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30 de mayo de 2018

Avogadro, aparta de mí esta torta

Tras las críticas de la Iglesia, Larreta bajó la cabeza y retó al ministro de Cultura por “consumir” una realización artística con la forma de Cristo.
Por Tomás Eps @tomaseps

La crisis abierta luego de que circulase un video en que el ministro de Cultura porteño Enrique Avogadro comía una torta con forma de Cristo, expuesta por el dúo artístico Pool y Marianela en la Feria de Arte Contemporáneo de Argentina (FACA), recuerda una vez más que el partido de gobierno que se autoproclama del siglo XXI –y sus críticos nac&pop– están cargados de oscurantismo.

Incluso cuando los artistas, que en el pasado habían compartido orgullosamente con el Papa Francisco su obra Barbie Nuestra Señora de Luján, señalaron ahora que no buscaban “ofender a ninguna religión” (El País, 29/5), la Iglesia Católica calificó al accionar de Avogadro como un “agravio al espíritu religioso” y reclamó en una carta del arzobispo porteño Mario Poli a Horacio Rodríguez Larreta “un justo y público manifiesto sobre nuestra demanda” –al tiempo que el abogado y militante antiabortista Pedro Andereggen presentaba una demanda formal contra Avogadro, con pedido de juicio político incluido, ante la Legislatura.

El jefe de Gobierno se apresuró a satisfacer a la Iglesia Católica: “entiendo el malestar que todos los fieles atraviesan frente a un hecho que vulneró un tema tan central y dogmático para la fe católica. En lo personal, como creyente que soy, la actuación del Ministro de Cultura, Enrique Avogadro, me duele. También me sentí agraviado y sorprendido”, escribió en un comunicado, enmascarando como un “respeto a los creyentes” la adaptación del poder político a las presiones de una institución retrógrada. El propio Avogadro expresó en Facebook que lamentaba sinceramente “si alguien se vio ofendido en sus creencias más íntimas” -borrando con el codo la “opinión muy clara a favor de la libertad de expresión” que manifestaba en el mismo texto-, para luego ausentarse de sus compromisos públicos en el teatro San Martín y en una charla organizada por la UBA. 

Por su parte Juan Grabois, el abogado de la nac&pop Corriente de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP), decidió ignorar la acción de Larreta y reproducir en tuit una versión “tercermundista” del grito de la Iglesia: “La nueva derecha posmoderna y neoliberal no respeta a los Pueblos ni sus creencias, solo venera el Dinero. Repudio el agravio de un cheto imbécil a la memoria de un carpintero pobre, víctima de tortura, asesinado por un Imperio, amado por nuestro Pueblo y que para nosotros es Dios”. El progresismo ya había hecho en 2005, cuando el entonces jefe de gobierno Aníbal Ibarra recompensó el respaldo explícito de Bergoglio, tras la masacre de Cromañón, con el levantamiento prematuro de la exhibición de obras de León Ferrari críticas de la religión y la Iglesia.

El santiguamiento del macrismo y sus opositores “progresistas” volvió a dar muestras de la injerencia de la Iglesia en el Estado de la Ciudad de Buenos Aires, ciudad en la que el acceso al aborto no punible se halla –tras un veto de Macri a su adecuación en la capital- muy por detrás de lo establecido por la Corte Suprema de Justicia de la Nación en 2012. Enfrentada a todo tipo de trabas burocráticas y judiciales y a la “objeción de conciencia” promovida por la Iglesia e impuesta en hospitales enteros, una mujer víctima de violación depende de encontrarse con profesionales que garanticen la práctica o de pagar clínicas privadas que cobran por ella entre 30 y 35 mil pesos.

El veloz reto del macrismo al comedor de tortas contrasta con la dilatadísima expulsión de su antecesor, Darío Lopérfido, repudiado por sus declaraciones en enero de 2016 de que “en la Argentina no hubo 30.000 desaparecidos” y que “ese número se arregló en una mesa” y mantenido en el cargo hasta la mitad de ese año –tras lo cual fue enviado como embajador cultural a Berlín; Larreta se muestra fuertemente más sensible con la Iglesia que con los centenares de artistas y organizaciones de Derechos Humanos que exigían memoria, verdad y justicia frente a los crímenes de la dictadura.

“Luego de una profunda conversación con el ministro Avogadro, creo en su genuino y sincero arrepentimiento”, sentenció Larreta en una declaración que hubiera sido bien vista por los censores del inquisidor Torquemada. O, más cerca en el tiempo, por los de los regímenes fascistas y stalinianos. Fue justamente frente a ellos que André Bretón y Diego Rivera defendieron en su manifiesto de 1938 que “el arte no puede someterse sin decaer a ninguna directiva externa y llenar dócilmente los marcos que algunos creen poder imponerle con fines pragmáticos extremadamente cortos”, un planteo que ayer como hoy traba ligazón con el reclamo de separación de la Iglesia del Estado.


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