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26 de diciembre de 2018

Una mujer sola frente al mar

El 25 de diciembre murió la gran poeta argentina Irene Gruss.

Irene Gruss nació en Buenos Aires en 1950. Publicó los libros de poesía La luz en la ventana (El Escarabajo de Oro, 1982, Premio Municipal de Poesía a la Obra Inédita), El mundo incompleto (Libros de Tierra Firme, 1987), La calma (Libros de Tierra Firme, 1991), Sobre el asma (edición de la autora, 1995), Solo de contralto (Galerna, 1997), En el brillo de uno en el vidrio de uno (La Bohemia, 2000), La dicha (Bajo la Luna, 2004), La mitad de la verdad (obra poética reunida, Bajo la Luna, 2008), Entre la pena y la nada (Ediciones del Dock, 2015), la nouvelle Una letra familiar (Bajo la Luna, 2007) y el libro de relatos Piezas mínimas (Buena Vista, 2017). Seleccionó y prologó las antologías Poetas argentinas (1940-1960) (Ediciones del Dock, 2006) y Pasajeras del viento (poemas de Irma Cuña, Fondo de Cultura Económica, 2013). Fue colaboradora de las míticas revistas El Escarabajo de Oro y El Ornitorrinco. Formó parte del taller de poesía Mario Jorge De Lellis, junto a Jorge Aulicino, Marcelo Cohen, Daniel Freidemberg y Tamara Kamenszain, entre otros poetas. Fue militante del Partido Comunista, con el que rompió en 1974.

Hasta aquí algunos datos de una biografía que acaba con su muerte. ¿Pero puede la voz sobrevivirnos? ¿Continuar su canción apasionada? ¿Insistir, encarnada en los otros, contra la ausencia? “Rabia, contra la agonía de la luz”, pedía el poeta galés Dylan Thomas, para alejar la sombra de su padre muerto. Es esa rabia lo que insiste, lo que mueve, lo que se encarna en palabras, en poesía. Como la luz de una ventana, el libro de la vida se va abriendo hacia afuera. La voz que canta resuena en el aire, se eleva, se junta en un coro con las otras y canta, como quería el filósofo y matemático griego Pitágoras, la música de las esferas.

Cuando se acaba la vida, queda la obra. Cuando termina la anécdota, queda la poesía. “La mitad de la verdad”, decía Irene. Y pedía torcer la anécdota: “Lo que se escribe no es lo que se vive, y también es lo que se vive. ¿Quién sos cuando escribís? ¿Qué es la ficción? Es, en definitiva, la mitad de la verdad. Toda mi vida peleé por el contraste, por algo que fuese dialéctico, ambiguo, y eso me parece que es la mitad de la verdad. Esa aceptación de que no se tiene todo”. La ilusión de la verdad. La verdad como creación transitoria. Torcer la anécdota es crear un objeto estético animado por la vida real. Alejarse de la referencia para ver otra cosa. Podar la anécdota, liberarla de la superficie: escribir de menos para ver de más. No la pasión del que ha vivido algo y lo relata como fue, sino el personaje que actúa lo que ya ha vivido, el actor que inventa su escenario y vive en él su obra. Escribir es ser otro, y ser otro es vivir dos veces. Distinguir el yo lírico del yo literal o biográfico. Entrar en ese estado de sorpresa cuando se dice aquello que necesitaba ser dicho y no sabíamos qué forma tomaría para hacerse visible. Como dijo el poeta francés Paul Valéry, la poesía es “una empresa de reforma propia”. Ante la pregunta de qué quiso decir en un poema, Valéry responde: “No he querido decir, sino querido hacer; la intención de hacer fue la que ha querido lo que he dicho”.

Irene tituló Humo (Ediciones La Palma, 2014) a una antología de sus poemas seleccionados por ella misma. Su mirada es siempre intimista, ilumina zonas oscuras con una belleza a veces trágica pero nunca exenta de ironía. Un amor profundo mueve su lengua, el apego a la vida sin falsedades, los pies sobre la tierra cotidiana. Un ácido humor la acompañó en el arte y en la vida: “No escribo con el cuerpo, sino con la mano y un lápiz. Tampoco es un parto sacar un libro, a lo sumo lo es porque te sale un huevo y después no lo distribuyen”. Y también la renuncia a ver la poesía —el arte en general— como una cuestión de género: “El feminismo superficial me está agotando, porque yo lo considero útil si tenés en cuenta la conciencia de clase”, dijo en un reportaje.

