28/08/2020

Teoría del derrumbe y estrategia política

Un legado imprescindible a 80 años del asesinato de León Trotsky

Es claro que son innumerables los aportes realizados por León Trotsky y la vigencia y la actualidad de todo su legado. En esta ocasión en particular, nos interesa reivindicar un aporte fundamental e imprescindible que en los últimos años ha sido motivo de una intensa polémica, que puso de manifiesto la existencia de fuertes tendencias revisionistas al interior del movimiento trotskista.Se trata del concepto desenvuelto por León Trotsky en el III Congreso de la Internacional Comunista en 1921. Nos referimos a la unidad dialéctica entre el ingreso del capitalismo a su fase de declinación histórica y de crisis recurrentes cada vez más profundas, por un lado, y el perfeccionamiento, por el otro, de las aptitudes de la burguesía para articular una clara y premeditada estrategia contrarrevolucionaria, a través de ofensivas anti-obreras, acuerdos y tácticas políticas e incluso maniobras para persuadir a sectores de las masas, con el objetivo de perpetuarse como clase dominante.

El desarrollo de esta contradicción fue el eje del discurso de León Trotsky en el III Congreso de la Internacional Comunista (IC), que luego fuera transcripto y plasmado en el folleto titulado Una escuela de estrategia revolucionaria. En aquel discurso, Trotsky sintetizó el concepto de la siguiente manera: “El período que Europa y el mundo entero atraviesan en este momento, por un lado, es el de la descomposición de las fuerzas productivas de la sociedad burguesa, mientras que, por otra parte, es el del desarrollo más alto de la estrategia contrarrevolucionaria burguesa. Es necesario comprenderlo claramente. Jamás la estrategia contrarrevolucionaria, es decir el arte de la lucha combinada contra el proletariado, tuvo la ayuda de todos los métodos posibles, desde los sermones dulzones de los curas y de los profesores hasta el fusilamiento de los huelguistas por las ametralladoras, alcanzó la altura de hoy” (1).

En su intervención, Trotsky dedicaba toda su primer parte a desarrollar “las premisas materiales de la revolución”, es decir, a demostrar que las condiciones objetivas para la lucha por el socialismo estaban maduras. El ingreso del capitalismo a su fase imperialista, con la emergencia del capital financiero, el proceso de exportación de capitales y el surgimiento de los grandes monopolios, con el gigantesco desarrollo burocrático y militar de las principales potencias capitalistas y el estallido de la Primera Guerra Mundial, y con la victoria del Octubre ruso y el desarrollo de numerosos procesos revolucionarios, daban cuenta del arribo del régimen capitalista a su período de declinación histórica. Se consumaba, de esta manera, la tesis fundamental sintetizada por Marx en el prólogo a su Contribución a la crítica de la economía política, en donde se señala que en tanto y en cuanto las relaciones sociales de producción existentes dejan de ser un factor de impulso para el desarrollo de las fuerzas productivas y pasan a ser una trabas de ellas, se abre una época de revolución social.

Trotsky citaba en Una escuela de estrategia revolucionaria una frase del famoso prólogo de Marx: “Ninguna formación social desaparece antes de que se desarrollen todas las fuerzas productivas que caben dentro de ella, y jamás aparecen nuevas y más elevadas relaciones de producción antes de que las condiciones materiales para su existencia hayan madurado dentro de la propia sociedad antigua”. Y reforzaba el concepto señalando que “esta crisis marca hoy la ruina y el desastre de las fuerzas productoras de la sociedad burguesa. Acaso concurran todavía ciertos altibajos; pero, en general, como expuse a los camaradas en la misma sala hace mes y medio, la curva del desarrollo económico tiende, a través de todas sus oscilaciones, hacia abajo, y no hacia arriba” (2).

No es casual el punto de partida elegido por Trotsky en aquel discurso. Pues el reconocimiento de la tendencia inmanente del capital a su autodisolución es lo que despoja a la lucha por el socialismo de un contenido moralista o meramente romántico y le otorga una base material científica y una viabilidad histórica. La teoría del derrumbe o del colapso es, en definitiva, el punto de partida para el desarrollo de una política verdaderamente revolucionaria.

