11/08/2020

Trotsky y su concepción de los sindicatos, desde la Argentina de hoy

En la enorme producción de literatura revolucionaria de Trotsky, los sindicatos ocupan una parte si se quiere pequeña, pero curiosamente el último artículo escrito antes de su asesinato por orden de Stalin fue sobre los sindicatos. El texto –Los sindicatos en la época de la decadencia imperialista– condensa varias reflexiones estratégicas sobre la cuestión que fue produciendo a lo largo de la década del 30, en el fragor de la lucha política de la Oposición de Izquierda, en distintas etapas de su exilio y en polémicas con el sindicalismo de la época. Contra la política ultraizquierdista del llamado Tercer Período de Stalin que desde el divisionismo en la clase obrera contribuyó al ascenso del nazismo, como a la completa burocratización y asimilación a la colaboración de clases del reformismo de la socialdemocracia y aún del anarquismo. A 80 años de su elaboración, la crisis capitalista mundial -que solo encuentra similitud por su alcance con la de aquella década- le ha dado renovada vigencia a sus caracterizaciones y consignas.

El trotskismo argentino ha popularizado un concepto fundamental en torno a los sindicatos: el de la burocracia sindical. En 1929, desde su exilio, en Constantinopla, Trotsky se refirió a las “monstruosas formas de burocratismo precisamente en los sindicatos… basta con ver lo que pasa en Norteamérica, Inglaterra y Alemania (para ver que) la Federación Sindical Internacional de la II Internacional es la más poderosa organización internacional de la burocracia sindical. Gracias a ella se mantiene en pie toda la estructura del capitalismo, sobre todo en Europa y especialmente en Inglaterra”. La II Internacional se había pasado con armas y bagajes al campo de la burguesía desde su votación de los créditos de guerra en 1914. Trotsky en ese mismo texto definirá que “la burocracia sindical es la columna vertebral del imperialismo británico”, refiriéndose al papel que los sindicatos jugaron en la asimilación del Partido Laborista al Estado, “traicionando la huelga general, haciendo la campaña electoral y luego sentándose en los ministerios”.

El concepto de “columna vertebral” del peronismo, que Perón reservó al llamado movimiento obrero organizado, es justamente el que Trotsky definió para la burocracia sindical de la II Internacional. Hoy esa burocracia sindical es una probada casta que ha defendido el régimen capitalista en la Argentina en las más diversas circunstancias históricas. Con Vandor en el apoyo a la dictadura de Onganía cuya jura contó con la presencia de la cúpula de la CGT siguiendo la orden de Perón “desensillar hasta que aclare”. Con Rucci en el pacto social de los 70 –Perón, Gelbard, Rucci- y el acompañamiento a los crímenes contra el activismo obrero de las Tres A, para enfrentar el período revolucionario abierto en el Cordobazo. Luego con una buena parte de ella integrando las comisiones asesoras de los interventores militares de Videla en los sindicatos. Más tarde, integrando el gabinete de Alfonsín para imponer la ley de asociaciones sindicales que nos rige hasta hoy. Ni hablar de su integración en la infame década menemista de flexibilización laboral o con el gobierno de Duhalde que intentó ahogar en sangre al movimiento de desocupados después del Argentinazo. El kirchnerismo no fue la excepción con la CGT Moyano como “columna vertebral del kirchnerismo”, lo que no impidió que el propio Moyano apoyara el ascenso del antiobrero gobierno Macri en el ocaso de Cristina Presidenta. Hoy la integración al gobierno de fondomonetarista de Alberto Fernández comprende a las diversas alas del sindicalismo de colaboración de clases. El régimen capitalista argentino y sus partidos no podrían gobernar sin esa columna vertebral del sistema que es la burocracia sindical. Trotsky advierte que para “arrancar el poder de manos de la burguesía, su principal agente, la burocracia sindical, debe ser derrocado.”

Frente único y partido

Para Trotsky los sindicatos son la forma más extendida del frente único de clase, son ellos mismos un gran frente único de clase y desde ese lugar defendió la participación de los revolucionarios en ellos en todas las circunstancia de la lucha de clases, aún las más adversas que se presentan cuando un régimen de tipo bonapartista o aún fascista los integra por completo al Estado y los transforma en un campo de persecución de los activistas.

