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9 de diciembre de 2004 | #880

César Vallejo y el marxismo

Por Corresponsal
César Vallejo, el gran poeta peruano, nació en 1892. Publicó su primer libro de poesías, Los Heraldos Negros, en 1918. Amigo de Mariátegui, Vallejo se dedicó a la enseñanza hasta que fue destituido en 1923. Viajó entonces a Europa. En 1930 fue expulsado de Francia por razones políticas. En 1931, luego de un viaje a la URSS, se afilió al Partido Comunista de España. Desde 1932, vivió como ilegal en París, donde murió en 1938.
 
Entre sus principales obras se encuentran Trilce (1922), Tungsteno, Nómina de Huesos (41 poemas y prosas escritos entre los años 1923 y 1936), Sermón de la Barbarie (1937), España aparta de mí este cáliz (1938) y Poemas humanos (editado en 1939, después de su muerte).
 
El texto de César Vallejo que publicamos a continuación fue extraído de la primera edición de La Fragua, revista de poesía por un arte independiente ([email protected]), de la localidad de Tres de Febrero, que sus editores tuvieron la gentileza de entregarnos durante el Picnic del Partido Obrero (Nota de la redacción).
 
El que sigue es un texto publicado por César Vallejo en la revista Variedades, de Lima, en 1929. Es un encendido ataque contra los “traidores y enemigos” del marxismo que encorsetan el pensamiento y lo degradan anquilosándolo y reduciéndolo a una interpretación estrecha y literal, que empobrece su calidad de herramienta revolucionaria. La enconada crítica alcanza al estalinismo, aunque sus fundamentos sean aplicables más allá del mismo, y culmina siendo una fervorosa defensa del trotskismo.
 
“La insurreción trotskista”
César Vallejo
 
Hay hombres que elaboran una teoría o la reciben en préstamo, para luego meter y encuadrar la vida, a horcajadas y mojicones, dentro de esa teoría. La vida viene, en ese caso, a servir a la doctrina, en lugar de que ésta sirva a aquélla. Los marxistas rigurosos, los marxistas fanáticos, los marxistas gramaticales, aquellos que persiguen la realización del marxismo al pie de la letra obligando a la realidad social a comprobar la teoría del materialismo histórico aun desnaturalizando los hechos y violentando el sentido de los acontecimientos, pertenecen a esa calaña de pigmeos. A fuerza de ver en esa doctrina la certeza por excelencia, la verdad definitiva, inapelable y sagrada, la han convertido en un zapato chino, afanándose por hacer que el devenir vital tan fluido y tan preñado de sorpresas calce dicho zapato, aunque sea magullándose los dedos y hasta luxándose los tobillos.
 
Son estos los doctores de la escuela, los escribas del marxismo, aquellos que velan y custodian con celo de amanuenses, la forma y la letra del nuevo espíritu, semejantes a todos los escribas de todas las buenas nuevas de la historia. Su aceptación y acatamiento al marxismo, son tan excesivos y tan completo su vasallaje a él, que no se limitan a defenderlo y propagarlo en su esencia, lo que hacen únicamente los hombres libres, sino que lo interpretan literalmente, es decir, estrechamente. Resultan, así, convertidos en los primeros traidores y enemigos de lo que ellos, en su exigua conciencia sectaria, creen ser los más puros y los más fieles depositarios. Es, sin duda, refiriéndose a esa tribu de esclavos, que el propio maestro se resistía, él primero, a proclamarse “marxista”.
 
¡Qué lastimosa orgía de eunucos repetidores, la de estos traidores del marxismo! Partiendo de la convicción que Marx es el único filósofo de la historia pasada, presente y futura que ha explicado científicamente el movimiento social y que, en consecuencia, ha dado una vez por todas, en el clavo de las leyes del espíritu humano, su primera desgracia vital consiste en apartarse de raíz de sus propias posibilidades creadoras, relegándose a la condición de simples papagayos panegiristas y papagayos de El Capital. Acorde con estos derviches, Marx será el último revolucionario de todos los tiempos y, después de él, ningún hombre futuro podrá crear nada. El espíritu revolucionario acaba con él y su explicación de la historia contiene la verdad íntima e incontrovertible contra la cual no cabe objeción ni derogación posible, ni hoy ni nunca. Nada puede ni podrá concebirse ni producirse en la vida que no caiga dentro de la fórmula marxista. Toda la realidad universal no es más que una perenne y cotidiana comprobación de la doctrina materialista de la historia.
 
Desde los fenómenos astrales hasta las funciones secretoras del sexo del cangrejo, todo es un simple reflejo de la vida económica. Para decidirse reír o llorar ante un peatón que resbala en la calle, sacan su Capital de bolsillo y lo consultan previamente. Cuando se les pregunta si el cielo está azul o nublado, abren su Marx elemental y, según allí leen, es la respuesta. Viven y obran a expensas de Marx.
 
Ningún esfuerzo les es ya exigido ante la vida y ante los vastos y cambiantes problemas. Les es suficiente que, antes que ellos, haya existido el maestro que ahora les ahorra la viril tarea y la noble responsabilidad de pensar por sí mismos y de ponerse en contacto directo con las cosas.
 
Freud explicaría el caso de estos hombres cuya conducta responde a instintos opuestos, precisamente, a la propia filosofía revolucionaria de Marx. Por más que los anima una sincera intención renovadora, su acción efectiva y subconsciente los traiciona, haciéndolos aparecer como instrumentos de interés de clase, viejo y oculto, subterráneo y “refoule” en sus entrañas. Los marxistas formalistas y siervos de la letra son casi siempre de cepa aristocrática o burguesa. La educación y la cultura no han logrado expurgarle esas lacras. Tal, por ejemplo, es el caso de Plejanov, de Bujarin y otros exégetas devotos de Marx, aristócratas y burgueses conversos.
 
Lenin, en cambio, se ha separado y ha contradicho en muchas ocasiones el texto marxista. Si se hubiese ceñido y encorsetado al pie de la letra a las ideas de Marx y Engels relativas a la ausencia de madurez capitalista de la sociedad rusa no existiría en estos momentos el primer Estado proletario. Otras tantas lecciones de libertad da Trotsky. Su propia oposición a Stalin es prueba de que no sigue la corriente cuando ella discrepa con su espíritu. En medio de la incolora comunión que observa el mundo comunista ante los métodos soviéticos, la insurrección trotskista constituye un movimiento de significación histórica. Se trata del nacimiento de un nuevo espíritu revolucionario dentro del Estado revolucionario. Es el nacimiento de una nueva izquierda dentro de la izquierda que está resultando, a la postre, derecha.
 
El trotskismo, desde este punto de vista, es lo más rojo de la bandera roja de la revolución y, en consecuencia, lo más puro y ortodoxo de la nueva fe.

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