15/07/2004 | 859

Cien años sin lectores

Es un lugar común citar a Borges, sobre todo para referirse al Ulises de Joyce. El ilustre viejo, además de considerar con plena razón a esta obra como un texto intraducible, aseveraba que muy pocas personas lo habían leído completo.


Confío en que no es éste el caso del compañero Fancer, autor de un artículo publicado en la PO N°856, pero conviene aclarar algunos errores serios en el análisis literario.


Después de hacer una pequeña alusión al argumento de la obra, el artículo dice con acierto que “lo importante de resaltar en el Ulises no es el tema ni los personajes, sino el procedimiento narrativo novedoso para la época (…), pero sobre todo la inclusión del ‘monólogo interior’”.


Todo el problema está en que al tratar de explicar lo más “importante de resaltar” hay un yerro peor que el de Schiavi en Colombia: “Hasta entonces la novelística estaba resuelta en el simple discurrir objetivo; sabíamos los pensamientos de los personajes por sus acciones relatadas en estilo realista sin referencias a lo que él (sic) o los protagonistas pensaban”. Esto es completamente falso; es muy difícil encontrar alguna novela sin referencias a los pensamientos y/o sentimientos de los protagonistas. De hecho, la inclusión de los “pensamientos de personajes” es incluso mucho más vieja que la novela misma. Con perdón del ejemplo, podemos leer en la Biblia lo que pensaba Dios después de crear el mundo: “Y llamó Dios a la seca Tierra, y a la reunión de las aguas llamó Mares: y vio Dios que era bueno” (Génesis, 1:10).


¿Qué tiene de nuevo el Ulises?


La innovación del Ulises no está entonces en que se traten por primera vez los sentimientos o la conciencia de los personajes, sino en la forma literaria en que esto se lleva a cabo. Tradicionalmente, para describir lo que un personaje pensaba, se utilizó (y se sigue utilizando) el estilo indirecto (ejemplo de estilo indirecto: “Los dirigentes del PC pensaron que Videla era bueno”, “Juancito dijo que bla-bla-bla”, etc.). A partir del siglo XIX comienzan a surgir diferentes variantes; por ejemplo, Gustave Flaubert, en su Madame Bovary, cuando cuenta los devaneos de una pequeña burguesa insatisfecha, inaugura el uso sistemático del estilo indirecto libre, que consiste en expresar los pensamientos de un personaje pero sin la introducción de expresiones del tipo “Cacho pensó esto”, sino a través del narrador, quien hace referencia a cosas que solamente pueden saberse si se está “dentro” de la cabeza del personaje.


El monólogo interior es una técnica narrativa consistente en describir detalladamente en primera persona lo que un personaje está pensando o sintiendo. Puede presentarse en forma más o menos “estructurada”. En el caso del Ulises, el monólogo interior se presenta como un “flujo de la conciencia” (stream of conciousness, en inglés), es decir que las palabras se suceden en el texto tal y como se suceden los pensamientos en la cabeza de la protagonista. Esto da lugar a asociaciones libres, onomatopeyas, etc. De esta manera se presenta el famoso monólogo de Molly Bloom, en el capítulo final del libro, como ocho grandes párrafos sin puntuación.


Contextualizando…


Más allá de las consideraciones literarias, considero que el tratamiento político del artículo es demasiado liviano. Debería haberse presentado el contexto histórico del Ulises, qué pasaba en el mundo en 1922 (las tendencias a la disolución del capitalismo y a la revolución proletaria) y cómo influía esto en la situación artística del momento (las vanguardias, etc.).


A falta de esto, se habla abstractamente del “arte revolucionario”, creyendo que cualquier obra “revulsiva” es necesariamente revolucionaria.


Uno de los mayores y más virulentos ataques contra los “principios universales” es la reaccionaria obra de Nietzsche (conste que se está hablando del carácter reaccionario de la obra y no de la vida política de este autor). El futurismo italiano, siendo una tendencia de vanguardia, llegó a intentar ubicarse como estética oficial del fascismo (seguimos hablando del lugar social de la “estética” y no de las opiniones políticas de los artistas).


Ni en lo político ni en lo estético podemos tratar como revolucionario a cualquier ataque al orden establecido.


 

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