Sin embargo, a renglón seguido, Trotsky llamaba la atención del auditorio del III Congreso de la IC y el eje de su intervención pasaba a concentrarse en la polémica fundamental de aquel Congreso. Luego de reafirmar su adhesión a la teoría del derrumbe, Trotsky se introducía directamente en la polémica a través de una pregunta retórica “¿quiere decir esto que el fin de la burguesía llegará automática y mecánicamente? De ningún modo. La burguesía es una clase viva que ha retoñado sobre determinadas bases económico-productivas. Esta clase no es un producto pasivo del desarrollo económico, sino una fuerza histórica, activa y enérgica”(3).

La reflexión de Trotsky en torno a la burguesía como una “fuerza histórica, activa y enérgica” que es capaz de desarrollar “el arte de la lucha combinada contra el proletariado” apuntaba a llamar la atención del movimiento comunista en torno a las dificultades de la lucha emprendida. La existencia de una fría y calculada estrategia contrarrevolucionaria de la burguesía, más aún en los momentos de mayor profundidad de la crisis capitalista, obligaba a los revolucionarios a refinar su propia estrategia revolucionaria, es decir su propio “arte de la lucha combinada” contra el capital y su Estado. Fue así que surgió, en aquel Congreso, la táctica del frente único proletario, como un arma fundamental del comunismo para conquistar un ascendiente mayoritario entre la clase obrera. A su vez, en las Tesis sobre las tácticas aprobadas en el III Congreso, se señalaba la importancia de la lucha por las reivindicaciones parciales, planteando que “en lugar del programa mínimo de los reformistas y centristas, la IC plantea la lucha por las necesidades concretas del proletariado, por un sistema de reivindicaciones que en su conjunto destruyan el poder de la burguesía, organicen al proletariado y constituyan las etapas de la lucha por la dictadura del proletariado” (4). Se sentaba así el concepto fundamental sobre el que se basaría el Programa de Transición elaborado por León Trotsky 17 años después.

Todos estos aspectos de la estrategia y la táctica revolucionaria desarrollados en el III Congreso apuntaban a armar políticamente a los partidos comunistas. La liviandad con la que los enviados del Comité Ejecutivo de la IC habían abordado los problemas de estrategia política en el proceso alemán derivó en la catastrófica “acción de marzo” de 1921 y abrió una crisis al interior del Partido Comunista de ese país. Era necesario tomar conciencia de los obstáculos que enfrentaba el comunismo para hacerse de la dirección de la mayoría aplastante del proletariado y consumar la toma del poder político. La batalla política librada por Trotsky y Lenin en aquel III Congreso de la IC, apuntaba a terminar con los desvíos ultraizquierdistas, que habían empujado, nada más y nada menos que al PC alemán a protagonizar un putsch que lo llevó a enfrentarse con un sector mayoritario del proletariado, aún no ganado a la causa revolucionaria.

Negación de la teoría del derrumbe

Las tendencias a revisar la teoría del colapso de Marx tuvieron lugar entre numerosos teóricos del marxismo e incluso en la propia Unión Soviética. La tendencia revisionista, sin embargo, había surgido antes, a principios de siglo XX, en el seno de la socialdemocracia. El cuestionamiento de la teoría del colapso vino de la mano de Bernstein y fue el punto de partida de una política revisionista que llevaba a la conclusión lógica de que la superación del capitalismo se procesaría por la vía de reformas sucesivas en los marcos de la democracia capitalista, y no por la vía de la acción revolucionaria del proletariado contra el capital y su Estado. La Primera Guerra y la revolución de Octubre, y más en general todo el posterior desarrollo catastrófico del siglo XX, constituyeron un revés ilevantable para la tesis bernsteiniana. Es necesario tener en cuenta, sin embargo, que el revisionismo surgido en la socialdemocracia se producía en momentos donde la civilización capitalista se encontraba en su etapa culminante, en la víspera de su ingreso a su fase imperialista.

