29/06/1994 | 422

El domicilio del alma

Antonio y Hanna Damasio, dos neurólogos norteamericanos, investigadores de la fisiología del cerebro, informaron su descubrimiento del área del cerebro donde se localiza la capacidad de discernimiento entre el bien y el mal.


Este descubrimiento, junto a otros hallazgos de la ciencia sobre el funcionamiento y organización de la memoria y su localización física en el cerebro humano, identificando los “depósitos” de los diferentes tipos de recuerdos (voces, aromas, fechas, imágenes) y las formas en las cuales el cerebro combina la información que les proveen distintos archivos, son pruebas que aporta la ciencia a la tesis materialista de que nada existe que no tenga un sustento material, ubicable en coordenadas del tiempo y el espacio.  El descubrimiento de los Damasio nos daría el domicilio del alma, del código moral de cada individuo.


La antropología, la historia y la psicología han demostrado que la noción del bien y del mal no es eterna ni atemporal, sino el producto de las condiciones sociales y de la evolución social; en última instancia, del desarrollo de las fuerzas productivas de la humanidad.  Así, por ejemplo, matar al anciano incapaz para seguir la marcha, era un acto de piedad de pueblos nómades pastores del reno, sobre los hielos cercanos al Artico.  Y ninguno de los filósofos de la Antigua Grecia cuestionó la esclavitud que hoy repugna a la conciencia moral media.


En cada individuo, este código moral, condicionado por el desarrollo histórico y social, también dependerá de la educación recibida y de los estímulos de todo tipo (afectivos, artísticos, sociales, etc.), que constituyen su experiencia individual y que conforman su conciencia moral, su noción del bien y del mal.


El espíritu, o el alma humana, no es negado por los materialistas, sino cuando se lo concibe como espejo de Dios, como resultado del “soplo divino”, inmortal.  El mundo de las ideas, el “espíritu humano”, o el “alma”, individual o social, es para el hombre y para los pueblos el resultado de una experiencia histórica, individual y colectiva.


Tampoco niega el materialismo la individualidad de cada criatura de nuestra especie.  Pero reconoce que el desarrollo de esa individualidad está socialmente, es decir, históricamente condicionado, porque el hombre realiza su libertad en condiciones que no elige, sino que le son dadas por sus circunstancias.  En palabras de Marx:  “Es la existencia la que determina la conciencia…”.


Pero justamente por su carácter probatorio de los postulados materialistas, el fascinante descubrimiento de los Damasio ha despertado la alarma de los portavoces del idealismo filosófico, de los que oponen el prejuicio religioso a los hallazgos de la ciencia.  Estos señores, que hoy no pueden encender las hogueras inquisitoriales, se han apresurado a tomar la pluma para alertar que la aceptación de este descubrimiento “conduce a que la conciencia también se compone de elementos físico-químicos, lo cual a su vez implica suscribir la tesis materialista del determinismo físico”  , para concluir que, de ser así,  “No habría tal cosa como ideas autogeneradas ni tendría sentido la libertad ni la responsabilidad individual… La búsqueda de la verdad como un azaroso peregrinaje de pruebas y errores, de conjeturas y refutaciones que apuntan a mejorar teorías, se desvanecería por completo si el hombre se limitara a lo físico-químico…”  (Alberto Benegas Lynch, La Nación,1/6/94).


Pero las llamadas “ideas autogeneradas” no salen de la nada ni surgen por inspiración divina.  Son el producto de múltiples estímulos y del propio desarrollo de la capacidad de deducir, especular, razonar y pensar, inconcebible sin comer, dormir, abrigarse, recibir afecto, instrucción y los mil y un estímulos de todo tipo que distinguen al humano de las bestias.  El punto de partida de los descubrimientos científicos, que para algún desprevenido pueden aparecer como una “idea autogenerada” , es el patrimonio del conocimiento de la humanidad, y los nuevos inventos y descubrimientos no sólo se apoyan en los anteriores, sino que requieren para desenvolverse del soporte material del laboratorio, la experiencia y la confrontación con la realidad.


Para Benegas Lynch, creyente en las ideas autogeneradas, seguramente las “conjeturas y refutaciones que apuntan a mejorar teorías” no necesitan pasar la prueba de la experiencia, ni otra prueba que la del discurso y las leyes de la lógica formal en el proceso deductivo.  El conocimiento de la neurofisiología del cerebro podría realizarse sobre la base de la especulación, “las conjeturas y las especulaciones”.   Como el experimento de los Damasio niega su concepción del mundo, Benegas Lynch lo rechaza sin oponerle una experiencia que lo refute, sino que lo anula “de palabra”. Cabría preguntarle si estaría dispuesto a caer en manos de neurocirujanos de su escuela.


Más cauta es la opinión de Mariano Grondona, que —hombre culto él— no quiere pasar papelones defendiendo ideas demasiado ultramontanas.  No se anima a negar el descubrimiento de los Damasio, ni esgrime contra él discursos escolásticos.  Admite que “Cuántas más relaciones de causa-efecto predecibles encuentre la ciencia, el lugar del espíritu, de la magia, de la religión, se encoge”. Pero termina advirtiendo:  “Es bueno saber, pero no todo lo que sabemos nos hace bien en todo momento” (La Nación, 28/5/94). ¿Es que acaso, avanzar en el conocimiento de la naturaleza, y del hombre como parte de la misma, sólo será bueno para déspotas ilustrados que pueden elegir cuál es el momento bueno para saber? ¿Acaso la ignorancia, como las mentiras piadosas, nos ayudan a vivir mejor?  Justamente, en el artículo que mencionamos, cita a Platón cuando relata las reflexiones de Sócrates momentos antes de beber la cicuta, que encuentra consuelo a su cercana muerte en la ilusión de la vida eterna del más allá.


Para los marxistas, que sostenemos que la materia existe con independencia de la idea que pueda el hombre tener sobre ella, y que el mundo de las ideas es el reflejo en nuestra mente del mundo real, y no el mundo real una criatura de la idea —como planteaba Hegel—, o más vulgarmente, de Dios, todo avance en el conocimiento del mundo real, que afirma el dominio del hombre sobre la naturaleza, es bienvenido. Si mañana, descubrimientos científicos probaran que debemos revisar nuestras afirmaciones, lejos de alarmarnos encararíamos la tarea, porque quien quiere transformar el mundo para liberarlo de toda opresión, sólo puede hacerlo sobre la base del conocimiento más acabado que la ciencia le brinde de la realidad, que tarde o temprano impone su autoridad, por encima del prejuicio, el oscurantismo y el velo ideológico.

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