19/10/2020

Mariano Ferreyra: del compañero a la bandera

Vivencia de las compañeras de Mariano.

El asesinato de Mariano Ferreyra impactó fuertemente en la juventud en general y en la militancia del Partido Obrero en particular. Mariano, nuestro compañero, “El jefe”,  fue asesinado brutalmente por la burocracia sindical.

Con Mariano militábamos todos los días, nos juntábamos a tomar unas cervezas y comer una pizza, compartimos enojos, discusiones, nos lo cruzábamos en las marchas y en la facultad. Algo de lo cotidiano hacía imposible imaginar su muerte. Pero no es solo lo cotidiano, hasta ese momento ninguna de nosotras sabíamos cuáles eran los costos de militar en un partido revolucionario.

La generación de nuestros padres, y de quienes eran los responsables dentro del Partido pocos años antes de la muerte de Mariano, ha sido la que militó en la clandestinidad, que se organizó en medio de una dictadura militar, muchos de ellos exiliados, desterrados de sus afectos, sabiendo que sus pares eran “desaparecidos” y asesinados por el terrorismo de Estado.

La marca de les 30.000 desaparecides queda en sus memorias y resuena en nosotres, quienes con orgullo, bronca y dolor nos movilizamos todos los 24 de marzo exigiendo Nunca Más, Memoria, Verdad y Justicia. 34 años pasaron de la dictadura y nuestro partido tuvo nuevamente otro asesinato político, pero en este caso en el gobierno de los “derechos humanos”.

Habíamos pasado represiones en las asambleas universitarias de la UBA, alguna que otra corrida en el Encuentro Nacional de Mujeres, pero jamás pensamos que nuestra lucha podía costarnos la vida.

Como jóvenes, hijos del Argentinazo, marcados por la desaparición de Luciano Arruga y la masacre de Cromañón, denunciábamos al Estado y le temíamos a la policía. No cabía como idea posible que una patota descompuesta pudiese reprimirnos y quitarnos la vida.

Inmediatamente después de la emboscada criminal sufrida el 20 de octubre nos dirigimos a Callao y Corrientes, con el dolor de saber que habíamos perdido un compañero. Un grupo se dirigió hacia el Hospital Argerich, donde también estaba internada Elsa. No habían pasado 24 horas del asesinato de Mariano y nos encontrábamos empapelando las universidades con afiche improvisados.

Pasábamos por los cursos llamando al levantamiento de las clases como repudio al asesinato de nuestro compañero e impulsando inmediatamente la campaña por el juicio y castigo a los responsables del crimen. ¿En qué momento nos detuvimos pensar en que el pibe con el cual habíamos estado tomando mate hacía unas horas, ahora era nuestra consigna militante? Todavía no había tiempo para esa pregunta.

Siguieron días de enérgica militancia, asambleas masivas, movilizaciones, elecciones universitarias, ¡éramos imparables! El asesinato de Mariano comenzaba a procesarse pero como motor de lucha y organización. Llorábamos, ¿de bronca? ¿de dolor? ¿de alegría por las conquistas? En todo ello veíamos a Mariano y se lo adjudicábamos a él.

Pasamos a ser sus voceros y lo hacíamos con orgullo. Nos emocionábamos (y seguimos haciéndolo) al hablar de él, del 20 de octubre, de sus ideales. Contradictoriamente, en el afán de honrarlo, fuimos alejándonos de su recuerdo como par, abonando a la construcción de un ideal.

Un festival con más de 60 mil personas colmó Plaza de Mayo pidiendo juicio y castigo a sus asesinos, movilizaciones masivas, miles de pronunciamientos de sindicatos, artistas reconocidos, figuras públicas. Ocho de meses de un juicio que conmocionó a toda la Argentina. La figura de Mariano se constituía cada vez más como una bandera para toda la juventud.

Mariano era un militante, “como vos, como yo”, era uno más. Uno que se destacaba por su compromiso, por su formación. Uno de los que admirábamos como compañero y como amigo. Su configuración como bandera fue un paso necesario, también para nosotres. Fue parte de la elaboración de un duelo que continúa incluso ahora mientras escribimos estas palabras.

La muerte de Mariano significó mucho más que la muerte de un compañero, de un amigo. Significó un proceso de maduración en nuestra militancia, que nos obligó a confrontarnos con la burocracia y con el Estado; y a repensar al partido y a nosotres mismos.

A 10 años de su asesinato, entendemos que la mejor forma de honrarlo es defender la militancia como parte de la vida y no como un camino hacia la muerte.

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