24/07/2008 | 1047

Las 2.000 palabras del verano en Praga

Por Redacción Equipo Cuarenta Aniversario

El régimen stalinista checoeslovaco enfrentaba desde 1967 una creciente movilización de la juventud y la intelectualidad. En enero de 1968 tiene que renunciar a la jefatura del PC el viejo represor Antonin Novotny y asciende Alexander Dubceck, al frente de los “renovadores”. La crisis por “arriba” se combina con el impulso popular de un enorme movimiento desde “abajo”. Estalla “la Primavera de Praga”.1

Todo el mundo delibera, se impone una amplia libertad de expresión, caen los antiguos burócratas. En marzo y abril se generalizan las asambleas en los lugares de trabajo y se eligen nuevos líderes. Todo el mundo delibera, se impone una amplia libertad de expresión, caen los antiguos burócratas. En marzo y abril
se generalizan las asambleas en los lugares de trabajo y se eligen nuevos líderes.

En los últimos días de mayo se reúne el Comité Central del PC checoslovaco. Decide convocar rápidamente al XIV Congreso para el mes de septiembre. Su cometido sería terminar de liquidar a los viejos elementos del ala conservadora. La iniciativa, sin embargo, no cuenta con el apoyo de Dubcek, que se muestra vacilante. Acababa de llegar de Moscú. Pensaba que se podía romper el precario acuerdo con el sector conservador y frustrar sus promesas a los capitostes del Kremlin de contener el movimiento anti burocrático de las masas.(2) En junio, concluida la reunión del CC, la movilización tiende a distenderse.

La eliminación de la censura, el aumento salarial de emergencia otorgado a los trabajadores y el anuncio de que se estudiaría la creación de consejos obreros por empresa son conquistas importantes que «contribuyen a cierta desmovilización».(3)

Ante la proximidad del verano, los más activistas temen que la calma se transforme en reflujo. Es cuando toman la iniciativa de redactar lo que pasará a la historia como el «Manifiesto de las 2000 palabras». Será divulgado el 27 de junio con un centenar de firmas de personalidades pertenecientes a diferentes sectores de la sociedad checoeslovaca -artistas, actores, profesores, dirigentes obreros, deportistas- y reproducido en los días siguientes en las principales publicaciones del país.

El Manifiesto declara su apoyo al «Programa de acción» de los renovadores, que plantea una perspectiva restauracionista(4) aunque, al mismo tiempo, llama a defenestrar sin miramientos a los conservadores y a defender la libertad de expresión. Es un llamado a la acción; para acabar «con los que se abusaron del poder y se comportaron de manera deshonesta y brutal». Apela a todos los medios posibles: «Críticas públicas, adopción de resoluciones, manifiestos, huelgas» y al desarrollo de una organización propia: «Establezcamos comités para la defensa de la libertad de expresión y nuestros propios organismos de seguridad para proteger nuestras asambleas… desenmascaremos a los espías…».

«Moderado en su forma y su contenido, el Manifiesto de las dos mil palabras es, sin embargo, un texto revolucionario (porque) por primera vez plantea el problema del poder, de la organización independiente de las masas en lucha contra el aparato (stalinista)».(5) La expresión «moderado», que utiliza Broue, escamotea el contenido social del llamado, que es el restablecimiento de la democracia formal, es decir burguesa, cuya base es la propiedad privada. El documento es conocido el último día de las maniobras de las tropas del Pacto de Varsovia en territorio checoslovaco y tres días antes de la apertura de las conferencias distritales del partido para su congreso.

La burocracia delibera

La reacción de los conservadores es inmediata. Reclaman que se tomen medidas punitivas contra los autores del Manifiesto y que se prohíba su difusión, y que el petitorio retome el control de los medios de comunicación, inclusive por la fuerza, contra la voluntad de sus trabajadores y periodistas. El ala renovadora de la burocracia rechaza este extremo pero admite que la dirección partidaria emita una declaración condenando al Manifiesto que, «debido a la situación interior y exterior, coloca en peligro al conjunto del proceso de democratización».

