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19 de mayo de 2016 | #1411

Pollesch, un teatro sin muro

"Esposas de dictadores I", en el Centro Cultural San Martín"

Esposas... es una metáfora sobre las complejidades del mundo contemporáneo (...) un hecho previo -del pasado- ilumina las modulaciones de un presente caótico, e un capitalismo que en su descomposición no puede enterse sino como un sistema que perdió su sentido

“¡Quiero un papel protagónico!”, dice la pequeña a su madre, una y otra vez. La pequeña también es guardia de seguridad en la Rumania soviética. Y la madre es la esposa del dictador rumano, estalinista. En Esposas de dictadores I -la obra del dramaturgo alemán René Pollesch que dirige en su versión argentina Luciano Cáceres, más conocido aquí como actor- nada es lo que parece.

Luego de un atentado para asesinarla a ella y su marido, la esposa del dictador (Leonor Manso) decide buscar entre sus sirvientas y empleadas una doble que esté dispuesta a asimilarse con su vida. Ella, de paso, podrá despuntar su pasión actoral, que confunde sistemáticamente con su propia vida. La desconfianza minará los lazos entre todos los personajes que, sin embargo, aislados en la cumbre del poder, no podrá más que ser el único sentimiento que los cohesione en su atrincheramiento en los palacios burocráticos de la descompuesta Europa del Este aún en órbita soviética.

En  la obra, estrenada recientemente en el Centro Cultural San Martín, se superponen y alternan, una detrás de otra, capas de significados tan variados como los recursos utilizados en la representación dramática. La complejidad del mundo representado se refleja en la propia producción material de la obra.

La dramaturgia de Pollesch es hija predilecta de la caída del Muro y la reunificación alemana. Luego del derrumbe estalinista, la Alemania unida enfrentó la duda sobre qué hacer con el deficitario y decadente sistema teatral del Este. Una de las principales salas era la Volskbuhne (Escena del Pueblo). Frente a la disyuntiva entre el cierre y la continuidad se eligió seguir adelante. La decisión apuntaba a una renovación estética y para dirigir el teatro se designó al joven e innovador Franz Castorff, precursor del denominado “teatro posdramático”. Uno de los seguidores de esa corriente fue el propio Pollesch, que rápidamente ascendió a la fama como director de vanguardia, trasgresor y rupturista. Aquel joven, formado en la sociología y la filosofía, se hizo cargo de una de las salas satélite del viejo teatro soviético (La Nación, 22/3). Se lo asocia al mote de “teatro no representacional”: sin diálogos lógicos, sin personajes estables, sin conflicto o nudo tal como el teatro más tradicional lo entiende.

Esposas... es una metáfora sobre las complejidades del mundo contemporáneo. Pero lo es desde una perspectiva en que un hecho previo -del pasado- ilumina las modulaciones de un presente caótico, un capitalismo que en su descomposición no puede sino entenderse como un sistema que perdió su sentido, donde los estímulos que circulan no tienen significados propios sino que son máscaras superpuestas de la ruina que intenta ocultar.

El entramado de representaciones se exacerba en la obra con un sistema de cámaras en vivo, con camarógrafos que interrumpen las escenas, se visten y transforman, actúan: una obra que, en sus sucesivas vestimentas, no deja de desnudarse; es una obra donde se muestran los modos de producción teatral, todo aquello que en una escenificación tradicional suele ocultarse. Esta particularidad tiene además su inscripción política más potente: en el teatro de Pollesch se corrobora la premisa marxista de que la ideología es una falsa conciencia.

 

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