaría a un anarquismo revolucionario. Eran los preanuncios de la revolución.

En junio de 1910 Porfirio Díaz era reelecto mientras estaba preso el candidato opositor, Madero, quien luego se exilió en los Estados Unidos. El hecho de que la señal de largada de la revolución haya sido dada por un representante de la oposición burguesa no es casual, sino que revela la dinámica de un proceso que inició como una revolución democrático-burguesa que recurría a las masas para derrotar al viejo régimen porfirista. Pero rápidamente se chocó con que no podía resolver los dos problemas centrales que tenía planteados: el de la tierra y el de la independencia nacional. De ahí que el proceso siguiera por el impulso inconsciente pero imparable de la lógica de la revolución permanente.

Es que el corazón de la revolución palpitaba en las profundidades de los pueblos campesinos, expropiados y explotados por los hacendados. Del estado de Morelos que era la tercera región productora de azúcar para el mercado mundial, y de las grandes haciendas ganaderas del norte del país, emergerían los dos torrentes revolucionarios: el Ejército Libertador del Sur liderado por Emiliano Zapata, y la División del Norte comandada por Francisco Villa. Ambas expresaron el ascenso de las masas campesinas, y mientras durara ese impulso su avance sería incontenible.

Es lo que veremos en la próxima entrega.

[1] Gilly, Adolfo; “La guerra de clases en la revolución mexicana (revolución permanente y auto-organización de las masas)” en Interpretaciones de la Revolución Mexicana. Editorial Nueva Imagen, Ciudad de México, 1994.