24/07/2008 | 1047

Ferviente admirador de Leonardo Favio

Antes que nada, cabe aclarar que el que suscribe estas líneas es un ferviente admirador de Leonardo Favio, un amante de su obra, y pretende ser su más destacado alumno.

En el anterior número de Prensa Obrera, Judas le responde al compañero Julián, por sus críticas al artículo sobre el cineasta en PO Nº 1.044.

Concuerdo con Judas en lo siguiente: Favio es el más grande entre los cineastas de nuestro país: él fue la punta de lanza de una generación olvidada, de jóvenes que abrieron un camino de renovación en la estética y en la narrativa cinematográfica. Camino que quedó trunco, sin ecos en las siguientes generaciones que hayan tomado la posta. Todos deberían acercarse a la filmografía de este gran autor.

Lejos estoy de juzgar su filiación política. De hecho, la misma es esencial para el corpus de su obra, para lo que es Favio como artista.

Afortunadamente, y aunque duela un poco a veces, es posible separar las inclinaciones ideológicas de algunos autores del legado que sus genios le ofrecen a la humanidad. Como documentalista, admiro y estudio la obra de la gran Leni Riefenstahl, más allá de sus films de propaganda nazi; o «El Nacimiento de una Nación» de Griffith, el film padre del cine clásico, todo un panfleto racista en defensa del Ku Klux Klan. ¡Qué duda cabe que estas películas son políticas, y que la política pasa por afuera y por adentro de ellas! Ya he tenido acalorados debates al respecto con colegas y compañeros.

Creo que el debate no pasa por poner motes o injuriar al otro. De más está decir que el estalinismo está en la vereda de enfrente. Es necesario que Judas se permita una apertura al debate, y a informarse sobre la realidad de la situación del cine nacional y las políticas culturales del capitalismo y el Estado burgués; y para tal fin lo invito a que lea la declaración que publicamos en la misma página en la que aparece «Una oda a Favio», de Julián. Al omitir el documento «Incaapaces frente a los tanques», se está negando la actual situación de crisis que atraviesa nuestro cine.

La clase obrera no tiene relegado a Favio en el olvido, Judas. A la clase obrera se la privó de la cultura cinematográfica cerrando salas en todo el país y los barrios, cobrando la entrada a precio dólar, invadiendo las carteleras de porquerías yanquis, fagocitando la expresión local con multinacionales distribuidoras y exhibidoras. Culpar a las masas porque olvidaron a uno de sus representantes, sin analizar el por qué, es pecar de miope: la crisis de producción, exhibición y distribución de nuestro cine no está para nada oculta.

En la práctica, a esta penetración cultural del imperialismo no se la combate solamente con «arte»: se la combate con lucha política y organización. Y eso es lo que hace el cine militante, las practica en la producción, distribución y exhibición. Es por eso que nuestro cine militante es, antes que nada, una herramienta política, y la expresión cinematográfica de la vanguardia de la lucha.

Cuando la clase obrera tome el poder forjará su propio destino, y seguramente proyectará a Favio con total libertad. Pero también expropiará los métodos de expresión artística y discursiva, hoy en manos del capitalismo, y creará una nueva y propia forma de expresión, tal como postulaba Bertolt Brecht, quien entendió como pocos el rol de la expresión artística creada desde las masas para la transformación.

Como buen peronista, Favio diría que el pueblo no se equivoca. Hasta una leyenda como Favio, que se vio beneficiado con los fondos discrecionales para la producción del Incaa (los famosos 3ro J), fue desterrado de las salas locales para darle lugar a los tanques hollywoodenses de vacaciones de invierno. Y seguro que es conciente de este escenario.

Estimado Judas, con quererlo a Favio no alcanza. Y escribiendo loas a su persona en nuestro periódico tampoco. Es necesaria la organización y la lucha de los artistas, autores y trabajadores de la industria cinematográfica, para que el día de mañana pueda haber dos, tres, muchos Favios.

 

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