Trotsky destaca que los bolcheviques “no solo permanecieron en los mismos sindicatos con los mencheviques, sino que en algunos toleraron una dirección menchevique aún después de la Revolución de Octubre, aunque los bolcheviques tenían una mayoría aplastante en los soviets”. Para él “sindicatos, cooperativas, soviets (y comités de fábrica)… son organizaciones que tienen sus propias tareas y métodos de trabajo, que son independientes dentro de ciertos límites”. Todas estas organizaciones “son un campo propicio para la educación revolucionaria de amplios sectores obreros”. Desde el momento que para los revolucionarios el interés general de la clase obrera no está nunca subordinado al interés del partido, la unidad de clase en la lucha contra el capital será un terreno de desarrollo de la vanguardia obrera.

Su planteo de frente único de clase más trascendente -en uno de los momentos más dramáticos de la historia moderna- fue el de unidad de la socialdemocracia alemana y el Partido Comunista para derrotar el ascenso del nazismo. Un frente único de los partidos y de los sindicatos enfrentando la política internacional de Stalin conocida como del “Tercer Período” o período ultraizquierdista que puso un signo igual entre la socialdemocracia y el hitlerismo, lo que contribuyó a la derrota de la clase obrera y al ascenso de Hitler. Trotsky advirtió certeramente que una vez realizada la tarea sucia de la división y el desarme de la clase obrera ante el nazismo, este arrasaría a la propia burocracia junto con las organizaciones obreras.

Para Trotsky la formación de fracciones comunistas dentro de los sindicatos es una tarea central. “Le decimos a los obreros no comunistas o anticomunistas: hoy todavía ustedes confían en los dirigentes que nosotros consideramos traidores. No les imponemos nuestros puntos de vista, queremos convencerlos, luchemos juntos y examinemos los resultados de esas luchas”. Así se opuso en general a la formación de sindicatos paralelos o “rojos” defendiendo militar en los sindicatos reformistas para ganar sus direcciones a una política revolucionaria (Escritos sobre Francia, «El Partido, los Sindicatos y el problema de la unidad obrera», 1931).

Para Trotsky “son los reformistas… constituidos en el ala izquierda de la burguesía imperialista… quienes dividen a los sindicatos”, algo que tiene una constatación patente en la experiencia que nos toca recorrer. Son las distintas alas de la burocracia sindical las que dividen una y otra vez al movimiento obrero argentino en función de intereses de camarillas ligadas a tales o cuales intereses o sectores de los partidos patronales o a formas diferentes de integración al Estado. La táctica del frente único es esencial para el progreso del clasismo que lucha por una nueva dirección de los sindicatos basada en la independencia política de las patronales y el Estado y en la democracia sindical. Será el clasismo el que concrete la verdadera función de los sindicatos de frente único de clase contra el capital.

Para Trotsky “un obrero comunista elegido por un comité de fábrica o en la dirección de un sindicato tiene más importancia que millares de miembros, reclutados aquí y allá que entran hoy al partido para dejarlo mañana”. Pero será opuesto por el vértice a cualquier conservadurismo propio de las direcciones sindicales. Para él el progreso del partido revolucionario está indisolublemente ligado a su papel en la lucha práctica de la clase obrera “los bolcheviques se pusieron a la cabeza de cuanta huelga se producía”, “antes de 1905” e incluso “antes de Octubre de 1917, cuando la prioridad era preservar energías para la toma del poder”, mientras “los mencheviques luchaban contra la ‘huelgomanía’” («La estrategia de las huelgas», 1932).

Plenario de Trabajadores Ocupados y Desocupados en el camping del Sutna en Pilar, septiembre 2019 Ph: Sergio Santillán

Unidad de ocupados y desocupados, huelga general

En la Alemania de la crisis de los años ’30 se reprodujeron como en todas partes del mundo millones de desocupados. Trotsky señalaba “los obreros que tienen trabajo no oponen resistencia a la baja de los salarios, porque tienen miedo de los desocupados. No hay nada de chocante en ello, cuando existen varios millones de desocupados, la huelga tradicional organizada por los sindicatos… está condenada cuando existe un antagonismo entre los ocupados y desocupados… lo que no excluye huelgas sectoriales”.