En cambio, el revisionismo en la URSS surgió como respuesta al coyuntural repunte económico posterior a la crisis económica de 1920-21. A pocos años de concluido el III Congreso de la IC, el economista soviético Kondratiev desarrolló la teoría de los “ciclos largos y los ciclos cortos”. Planteaba que los ciclos de boom y crisis del capital, que son inherentes al metabolismo de desarrollo del capitalismo y duran entre 7 y 10 años, planteados y explicados por el propio Marx, se reagrupaban a su vez al interior de “ciclos largos” u “ondas largas”, de un promedio de 50 años de duración, con su propia fase ascendente y descendente. De esta manera, una gran crisis era el inicio de un largo período de relativa estabilidad. La “teoría de la estabilidad” de Kondratiev representaba el cuestionamiento de raíz de la caracterización del ingreso del capitalismo a su fase de declinación histórica. En una carta de 1923 dirigida a Kondratiev, titulada «La curva del desarrollo capitalista», Trotsky emprende tempranamente una defensa de la teoría del colapso contra la teoría de las “ciclos largos y los ciclos cortos”, planteando que “Épocas enteras de desarrollo capitalista existen cuando un cierto número de ciclos están caracterizados por auges agudamente delineados y crisis débiles y de corta vida. Como resultado, obtenemos un agudo movimiento ascendente de la curva básica del desarrollo capitalista. Obtenemos épocas de estancamiento cuando esta curva, aunque pasando a través de parciales oscilaciones cíclicas, permanece aproximadamente en el mismo nivel durante décadas. Y finalmente, durante ciertos períodos históricos, la curva básica, aunque pasando como siempre a través de oscilaciones cíclicas, se inclina hacia abajo en su conjunto, señalando la declinación de las fuerzas productivas” (5). Finalmente, el crack del 1929 y la Gran Depresión de los años 30, el fracaso de los New Deal y la Segunda Guerra Mundial, vinieron a confirmar los pronósticos catastrofistas de León Trotsky.

Quien muchos años después pretendió compatibilizar el planteo de las “ondas largas” con el pensamiento de Trotsky fue Ernest Mandel, dirigente del Secretariado Unificado (SU) de la IV Internacional hasta su muerte (1995), a través de su libro El capitalismo tardío. Pero la compatibilización de la teoría del equilibrio con la teoría del derrumbe “es lógicamente imposible”, como bien señaló Richard Day en su artículo «La teoría de las ondas largas: Kondratiev, Trotsky, Mandel» (6). El revisionismo de Mandel se encontraba determinado por la contención que se le había impuesto a diversos procesos revolucionarios una vez concluida la Segunda Guerra Mundial, y que se había logrado por la acción del imperialismo y la colaboración estratégica del estalinismo. En 1953, en el III Congreso Mundial de la IV Internacional, Michel Pablo, con la colaboración del propio Mandel, había logrado imponer sus tesis, que establecían la teoría de los “bloques” (países capitalistas vs. países bajo el dominio estalinista), que pasaba por alto los antagonismos de clase y que significaban en lo práctico la disolución política de los partidos de la IV en los partidos estalinistas o nacionalistas. Más tarde, la elaboración de la teoría de las “ondas largas” ofició como el sustento teórico de toda la orientación política de adaptación que había orientado a la IV Internacional luego de la muerte de Trotsky.

En su extenso artículo, Richard Day concluía que “O el capitalismo se desarrolla de acuerdo con un patrón evolutivo suave, en cuyo caso se puede hablar de ondas. O, alternativamente, la teoría de las ondas sólo mistifica el desarrollo desigual del capitalismo, como sostenía Trotsky. Ninguna cantidad de sutileza puede superar el hecho básico de que, en opinión de Trotsky, las ondas largas, o los ciclos largos, eran incompatibles con una periodización marxista de la historia del capitalismo” (7). Pablo Rieznik, en su artículo «Catastrofismo, forma y contenido» (8), y Pablo Heller, en su libro Capitalismo Zombi (9), retoman el debate y profundizan en torno a las contradicciones y limitaciones insalvables de Mandel y su intento de conciliar las “ondas largas” de Kondratriev y el catastrofismo de Trotsky.

