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28 de agosto de 2014 | #1329

"Relatos salvajes": "El gobierno de los hijos de puta"

El estreno más esperado del año, Relatos salvajes (dirigida por Damián Szifrón, Argentina, 2014) se compone de seis breves historias. En la primera, un crítico de música clásica (interpretado por Darío Grandinetti) se da cuenta de que todos los pasajeros del avión en el que viaja están vinculados entre sí. En la segunda, una moza (Julieta Zylberberg) atiende al hombre que arruinó a su familia y es tentada por la cocinera (Rita Cortese) para vengarse. En la tercera, el auto de lujo de un joven rico (Leonardo Sbaraglia) queda varado en una ruta desierta y tiene que lidiar con el hombre al que minutos antes le gritó "negro resentido". En la cuarta, un experto en explosivos (Ricardo Darín) llega tarde al cumpleaños de su hija porque la grúa le levantó el coche y a partir de ahí todo se le desmorona. En la quinta, un padre rico (Oscar Martínez) le ofrece un "acuerdo comercial" al jardinero pobre para que el hijo de Martínez no vaya preso por atropellar a una embarazada. Y en la última, la reciente esposa (Erica Rivas) descubre en medio de su fiesta de bodas que su marido invitó a la celebración a su amante.

Los de Szifrón son retratos de la crisis de la Argentina de hoy. Son relatos que ponen en foco las disparidades sociales, la burocracia, la injusticia y la corrupción, así como la violencia que detonan.

Por ejemplo, el hombre que fundió al padre de la moza y se quedó con la casa de su familia es el usurero y candidato a intendente del pueblo. O el joven rico que se cree protegido e impune por la velocidad y los vidrios blindados de su Audi (el relato más cinematográfico del film). El experto en explosivos se ve atrapado por una telaraña burocrática que encubre los negociados entre el Estado de la Ciudad de Buenos Aires y empresas tercerizadas.

Martínez, por su lado, protagoniza el corto más melodramático, donde la Justicia es descripta como un circo aceitado por dinero, corrupción, coimas y posiciones de clase. Aquí, el drama se transforma en farsa para volver a ser drama. El factor social no se hace tan presente en forma más o menos explícita en la primera historia (que es un breve prólogo que anuncia el humor negrísimo del film) ni en la última (que intenta cambiar la atmósfera general de la obra), pero es la lectura última del relato.

Se trata de una película de trazo grueso. No hay grandes elaboraciones psicológicas: las motivaciones de los personajes están expuestas abiertamente y sólo nos queda ver los choques que se producen en la vertiginosa acción. Szifrón (famoso por sus exitosas series "Los simuladores" y "Hermanos detectives" y las películas El fondo del mar y Tiempo de valientes) toma varios elementos de la ficción televisiva, como esas historias bien cerradas con introducción, nudo y desenlace, la división de la película por breves sketches o la forma de hablar no realista de los personajes. Sin embargo, Szifrón tiene una construcción de la tensión y el suspenso que responden al cine, con una virulencia poco típica de la TV.

Esta violencia es acompañada de un efectivo humor. La resolución salvaje aparece con ironía y la "justicia por mano propia" ocupa el lugar de las instituciones y las relaciones sociales en bancarrota. La venganza -el núcleo que atraviesa los seis relatos- suele llevar en el film a la destrucción y la autodestrucción.

Quizá la que mejor resume el sentido elemental de esta gran película, que fue ovacionada en el festival de Cannes, es el personaje de la ex convicta encarnada por Cortese cuando contesta por qué el mafioso del pueblo es candidato a intendente: "Es que al mundo lo gobiernan los hijos de puta".

Sabemos que es así, pero no tan simple. Están el capitalismo, el Estado y la lucha de clases.

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