Para Trotsky “sin una amplia campaña contra la carestía de la vida, por la reducción de la semana laboral, contra la disminución de los salarios, sin la participación de los desocupados en esta lucha, sin la aplicación de la política de frente único, las pequeñas huelgas improvisadas nunca harán desembocar al movimiento en una lucha de conjunto”.

Y de inmediato se adentra en la cuestión de la “huelga general” que significa “perspectiva de lucha”. Trotsky en estas condiciones críticas advierte que los obreros no están inmunizados de la influencia de la derecha fascista, cuando el ejército de reserva alcanza tamaña magnitud: “pueden arrastrar no solo a la aristocracia obrera”, sino a las “capas de abajo, más impacientes y más desesperadas”. Para resaltar la necesidad de una reacción de conjunto “la huelga general ha aparecido siempre como un instrumento de lucha contra un Estado establecido… al paralizar el aparato del Estado, la huelga general, o alarmaba al poder o creaba las premisas para una solución revolucionaria del problema del poder”.

Cuando la crisis capitalista mundial y la depresión agravada por la pandemia toma el vértigo de catástrofe social y rebeliones populares, digamos a esta altura la enorme contribución de la fracción desocupada de la clase obrera argentina que puso en pie el movimiento piquetero. Al mismo tiempo la necesidad vital de unirlo a una estrategia común de ocupados y desocupados en un programa de lucha y de independencia de clase. La burguesía, que aprendió de las lecciones de la rebelión popular de 2001, ha montado un mecanismo de cooptación de las llamadas organizaciones sociales (Trío San Cayetano) paralelo y articulado con la cooptación de los sindicatos. El Polo Obrero y el Frente de Lucha Piquetero, integrados al Plenario Sindical Combativo, trazan un rumbo de unidad de clase y de lucha entre ocupados y desocupados que permiten la construcción de una vanguardia obrera con el norte de que la crisis la paguen los capitalistas y por una salida de los trabajadores. El Partido Obrero interviene con estas herramientas de frente único asimilando las lecciones del bolchevismo, pero en particular las enseñanzas de Trotsky en el período de revolución y contrarrevolución de los años ’30 que desembocaría a la postre en la Segunda Guerra Mundial.

Sobre la naturaleza de los sindicatos

En marzo de 1933, los bolcheviques leninistas de la Oposición de Izquierda presentarían una ponencia elaborada por Trotsky al Congreso contra el Fascismo. En ella plantearían conceptos de fondo de enorme valor en el debate sobre la naturaleza de los sindicatos. “Toda la historia moderna atestigua que el proletariado no es nada sin sus organizaciones de clase. Al mismo tiempo, la experiencia demuestra que las organizaciones obreras pueden convertirse en un obstáculo para la lucha revolucionaria.” Este concepto apunta al núcleo del problema que presentan las organizaciones sindicales en esta etapa de decadencia capitalista y de descarga de su crisis sobre las espaldas de los trabajadores: las organizaciones de masas, siendo insuplantables en la lucha de la clase obrera, en manos de la burocracia sindical se transforman en una herramienta de la burguesía y del Estado burgués contra las propias masas, en un obstáculo.

Los trotskistas plantearán allí que “la tarea es conducir el proletariado al poder (lo que) solo se puede realizar… ganando a la mayoría del proletariado y, por consiguiente, a sus organizaciones de masas, principalmente los sindicatos”. Pero la cuestión del partido -agregamos nosotros, las agrupaciones clasistas que representan la política del partido de clase en el seno de los sindicatos- se enfrenta a una realidad compleja. Los sindicatos comprenden a todas las capas de trabajadores de una rama de la producción, de la manera más amplia, en eso consiste su potencia, pero también sus dificultades. “…En la medida que la organización gana en amplitud, pierde en profundidad. Las tendencias oportunistas, nacionalistas y religiosas que cunden en los sindicatos y en sus direcciones muestran que estos reúnen no solo a la vanguardia sino a la retaguardia. Así las debilidades de los sindicatos surgen de lo que los hace fuertes. La lucha contra el oportunismo en las organizaciones sindicales significa fundamentalmente trabajar persistente y pacientemente para unir esa retaguardia con la vanguardia.” “Quienes separan a los obreros revolucionarios de los sindicatos, quienes construyen paralelamente a las organizaciones de masas, sindicatos ‘puros’ –según el término empleado por Lenin- pero pequeños y por lo tanto débiles no resuelven la tarea histórica sino que renuncian a solucionarla.” Desde ese lugar, Trotsky y sus compañeros rechazaron la Internacional Sindical Roja.