La cúpula del partido, con los renovadores a la cabeza, asegura que está decidida a utilizar «todos los medios disponibles» para mantener el orden público. La burocracia soviética, que teme por sobre todas las cosas que las masas intervengan en las disputas por el control del partido, posterga la salida de las tropas de los «países socialistas amigos», que venían de desarrollar ejercicios de «rutina».

El comando del Pacto de Varsovia inicia una serie de conversaciones con las autoridades polacas para lograr un arreglo. Como parte de este tortuoso proceso, se informa que a mediados de mes se reunirán los representantes del Pacto en la capital de Polonia. El gobierno afirma que no concurrirá; el cónclave se concretará igual a mediados de julio con representantes de Alemania Oriental, Polonia, Bulgaria, Hungría y la Unión Soviética.

Las opiniones no son unánimes. El presidente de la URSS, Alexei Kosigyn, lidera un ala proclive a sostener la labor de los «reformistas» checoeslovacos. Brezhnev, secretario general del PCUS, propone una línea intermedia ante otros sectores del PC soviético que reclaman una invasión militar directa. Los burócratas de los países intermedios temen el efecto contagio. Otras voces se levantan para señalar que una eventual invasión amenazaría la relación con los otros partidos comunistas, llamados a una conferencia mundial en Moscú para noviembre.

Se llega finalmente a un compromiso: una carta firmada por todos los miembros del Pacto de Varsovia reclama medidas que liquiden la movilización contra la burocracia, reimplante la censura, proscriba a los grupos «contrarrevolucionarios» y mantenga el «orden». La dirección del PC checoeslovaco hará pública la carta, rechazando las imputaciones de «descontrol». Al mismo tiempo se desarrollaban las reuniones distritales para elegir los delegados al congreso de septiembre del Partido Comunista. Los representantes de los conservadores son literalmente barridos: hay muchas caras nuevas entre los delegados: 17% son obreros y apenas 21% funcionarios (en congresos previos constituían la totalidad de las delegaciones).

Confusión

El Comité Central del PCUS se reúne en esos días de julio, es uno de los momentos de máxima tensión, para tratar con exclusividad la situación checoeslovaca. Luego de la respuesta del PC polaco, votada por todas las alas del partido, la cúpula del Kremlin tiene que admitir que un golpe de mano interno es inviable. «Tiene que decidir entre convivir con el liderazgo de Dubcek, intentando influir en los acontecimientos checoeslovacos por medios políticos y económicos (como en Polonia en 1956) o plantear una alternativa de aplastamiento militar (como en Hungría en ese mismo año)».(6) La cúpula burocrática vacila «llena de confusiones y dudas».(7)

En este clima se plantea un viraje: luego de haber rechazado la propuesta de una reunión bilateral entre los dirigentes de ambos países en Checoeslovaquia, la cúpula soviética vuelve atrás y el 22 de julio acepta concretar la reunión. Se realiza una semana después, el 29 de julio en Cierna-nad-Tisou, un pequeño pueblo eslovaco en la frontera entre ambos países.

La «cumbre » finaliza el 2 de agosto con una convocatoria para el día siguiente, esta vez a los seis miembros del Pacto de Varsovia (URSS, Alemania del Este, Polonia, Bulgaria, Hungría y Checoslovaquia) para encontrarse en Bratislava (capital de Eslovaquia). Esa misma noche del 2 de agosto, Dubcek pronuncia un discurso radial expresando su alegría por el éxito de las conversaciones y asegura al pueblo checoslovaco que su soberanía como nación no se ve amenazada, que para ello las buenas relaciones con la Unión Soviética son esenciales. El clima explosivo reinante se afloja y la nueva situación se presenta como una victoria del pueblo checoeslovaco…

Menos de veinte días después los tanques rusos entrarán en Praga.

 

 

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