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2 de agosto de 2018

Sobre “El camino de Santiago”

El miércoles 1 tuvo su estreno, en el ND Ateneo, el documental El Camino de Santiago – Desaparición y muerte de Santiago Maldonado.

El film, dirigido por Tristán Bauer (Después de la tormenta, Iluminados por el fuego, Che, un hombre nuevo), da cuenta de la responsabilidad del gobierno macrista en la desaparición y muerte y en el posterior encubrimiento; de su fabricación de un “enemigo interno” (la meneada “RAM”) para justificar las avanzadas criminales contra la comunidad mapuche; y de la enorme movilización popular por Justicia y para que se vaya Bullrich.

Sin mayores aportes investigativos a lo ya expuesto y denunciado por la familia y las organizaciones populares, El camino de Santiago brilla por sus logrados registros fotográficos de la belleza de la Patagonia, pero más aún por sus omisiones, determinadas por la profesión de fe kirchnerista del equipo realizador: al ex funcionario se suma Florencia Kirchner como guionista, y productores en común con la hagiografía Néstor, la película.

A través de testimonios de amistades y de la familia de Santiago, el film da cuenta de su interés y compromiso con las causas populares, pero en un recorte caracterizado por la vaguedad –tanto a nivel de los limitados datos biográficos que reúne como de la ideología de Maldonado, sin mención a sus ideas anarquistas.

El crimen estatal contra Santiago aparece enmarcado en dos líneas de tiempo: la de la larga persecución a los pueblos originarios y al pueblo mapuche en particular, por un lado; y la de la avanzada represiva en el período reciente, por el otro. En el primer caso, se apunta la ligazón entre “los gobiernos dominados por la oligarquía” y la centenaria persecución, prescindiendo de la participación en esta de los gobiernos “nacionales y populares” –desde la masacre de Perón al pueblo Pilagá (1947) hasta la represión y asesinatos de los Q’om por parte de los gobernadores K–; lo propio sucede con el copamiento capitalista de la Patagonia bajo “gobiernos neoliberales” por parte de los Lewis y Benetton, cuya reconstrucción extraña los 12 años de mandato kirchnerista. Por su parte, la sucesión de episodios represivos –que se mantiene lejos de la Santa Cruz de Alicia K–, según los realizadores, comienza con la asunción de Macri, incluso cuando varios de los escenarios recordados en el film (AGR-Clarín, Pepsico, movilización de mujeres) ya habían sido asediados en la década anterior por los gobiernos K. El hombre a cargo de un sinfín de desalojos de protestas en ese período, Sergio Berni, fue un invitado al estreno.

El camino de Santiago -desafortunada elección de título, si se consideran sus reminiscencias religiosas- promete un aporte a la búsqueda de justicia, aunque difícilmente convenza a sectores que no acompañen la causa. Antes que el registro y la reconstrucción rigurosa que han vertebrado a exponentes destacados del documental político sobre crímenes (logrando incluso que operen como documentos probatorios), el film se configura como una conversación para un pequeño entorno, con abundancia de lugares comunes progresistas –en el paroxismo de ello, se oye la tan clásica como repetida “A desalambrar” de Viglietti. A su turno, la musicalización redundante (marcadamente conmovedora para momentos conmovedores, y de thriller para las secuencias de represión), si logra crear emocionalidad y empatía, lo hace a costa del distanciamiento necesario para la reflexión crítica.

Si bien el film puede ser una ventana para revisitar la tenacidad de la lucha de la familia, la brutalidad y perversidad del gobierno de turno –incluida la declaración de Carrió de que había “un 20% de probabilidades de que este chico esté en Chile”–, la masividad de las marchas por Santiago y la conmoción popular por el crimen de Estado, el marco de esa ventana no deja de ser lamentablemente grueso y vistoso.

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