31/07/2008 | 1048

24 de julio de 2008

(Por Susana Uharte, Hugo García y 30.000 amigos más)

La sentencia se oye bien clara

en la tarde mediterránea:

ocho militares genocidas

pagarán sus crímenes con cárcel.

Éstos no son la cabeza de la Hydra,

pero diez mil muertes (mil doscientas

cincuenta, por cada monstruo)

recuperan el nombre de «crimen»

tras la condena, salen del limbo,

sacuden las cenizas de su nada.

Y otra vez las banderas bracean

con sus colores de libertades,

zapatean cruzando por el aire azul

y verde y amarillo y rojo.

Miré el rostro de mis amigos,

de los vencidos, de los triunfantes.

¡Estamos libres, ahora! Eso pensé.

Treinta y dos años de cautiverio

mientras los chacales andaban libres.

Recordé las máscaras burlonas

de los ocho hipócritas sangrientos

con sus dieciséis manos mortales,

y pensé en gritarles a la cara:

¡Vuestra cárcel es nuestra libertad!

¡Ya son libres las banderas populares!

¡Ya son libres los muertos que ustedes mataron!

¡Ya son libres mis padres y mis hijos!

¡Ya están libres el hueso y el barrote!

¡Ya están libres la fosa y la cadena!

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