02/08/2007 | 1003

Boxeo III

Escobar


Quien escribe estas líneas creció en el barrio de Paternal, donde contábamos con la compañía de Palanique, un polaco que había sido sparring de uno de los mejores boxeadores argentinos, el ‘Mono’ Gatica.


Lo primero que nos contó sobre el ‘Mono’ fue la forma en que murió: borracho, pobre y vendiendo muñequitos en la cancha de Independiente.


De adolescente veía las peleas de Monzón, Bonavena, Loche y Galíndez. Es decir, formaba parte del “pueblo” que menciona el compañero Alejandro (en la carta publicada en el Correo del número 1.002).


Algunos años más tarde pude conocer el boxeo un poco más de cerca, alejado de la simpleza con que –según argumenta el compañero– lo toman los trabajadores para considerarlo deporte. Fue a partir de tener un compañero de trabajo misionero, pobre, sin terminar el primario, que practicaba boxeo en forma profesional (peleaba los fines de semana por un par de monedas en los barrios de la provincia de Buenos Aires), donde noqueaba y estropeaba: pulmones, hígados, páncreas, ajenos y propios; ya que daba y recibía.


Los daños a los órganos del cuerpo por los golpes son brutales.


La Confederación sólo paraba a un boxeador si lo noqueaban. Los golpes en la cabeza son tan terribles que matan células que no se regenerarán nunca más. Como bien lo explicó el ‘Roña’ Castro hace algunos años, cuando le preguntaron por Nicolino Loche, quien tenía el apodo de “El Intocable”. Castro respondió: “menos mal que no lo tocaron… cuando habla no se le entiende una mierda”.


Si repasamos la vida de los boxeadores más famosos todos terminaron mal: Bonavena, Monzón, Gatica. Si bien estamos de acuerdo que el capitalismo “pudre todo lo que toca”, los boxeadores se llevan la peor parte. Estas líneas explican por qué –como dice Baglieto– “mis hijos no serán boxeadores”. Es el resultado de una vivencia personal, cuando en la Federación de Box en Castro Barros noquearon a un amigo mío que estuvo más de media hora sin saber quién era él o quién era yo.


Defiendo el lema “prohibido prohibir”, pero debemos proteger a nuestros jóvenes.


Entiendo que la práctica del boxeo los destruye.

En esta nota

También te puede interesar:

A propósito de dos artículos de Marcelo Larraquy
Por Roberto Rutigliano, de Tribuna Clasista (Río de Janeiro)
Un relato en primera persona del abandono del Estado a las víctimas de violencia de género