El lugar del Partido Obrero y las agrupaciones clasistas está en los sindicatos para “ingresar en ellos con las banderas plegadas o al viento, para actuar clandestinamente o al descubierto, según las condiciones políticas y policiales imperantes en el país” (ídem). Esta es la guía estratégica de la Coordinadora Sindical Clasista y la que defendemos en el Plenario del Sindicalismo Combativo, el reagrupamiento de frente único constituido a partir de las organizaciones sindicales recuperadas para luchar por una nueva dirección clasista en todos los sindicatos, de todas las centrales. La única capaz de unir al movimiento obrero argentino.

Los sindicatos en la época del imperialismo

En el texto citado al principio, Los sindicatos en la época de la decadencia imperialista, Trotsky sintetizará y llevará hasta el final las ricas conclusiones políticas que se fueron produciendo en el debate con el sindicalismo norteamericano que tenía la sección más fuerte de la IV Internacional, fundada en 1938, pero especialmente acerca del sindicalismo en los países semicoloniales y dependientes, a menudo con gobiernos nacionalistas burgueses como el de Lázaro Cárdenas en México, el país en el que pasó sus últimos años de exilio y persecución hasta el asesinato de Ramón Mercader, el agente español preparado largamente por el estalinismo para asesinar a la memoria viva y actuante de la Revolución de Octubre, al único sobreviviente del comité central bolchevique a los crímenes y procesos de Moscú, además del propio Stalin, que era León Trotsky.

Trotsky llegará a la conclusión de que “hay una característica común en la degeneración de las modernas organizaciones sindicales de todo el mundo: su acercamiento y su integración al poder estatal… un rasgo característico de los sindicatos neutrales, socialdemócratas, comunistas y anarquistas”.

Y de inmediato indagará en las condiciones del capitalismo monopolista que caracteriza a su etapa imperialista, donde “ha quedado atrás la libre competencia” y “las camarillas capitalistas que encabezan los poderosos trust, monopolios, consorcios bancarios, etc., controlan la vida económica al mismo nivel que el poder estatal” y a su turno disponen de todos los recursos para condicionar la vida de los sindicatos a los dictados del capital de “ahí la necesidad que tienen los sindicatos –mientras se mantengan en una posición reformista basada en la adaptación a la propiedad privada- de adaptarse al Estado capitalista y cooperar con él”.

Agudamente nos plantea que la burocracia sindical les vende el relato a los trabajadores que ingresan como funcionarios al Estado de una u otra forma para influir desde adentro para independizarlo de los monopolios. En la realidad en los países semicoloniales los gobiernos bonapartistas como el peronismo se valen de la cooptación y estatización de los sindicatos para neutralizar el poder social de la clase obrera porque la burguesía nacional opera entre dos gigantes, los monopolios y la banca imperialista, sus socios, por un lado y la clase obrera por el otro. “En México se han transformado por ley en semiestatales y adquirieron en consecuencia un carácter semitotalitario” (ídem).

En la Argentina la integración al Estado bajo diferentes gobiernos ha sido asegurada mediante el arbitraje obligatorio, la ley sindical de fuerte intervención del Estado en la vida interna de los sindicatos y a su turno la ilegalización de huelgas y ocupaciones de fábrica, con el poder policial siempre dispuesto a enfrentar un piquete de huelguistas o una manifestación obrera. Pero indudablemente el peronismo es el vértice de esa política, también por ello el gobierno más apto para hacer pasar las permanentes ofensivas contra los trabajadores que dicta la crisis capitalista. Desde ese lugar ha sido desempolvada la idea del Pacto Social o el Concejo Económico Social. En otro trabajo de Trotsky llamado “Los sindicatos en la época de transición” (1938) pondrá como viga maestra de la política revolucionaria “la lucha implacable contra el ‘arbitraje obligatorio’ y todas las demás formas de intervención policial, no sólo fascistas sino también ‘democráticas’” (comillas del original).

