16/09/1996 | 511

La Madre Teresa

Entre los mitos contemporáneos, la Madre Teresa de Calcuta ocupa sin duda un lugar de privilegio. Mundialmente promocionada como un símbolo de la paz y la lucha por la vida, en particular, como abanderada de la lucha en contra del aborto, su nombre ha sido convertido en sinónimo de bondad y preocupación por los pobres y desamparados de la tierra. ¿Qué hay de cierto en esta historia?


Un reciente libro —“La posición misionera: La Madre Teresa en teoría y práctica», de Christopher Hitchens, comentado por Murray Kempton en The New York Review— reseña críticamente su pensamiento y obra, deparando más de una sorpresa a admiradores incautos.


Los hospitales de la Madre Teresa tienen un nombre revelador: “Hospitales para los moribundos», porque su objetivo es “enseñar a morir». Los métodos avanzados para el diagnóstico, el tratamiento y el alivio del dolor son rara vez permitidos, ya que “tal aproximación es extraña al espíritu de la casa”. El mejor juicio sobre la calidad de estos hospitales, es que la propia Madre Teresa cada vez que ha caído enferma, en lugar de quedar a cargo de sus monjas hermanas, recurrió a otros centros de internación. Las monjas, en ausencia de médicos, hacen lo que pueden. La Madre Teresa confiesa que su objetivo es “que mueran contentos» . Así, orgullosa se refería a su hospital de Kalighat: “Aquí han muerto 23.000″.


Es que para la Madre Teresa, el sufrimiento de los enfermos y de los pobres ayuda al mundo, y permite a quienes tienen mejor suerte expresar su amor por Dios. Así declara: “La lepra no es un castigo, puede ser un don maravilloso de Dios si hacemos buen uso suyo. A través de ella podemos aprender a amar a los no amados».


El autor, que critica a la Madre Teresa como creyente, pone de relieve que mientras los santos que ya ocupan los altares son venerados porque se los considera portadores de salud, bienestar, felicidad, la Madre Teresa y sus hospitales se caracterizan por no buscar la salud, sino la muerte, y su mérito consistiría en “enviar almas al cielo al por mayor y, en muchos casos, bastante antes del turno que el Cielo les había asignado», refieriéndose a la falta de cuidados médicos de quienes caen en sus manos. Así, estaríamos en presencia de “la santa de la muerte prematura», o evitable.


La Madre Teresa ha hecho una bandera de la lucha contra el aborto, estigmatizando a las mujeres que abortan como las mayores enemigas de la paz. Pero en su curriculum incluye una visita a Guatemala en 1985, cuando con la sangre aún fresca de matanzas de aborígenes declaró: “Todo era pacífico en las partes del país que visité. Yo no me meto en política». Del mismo modo, recibió la Legión de Honor de manos de la esposa del dictador Duvalier en Haití, agradeciendo: “El país vibra con el trabajo de vuestra vida, señora presidente».


Para la Madre Teresa, el amor por los pobres no consiste ni siquiera en el deseo de mejorar su suerte en este mundo sino en acelerar su progreso hacia “el mayor desarrollo de la vida humana, morir en paz y dignidad, porque eso es para la eternidad».


También educa a sus monjas en el sectarismo, enseñandoles a bautizar a los moribundos en secreto, para ocultar el bautismo de hindúes y musulmanes, a quienes luego de preguntarles “si quieren un boleto para el cielo» (entendiendo una respuesta afirmativa como el consentimiento para hacerse católicos) bautizan humedeciéndoles la frente y pronunciando las palabras rituales en secreto.


La apología de la miseria, el sufrimiento y la muerte como objetivo de la vida, son la filosofía de una clase social que no puede ofrecer otro futuro a la humanidad. Por eso la obra de la Madre Teresa es exaltada por los poderosos de la tierra, que la honran con sus visitas y donaciones y buscan fotografiarse en su compañía, mientras a los curas y monjas que se solidarizan con el pueblo oprimido sumándose a sus luchas les reservan la cárcel, la tortura, la persecución, o, en el mejor de los casos, las sanciones vaticanas.

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