25/08/1994 | 426

Reducción del horario de trabajo, una batalla de todos los operarios

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) definió la crisis ocupacional como la más grave desde la Gran Depresión de los años 30.


Por el momento todos los gobiernos proponen soluciones impropias: bajar el costo del trabajo (lease despedir personal), e incrementar la productividad.


La tibia reactivación económica no será capaz ni siquiera de frenar la expulsión de fuerza-trabajo, ni que hablar de la creación de nuevos puestos.


La única solución histórica posible al problema de la desocupación es la reducción general del horario de trabajo a paridad de salario. Los partidos de la izquierda parlamentaria, sumergidos en una siesta eterna, parecen fuera del debate; es más algunos declaran que “es mejor un trabajador explotado que uno desocupado”, para justificar sus simpatías por la total flexibilidad de la mano de obra.


El debate parece haber atrapado a la burguesía, que prefiere así ganar tiempo y prepararse para cuando los sindicatos se decidan a poner el tema como reivindicación primaria; cosa que no se sabe si sucederá.


Por ejemplo Le Monde Diplomatique recuerda que “el progreso tecnológico existe en gran parte gracias a la presión del proletariado para conseguir una reducción de la jornada laboral”. Es increíble que uno de los más serios órganos de prensa a nivel mundial tenga que dar lecciones de marxismo. Las causas de la desocupación encuentran a todos de acuerdo. Il Sole 24 Ore, matutino de los industriales italianos, escribe que existen “tres factores que determinan la desocupación 1) El nivel y ritmo de la evolución tecnológica, 2) La intensificación de la competencia global que presiona sobre el aumento de la productividad y por lo tanto la reducción de personal, 3) la evolución del ciclo económico.


Dados estos factores tendría que ser también claro y aceptado por todos la eficacia de la reducción del horario de trabajo a paridad de salario para absorber la desocupación.


Ya en 1836 en Inglaterra se luchaba por la reducción de 14 a 13 horas al día. En el segundo libro, capítulo 7 del Capital, Marx resume así los argumentos de los economistas burgueses de la época contra los operarios: “Si se reduce la jornada de trabajo en media hora, las ganacias netas desaparecerán, si se reduce una hora desaparecen también las ganancias brutas”. Las tesis de los nietos de aquellos señores no son muy distintas. Mientras tanto, gracias a durísimas batallas del proletariado internacional, las horas de trabajo se hicieron 11… 10… 9… 8…, y el capitalismo no sólo no desapareció sino que siguió y sigue explotantdo a los trabajadores bajo cualquier forma política que adopte, sea democracia liberal, captalismo de Estado autoritario, o revolución nacional popular.


Debido a la reducción del plusvalor absoluto, la burguesía se vio obligada a operar un aumento del plusvalor relativo.


Donde el movimiento obrero no cuenta con una organización de clase sólida en grado de obtener una reducción de las horas de trabajo o aumentos de salario, es decir donde la mano de obra cuesta menos y trabaja más, hay más miseria y menos bienestar.


Angus Madison, economista norteamericano, analizó la relación histórica entre reducción del horario y aumento de la productividad. Tomemos Alemania. (productividad y producto bruto expresados en $ 1985).


 


Año


1870


1890


1913


1929


1938


1950


1960


1973


1988


1989


 


Horario de trabajo anual


2941


2765


2584


2284


2316


2316


2081


1804


1623


1607


 


Productividad persona/hora


1,04


1,52


2,32


2,89


3,57


3,40


6,62


12,83


18,85


19,53


 


Producto bruto persona/año


 


3058,6


4202,8


5994,8


6600,7


8268,1


7874,4


13776,2


23145,3


30593,5


31384,7


 


Si comparamos Alemania y Japón (1990) vemos que un horario más largo no quiere decir que la economía sea más productiva, sino al contrario.


Alemania


Japón


 


Horario anual


1607


1998


 


Producción horaria


19,53


15,18


 


Producción total


31384,7


30329,6


 


Un japonés, trabajando 391 horas más que un alemán produce 1.000 pesos menos.


En 1965 el economista Jean Fourastie decía que “la reducción del horario de trabajo es en sí mismo un factor del aumento de la productividad… si nos decidimos a invertir la totalidad de los futuros incrementos productivos en la disminución de la jornada laboral podemos pretender en 1995 la semana de 28-30 horas, y en general 40.000 horas en la vida humana”. Esto corresponde a 30 horas semanales, 9 meses al año por 35 años.


Los márgenes para imponer a la burguesía este objetivo existen. Pero esta batalla no puede ser conducida aisladamente. Tiene que adquirir carácter internacional, como las que compartieron los pioneros del siglo pasado.

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