En definitiva, Trotsky llegará a una conclusión de fondo. No hay lugar intermedio entre el sindicalismo revolucionario y el sindicalismo de integración al Estado. Los sindicatos que luchan por reformas al margen de una estrategia clasista y de independencia política de la clase obrera, por lo tanto asociada a la construcción de la herramienta política de clase para luchar por su propio gobierno, se han hecho inviables. Murieron con la etapa de ascenso y “libre comercio” del capitalismo anterior a la Primer Guerra Mundial, que vino a dar cuenta definitiva de la apertura de una “época de guerras, revolución y contrarrevolución”, como la definió Lenin en su El imperialismo fase superior del capitalismo.

Trabajadores de Latam se manifiestan Ph: Willy Monea

Los métodos de lucha y el programa transicional

Para Trotsky “las huelgas con ocupación de fábricas…rebasan los límites del régimen capitalista ‘normal’… asestan un golpe mortal al fetiche de la propiedad capitalista, toda huelga con ocupación de fábrica plantea, en la práctica, el problema de saber quién es el dueño de la fábrica, el capitalista o los obreros”.

En función de esta emergencia plantea la elección de “los comités de fábrica por parte de todos los obreros y empleados de un establecimiento”. En la Argentina, la conquista de las comisiones internas y los cuerpos de delegados fabriles tiene un arraigo y una extensión superior a la mayoría de los países del mundo, lo que le da a los sindicatos una estructura y un poder excepcional. Claro que tanto para la lucha, como para frenarla cuando esos cuerpos de delegados responden a la burocracia sindical.

En la Argentina la conquista de los cuerpos de delegados por parte de direcciones honestas, de lucha e independientes de la burocracia sindical es una tarea de potencial revolucionario que es prioridad de las agrupaciones clasistas. Esos cuerpos de delegados en tiempos de aguda crisis y choques de clase como los que plantea el período abierto este año 2020, a escala nacional, latinoamericana y mundial, si no responden al mandato de la asamblea obrera deben ser removidos sin esperar los dos largos años de mandato que establece la ley sindical. Y, en los lugares de trabajo sin representación gremial, que son infinitos en la Argentina de la tercerización laboral, la cuestión de comisiones obreras electas por los trabajadores, aun cuando no haya convocatoria legal del sindicato, se pone a la orden del día cuando la propia continuidad laboral colectiva está en juego.

La conclusión central del desarrollo de Trotsky tiene una vigencia asombrosa en nuestros días. “Es indudable que la independencia de clase de los sindicatos en cuanto a sus relaciones con el Estado burgués solo puede garantizarla una dirección revolucionaria.” La cooptación de todas las variantes del centroizquierda y de la izquierda de colaboración de clases, maoísmo y estalinismo, al gobierno fondomonetarista de Alberto Fernández le dan una completa actualidad a esta afirmación. Al mismo tiempo valoriza la cuestión de la independencia política de los trabajadores como viga maestra de la cuestión de un sindicalismo de clase.

Por fin, Trotsky ligará la existencia de un sindicalismo independiente al Programa de Transición adoptado por el Congreso de la IV Internacional, explicando que “no es solo un programa para la actividad del partido sino que, en sus líneas esenciales, es también el programa para la actividad sindical”. El proceso de la crisis y rebeliones populares que atraviesa a América Latina desde 2019, ahora en un nuevo escenario que incluye a EE.UU. y otras zonas del planeta en la pandemia, ha puesto esas consignas a la orden del día: reparto de las horas de trabajo disponibles sin afectar el salario, actualización salarial y jubilatoria por costo de vida, salario mínimo equivalente a la canasta familiar apertura de libros al control obrero ante la carestía y los recursos de crisis, ocupación y estatización bajo gestión obrera de las empresas que cierran, protocolos de producción y salud bajo control obrero, centralización del sistema de salud, no pago de la deuda, nacionalización de los recursos estratégicos y de la banca. De tal suerte que las reivindicaciones más inmediatas resultan un puente con la construcción de una alternativa política que lucha por el propio gobierno de los trabajadores.

         

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