24/07/2008 | 1047

4 de julio: La masacre de San Patricio

La complicidad de la jerarquía eclesiástica con la dictadura videliana ha sido ampliamente documentada en estudios, investigaciones y películas. En un tema tan transitado, «4 de Julio: La masacre de San Patricio», el documental de Pablo Zubizarreta y Juan Pablo Young, aporta nuevos elementos que muestran la profundidad de la colaboración entre la mitra y la picana.

El documental reconstruye, con fuertes imágenes de archivo y pocas pero efectivas reconstrucciones actorales, el asesinato de tres sacerdotes palotinos (los padres Alfredo Leaden, Pedro Duffau, y Alfredo Kelly) y dos jóvenes seminaristas de la misma orden (Salvador Barbeito y Emilio Barletti). Los palotinos fueron asesinados en la iglesia de San Patricio de Belgrano por una patota de la dictadura, supuestamente en represalia por una bomba que había estallado pocos días antes en una dependencia policial.

La película reivindica la pertenencia de los curas asesinados a lo que entonces se llamó la «teología de la liberación», relata cómo fueron asesinados en un operativo que contó con «zona liberada», señala el papel de la jerarquía eclesiástica en el encubrimiento y denuncia, finalmente, la impunidad de los asesinos, tanto bajo la dictadura como bajo la democracia. Está construida sobre la base de los relatos de sobrevivientes y testigos (los principales son el fallecido sacerdote Kevin O’Neill y los ex sacerdotes Robert Killmeatte y Jorge Kelly) y del periodista Eduardo Kimel, que investigó concienzudamente la masacre. Pasados más de treinta años, Kimel es el único condenado, por una querella iniciada por el ex juez de la dictadura Guillermo Rivarola.

La cúpula de la Iglesia era perfectamente conciente de que los asesinos de los palotinos eran grupos de tareas de la dictadura pero no movió un dedo para esclarecer el crimen; al contrario, siguió sosteniendo el régimen de los genocidas. El documental alcanza un punto alto de dramatismo cuando muestra al obispo Leaden, hermano de uno de los palotinos asesinados, oficiando misa en la Esma; la denuncia de la complicidad entre la jerarquía clerical y los genocidas es, en estas imágenes, brutal.

En 1977, un año después de la masacre, Massera visitó el Vaticano y recibió el elogio del Papa Pablo VI, quien en aquella oportunidad declaró que el episodio de la masacre «está superado» (Clarín, 5/5). El Vaticano y la Curia argentina se valieron de las patotas dictatoriales para librar su propia guerra al interior de la Iglesia, destinada a extirpar de su seno a los sacerdotes «tercermunistas»; en reciprocidad, los curas asistían a los chupaderos y «reconfortaban» a los torturadores. Poco después de la masacre de San Patricio fue asesinado el obispo Angelelli, las monjas francesas y decenas de laicos que realizaban «trabajo social»; el padre Mujica ya había sido asesinado por la Triple A.

A través del relato de Killmeatte y Kelly, dos integrantes del grupo de seminaristas que sobrevivieron a sus compañeros asesinados, el documental muestra la fuerte represión interna que siguió a la masacre. «Nos investigaban, nos preguntaban si teníamos armas, decían que éramos unos locos», relata Kelly. «La congregación había entendido que los asesinatos habían ocurrido por nuestra culpa, la de los estudiantes», confirma Killmeatte, quien fue sometido a una persecución sistemática que el documental relata.

Killmeatte fue enviado un año a Roma, luego a Irlanda a «reflexionar». Cuando finalmente logró que lo ordenaran sacerdote, se le dio un cargo menor en la iglesia de San Patricio. Allí organizó una cooperativa de autoconstrucción de viviendas, lo que le costó el traslado a Los Juríes (Santiago del Estero). Allí organizó una cooperativa de pequeños productores rurales, lo que esta vez le costó la expulsión del sacerdocio. Fue echado en 1987 por el entonces obispo de Añatuya, un tal Baseotto…

Killmeatte y Kelly abandonaron el sacerdocio. Su contracara es la de otro sobreviviente, el padre Rodolfo Capalozza, que abandonó todo «trabajo social» para mantenerse dentro de la Iglesia. Con el libreto oficial de la Curia, Capalozza reclama hoy que haya «perdón» a los asesinos de sus compañeros.

La película termina con una placa que informa que el cardenal Bergoglio y los directores de la orden de los palotinos -los que persiguieron a Killmeatte y Kelly hasta la década del ’90- han pedido al Vaticano la canonización de los cinco curas asesinados. Después de treinta años de silencio, más que reivindicar a los asesinados, el pedido pretende encubrir la complicidad de la jerarquía católica con la dictadura.

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