El planteo revisionista de Mandel frente a la teoría del derrumbe es lo que explica también su cuestionamiento a la famosa afirmación de Trotsky en el Programa de Transición de 1938, que reza “Las fuerzas productivas de la humanidad han cesado de crecer. Las nuevas invenciones y los nuevos progresos técnicos no conducen a un acrecentamiento de la riqueza material” (10). Numerosas fuerzas que se reclaman del trotskismo, aunque en muchos casos ubicadas a la izquierda del mandelismo, han hecho propio sus planteos anticatastrofistas. Sin ir más lejos, el Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS), tiene una larga literatura de oposición al catastrofismo en polémica con el PO y su dirigente Christian Castillo viene de cuestionar, en una charla-debate por el 80 aniversario del asesinato de Trotsky organizada por el Frente de Izquierda y de Trabajadores – Unidad, la tesis catastrofista del Programa de Transición.

Con la disolución de la URSS y la restauración capitalista terminó por abrirse paso una profunda desmoralización de vastos sectores de la izquierda mundial. La confirmación de uno de los principales pronósticos históricos de Trotsky, el que anticipaba que de no triunfar las revoluciones política en los ex Estados obreros burocratizados la perspectiva planteada era la de la restauración capitalista, fue un retroceso concreto para la clase obrera internacional. Aunque siempre fue clara la imposibilidad de los ex Estados obreros de escapar de los marcos de la economía capitalista mundial, es evidente que el proceso restauracionista amplió geográfica y socialmente la dominación directa del capital y acentuó la competencia al interior de la clase obrera internacional. Este proceso fue un punto de apoyo fundamental de la burguesía mundial para declarar el fracaso definitivo del socialismo y el comunismo, el triunfo del capitalismo y proclamar el “fin de la historia”. Los partidos comunistas, que disimulaban su orientación capitalista enarbolando formalmente la defensa de la URSS, caracterizaron el proceso restauracionista como “la victoria del capitalismo frente al socialismo”. Ya antes, sin embargo, se habían volcado al eurocomunismo y a integrar gobiernos imperialistas. En las filas del trotskismo, el mandelismo y el morenismo pasaron a levantar la consigna “socialismo con democracia”. De conjunto, el retroceso concreto sufrido por el proletariado, en combinación con la profusa propaganda imperialista, empujó a la mayor parte de la izquierda, incluida gran parte de la que se reclamaba del trotskismo, a una mayor adaptación e integración política al sistema.

En este escenario, la reivindicación de la teoría del derrumbe representó un anclaje fundamental para la defensa de la perspectiva revolucionaria. La caracterización del Partido Obrero, de que la restauración capitalista en los ex Estados obreros lejos de ofrecer una larga vía de desarrollo y estabilidad para el capital planteaban, por el contrario, una agudización de todos los antagonismos precedentes, se vio confirmada por todo el desarrollo posterior. Una profusa literatura del Partido Obrero, que lo llevó a ser catalogado por propios y extraños como “catastrofista”, fue destinada a mostrar la actualidad de la teoría del derrumbe, claramente constatada con la bancarrota de 2007/08 y con la depresión de 2020, y a rebatir el revisionismo existente en las filas de la izquierda mundial.

 

Revisionistas de otro tipo

En el movimiento trotskista internacional, el Partido Obrero se destacó por liderar en las últimas tres décadas una intensa lucha teórica y política contra las fuerzas y tendencias revisionistas que cuestionan la teoría del derrumbe. Sin embargo, en los últimos años, ha surgido en el seno del Partido Obrero un revisionismo de otro tipo: el que asimila la teoría del derrumbe con una incapacidad absoluta de la burguesía para desenvolver iniciativas estratégicas. Los precursores de este nuevo revisionismo, Jorge Altamira y Marcelo Ramal, consideran que en la época de la declinación histórica del capitalismo todas las medidas adoptadas por la burguesía no son más que “manotazos de ahogados” ante la profundización de la crisis (11). Marcelo Ramal, llegó a afirmar que “El fascismo es un producto de la catástrofe capitalista, y no la ‘sagaz estrategia’ del capital para derrotar a las masas” (12). La confusión no podría ser mayor, pues se confunde la caracterización del período histórico con la estrategia política, que la burguesía tiende a ‘perfeccionar’ en los momentos de agudización de la crisis capitalista. Para los nuevos revisionistas, la burguesía no sería “una fuerza histórica, activa y enérgica” capaz de desenvolver en forma perspicaz la “lucha combinada contra el proletariado”, tal cual lo afirmara Trotsky en Una escuela de estrategia revolucionaria.

