Detrás de este frío calabozo, le escribo a mi pueblo que ya no podemos esperar más. Algo tiene que cambiar, alguien tiene que prender la chispa para que todo vuelva a empezar. La miseria abruma con sus harapientas confesiones, mientras la pobreza reclama la justicia que tanta sangre le costara y le cuesta. Algo tiene que cambiar en este continente donde aún retumban los gritos revolucionarios. !Vamos! Levantemos los puños para que caigan las sanguijuelas que chupan la sangre y el sudor de millones de obreros y campesinos.


Me duelen las manos, estoy rompiendo las cadenas que retienen mi libertad; prefiero la muerte a seguir arrastrándome por un pedazo de pan, viviendo de rodillas. Estoy cansado de ver cómo la injusticia se vanagloria de su poder, estoy harto de saber cómo el dolor engorda con la desgracia ajena.


Mi pueblo tiene hambre y la riqueza bonachona no hace más que pasearse, engreída, con su selecto séquito, y su amiga la misericordia no hace más que predicar resignación cuando ya no se puede esperar más. Cuántos hombres y mujeres han dado sus vidas y aún las dan; cuántos nombres <ilustres en su anonimato han sido mutilados, torturados, asesinados por las armas que detenta vilmente «el poder».


Los relegados, los olvidados, los negados son los nuevos desaparecidos de esta sociedad, de este siglo. Ya no se mata con balas, sino con promesas incumplidas.


Alguien tiene que prender la chispa. Alguien tiene que arengar la bronca acumulada de tantos siglos de dominio y explotación. Tenemos que prender la chispa para que vuele la mierda estancada. Tenemos que soñar sin cadenas, gritar sin mordaza; nos han hecho esclavos de nuestra propia libertad.


Detrás de esta fría celda, le escribo a mi pueblo que ya no podemos esperar más, no podemos esperar más, no podemos esperar más.

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