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3 de octubre de 2018

Hermenegildo Sábat y el arte de la caricatura

“Si ese boludo insiste con los dibujitos, lo tiramos al río”.

La amenaza bestial de un carnicero, Guillermo Suárez Mason, en plena dictadura militar, da una buena definición de Hermenegildo Sábat, ese uruguayo nacido en 1933 en Montevideo, residente en Pocitos, con un estudio en San Telmo y después en esa intersección de dos calles que llevan el nombre de dos primos históricos: Hipólito Yrigoyen y Bernardo de Irigoyen.

Pintor, músico, periodista, fotógrafo, pudo reírse cuando la “academia” determinó que la caricatura debía incluirse entre las “artes serias”. La “academia” siempre llega tarde: cuando sus poltronas tomaron esa decisión hacía mucho que el arte caricaturesco estaba legitimado por el público, por el pueblo que lo consumía.

Y Hermenegildo Sábat, “Menchi” para sus amigos e incluso para quienes tuvimos el honor de ser sus compañeros de trabajo, tuvo mucho que ver con la elevación de la caricatura a la categoría de arte.

Nunca dejó de ser periodista, sólo encontró otra forma de serlo. Sus dibujos fueron editoriales, pinturas de la realidad pero no sólo eso: no se limitaban a reflejarla, intervenían en ella, eran parte de ella, podían modificarla en unos pocos trazos en todos los casos simples, casi abstractos, con un poder de síntesis sorprendente.

Esos trazos siempre se opusieron al poder. No a este o aquel: al poder. A Suárez Mason (la amenaza no lo detuvo y siguió dibujando a Videla o a Massera sanguinolentos; es decir, insistió “con los dibujitos” a pesar de todo), a Raúl Alfonsín, a quien muchas veces hizo enojar, y sobre todo a Cristina Kirchner, quien por un dibujo que le disgustó lo calificó de “cuasi-fascista” en un discurso en la Plaza de Mayo, delante de una multitud (luego, tal vez arrepentida, lo invitó a la Casa Rosada pero “Menchi” se negó a ir).

Artista y periodista gráfico, completó 60 años de trayectoria que empezaron en el diario Acción, de Montevideo. Después de renunciar a la secretaría de redacción de El País, también en la capital uruguaya, recaló en Buenos Aires y aquí conocieron su sátira, su crítica, su comicidad, Clarín, La Opinión, Primera Plana y Atlántida.

Con el tiempo se le atrevió al color y sus obras conocieron las acuarelas, el óleo (sobre todo al agua) y los acrílicos. En todo momento fue un símbolo de la libertad de creación y trabajó hasta el final: su última caricatura fue la de George Washington, referida a la actual disparada del dólar.

En 2013, Sábat acompañó con un dibujo de su autoría los reclamos por libertad sindical y de expresión de la Comisión Interna de AGEA-Clarín, que se había conformado en 2012 en un histórico proceso de recuperación, luego de más de una década de proscripción de la representación gremial.

Alguna vez dijo: “La prensa genera fortunas que muchas veces se dilapidan en tonterías, en poderes transitorios. Pero el dueño de la prosa, o de los dibujos, seguirá siendo el lector”.

O, en otras palabras, la capacidad de los capitalistas que manejan los medios tiene fronteras intraspasables: sus posibilidades de engaño sufren limitaciones que no se pueden salvar.

Hasta siempre, “Menchi”.

 

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