Esta nueva concepción, transformada en matriz teórica, es lo que los empujó a abandonar la lectura dialéctica del proceso histórico concreto para pasar a una lectura mecanicista. Así, las crisis capitalistas serían sinónimo de rebeliones populares, y las rebeliones populares sinónimo de iniciativa estratégica de la izquierda revolucionaria. Sin embargo, el desarrollo de la lucha de clases en América Latina en 2019 fue un mentís al mecanicismo revisionista. Esto, porque se puso en evidencia la posibilidad de acción política y estratégica de la burguesía, no solo en el marco de la bancarrota capitalista sino particularmente en un cuadro de ascenso de los movimientos de masas, como los que tuvieron lugar en Chile, Ecuador, y Puerto Rico. En esos proceso, quedó de manifiesto la audacia del capital para sostenerse en el poder, sea a través de un “acuerdo nacional” que incluyó a todos los partidos del régimen, incluida su extrema izquierda, como en Chile; sea a través de una concesión completamente parcial a las masas y estableciendo un principio de cooptación de la cúpula de la organización dirigente de la rebelión, como en Ecuador; o sea a través de un cambio gatopardista de las autoridades de gobierno, como en Puerto Rico. El golpe de Estado perpetrado en Bolivia, entre la burguesía boliviana y la derecha fachistoide de Santa Cruz de la Sierra, el imperialismo yanqui, el presidente brasilero Jair Bolsonaro y el expresidente argentino Mauricio Macri, fue una expresión clara y nítida del armado de una estrategia contrarrevolucionaria de la burguesía de alcance continental. Pues el golpe, no sólo venía a barrer del poder político al nacionalismo indigenista, con el objetivo de establecer un régimen de abierta sumisión a los preceptos imperialistas y de ofensiva directa contra las masas bolivianas, sino también apuntó a poner un coto a la ola de rebeliones populares desatadas en el subcontinente.

Es claro e irrefutable que la bancarrota capitalista y las rebeliones populares abren enormes posibilidades para el desarrollo de la izquierda revolucionaria. Pero es evidente que los grandes procesos de 2019 pusieron en evidencia la ausencia de una izquierda que cuente con una estrategia política revolucionaria y que, al mismo tiempo, cuente con una autoridad ganada entre la vanguardia del movimiento de masas. Fue lo que tempranamente anticipamos en los debates desarrollados al interior del Partido Obrero (13). La segunda ronda de rebeliones populares que se incuban en América Latina, mientras se desarrolla la rebelión popular en Norteamérica, le plantean a la izquierda revolucionaria un gigantesco desafío político. Sería un grosero error considerar, como lo hacen los nuevos revisionistas, que la izquierda debe dedicarse a menospreciar la capacidad de acción política de la burguesía. Por el contrario, la izquierda debe analizar y comprender la estrategia contrarrevolucionaria burguesa en toda sus dimensiones y en toda su magnitud, no para inhibir a la vanguardia obrera sino para colaborar con ella a que tome conciencia de la grandeza de los desafíos históricos planteados, que reclaman la elaboración de un programa y una estrategia obrera y socialista y la puesta en pie de partidos revolucionarios. Es a lo que apuntó el documento elaborado por el Partido Obrero junto a otras organizaciones latinoamericanas, y que fuera presentado en la Conferencia virtual latinoamericana y de los EEUU.

Así como la compresión de la capacidad estratégica de la burguesía llevó a León Trotsky y a la Internacional Comunista a la necesidad de perfeccionar la estrategia proletaria, desarrollando la táctica del frente único proletario y revalorizando la lucha por las necesidades concretas e inmediatas de la clase obrera, la negación de la capacidad estratégica de la burguesía lleva a su contrario. Es así que, la nueva organización fundada por Altamira y Ramal reniega del frente único, como lo expresa su oposición al Frente de Izquierda, su rechazo a la Conferencia latinoamericana y de los EE.UU. o al Plenario del Sindicalismo Combativo. Se sabe, sin embargo, que el ultraizquierdismo ha sido siempre, en nuestro país, la pantalla para operar una sigilosa adaptación al peronismo.

Es significativo que quienes pretendieron erigirse como “los guardianes” del catastrofismo, hayan pasado por alto a quien fuera, probablemente, el principal polemista y exponente del Partido Obrero en la defensa de la teoría de derrumbe: nuestro compañero Pablo Rieznik. Sucede que si hubieran recogido su legado, también hubieran tenido que ofrecer una respuesta a una contradicción flagrante. Los tres principales artículos teóricos de Rieznik, en polémica con los anti catastrofistas contemporáneos, titulados «En defensa del catastrofismo» (14), «Catastrofismo, forma y contenido» (15), «Equilibrios, desequilibrios y catástrofe capitalista» (16), tienen como una de sus fuentes basales a Una escuela de estrategia revolucionaria. Jorge Altamira y Marcelo Ramal hicieron propia la caricaturización del catastrofismo que los detractores de la teoría del derrumbe le achacaron históricamente al PO, y que Rieznik se encargó insistentemente de ‘descaricaturizar’ reivindicando la adhesión de nuestro partido a los conceptos de Trotsky volcados en Una escuela de estrategia revolucionaria. A saber, que la tendencia del capitalismo al colapso no equivale al inmediato fin del dominio del capital, pues la burguesía actúa y ha pulido y refinado enormemente sus estrategias contrarrevolucionarias. Ese fin vendrá de la mano de una acción consciente de la clase obrera, que encuentra en el derrumbe del capital el terreno fértil para ejecutar su misión histórica.

Conclusión

A 80 años del asesinato de León Trotsky y a 99 años de aquel III Congreso de la Internacional Comunista la obra de Trotsky guarda una actualidad inconmensurable. La nueva gran depresión a la que ha ingresado el capitalismo mundial en este 2020 le otorga una renovada actualidad a la caracterización trazada por Lenin, cuando sentenció el ingreso del mundo a “una época de guerras y revoluciones”.

En la historia, al igual que en la naturaleza, la podredumbre es el laboratorio de la vida. En ese laboratorio, los discursos y elaboraciones de Trotsky compilados en Una escuela de estrategia revolucionaria representan un legado imprescindible, que debe ser asimilado integralmente por el marxismo-leninismo-trotskismo de nuestro tiempo. Pues la superación de la crisis de dirección del proletariado es la condición sine qua non para transformar la descomposición del régimen capitalista en el preámbulo de la revolución socialista internacional.

  1) Trotsky, León: Una escuela de estrategia revolucionaria, Ed Del Siglo, Buenos Aires, 1973 2) Ídem. 3) Ídem. 4) Tesis, manifiestos y resoluciones adoptados por los Cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista, 2da Ed. digital Edicions Internacionals Sedov, Valencia, 2017. 5) Trotsky, León: Una escuela de estrategia revolucionaria, Ed Del Siglo, Buenos Aires, 1973 6) Day, Richard: La teoría de las ondas largas: Kondratiev, Trotsky, Mandel, New Left Review, 1976. 7) Ídem. 8) Rieznik, Pablo: Catastrofismo, forma y contenido, En Defensa del Marxismo nº 35, Ed Rumbos, Buenos Aires, 2008. 9) Heller, Pablo: Capitalismo Zombi, cap. 10, De “ondas” cortas y largas, Ed Biblos, Buenos Aires, 2016. 10) Trotsky, León: Programas del movimiento obrero y socialista, cap. La agonía del capitalismo y las tareas de la IV Internacional, Ed Rumbos, 2013. 11) Ramal, Marcelo: Respuesta a Pablo Giachello, En Defensa del Marxismo nº 53, Ed Rumbos, 2019. 12) Ramal, Marcelo: Mi respuesta a Eduardo Salas, pag. 194, En Defensa del Marxismo nº 53, Ed Rumbos, 2019. 13) Giachello, Pablo: Crítica a Panorama Mundial, En Defensa del Marxismo nº 53, Ed Rumbos, 2019. 14) Rieznik, Pablo: En defensa del catastrofismo, En Defensa del Marxismo nº 34, Ed Rumbos, 2006. 15) Rieznik, Pablo: Catastrofismo, forma y contenido, En Defensa del Marxismo nº 35, Ed Rumbos, 2008. 16) Rieznik, Pablo: Equilibrios, desequilibrios y catástrofe capitalista, En Defensa del Marxismo nº 36, Ed Rumbos, 2009.  

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