Irene tiene una voz singular: “La poesía es música pero con la boca cerrada. Poner el cuerpo y la voz”. Lo inclasificable de su poesía quizá radique en que no es la poesía de una escuela o una estética determinada, sino de una persona que vivió su época con la pasión puesta en el lenguaje.

Es una de las voces que, sin duda, perdurarán, la voz de una vida puesta al servicio de esa pasión. Hay una cita del escritor estadounidense William Faulkner que retrata de cuerpo entero a Irene, y que ella utilizó como epígrafe en su último libro de poemas: “No es que pueda vivir, es que quiero. Es que yo quiero. La vieja carne al fin, por vieja que sea. Porque si la memoria existiera fuera de la carne no sería memoria porque no sabría de qué se acuerda, y así cuando ella dejó de ser, la mitad de la memoria dejó de ser, y si yo dejara de ser, todo el recuerdo dejaría de ser. Sí, pensó. Entre la pena y la nada elijo la pena”.

Por eso, la poesía nunca está de luto. La poesía es siempre de los que viajan, como el misterio, pendiendo del aire.

 

 

Algunos poemas de Irene Gruss

 

Movimiento

Una mujer sola frente al mar

es más majestuosa que él.

Puede pasar una gaviota

augurando la muerte

o puede caer el sol humedeciendo

las lonas de las carpas

hasta apagarlas,

pero una mujer

frente al mar

mece su soledad como una dueña

y no se estremece.

La luz

del mar tiene la importancia

y el movimiento de su ánimo, de su alma.

El viento suena alrededor

de la mujer

y la despierta:

ahora se trata de la playa sin luz, una mujer,

el sol caído, el sonido del mar,

carpas levantadas,

el viento que lo da vuelta

todo.

 

De La luz en la ventana (Ediciones El Escarabajo de Oro, 1982)

 

Viajo

“Esto no es natural”, dicen;

floto y avanzo por encima de nubes,

allá abajo veo mapas, franjas

o líneas, marea el escuchar conversaciones

por encima de las nubes, el cielo disminuido a una

ventanita, no a Dios,

es otro mundo, voy adonde no sé,

como el misterio viajo

y pendo del aire.

 

Torcés la anécdota

Se trata de aliviar el lado sufriente de las cosas,

mirar hacia otro lado. Él llama a esa insulsa y a vos te dice

cortala, vos intentás disipar la niebla escuchando a los pájaros.

Ese árbol, allá, un lado de tu cabeza te pide

hacé un objeto estético,

decís después, más tarde, cuando la bruma pase

como la de la mañana temprano;

O cuando te vas y tus hijos preguntan, preocupados, ¿hablaste con alguien?; les mentís amablemente,

torcés la anécdota.

Leés a una chica moderna, escribe con violencia, como si la molieran

a palos o tuviera un dolor de encías insoportable. ¿Para qué esto?,

¿lo ves? Descifrás, abrís esa caja donde el aire cabe

y exhalás, tranquila.

El mar no ruge, no brama ni aúlla, no tiene furia ni

es sereno o plateado o verde o azul;

es más pequeño que Dios.

Lo que importa ahora es disipar la niebla.

 

De Entre la pena y la nada (Buenos Aires, Ediciones del Dock, 2015)

 

Bitácora

Los pajaritos cantan también en New York, las ardillas

corren sobre cables de acero

así como bajan de los árboles del parque,

hay algo que no cuaja en el paisaje,

la ardilla cruza la Quinta Avenida,

gira su cabeza, mira con asombro lo que pasa,

esa aparente salpicadura de tonos,

ketchup más grasa más altura

inconcebible lo que ve si cruza

la anciana sobriedad de Brooklyn

la inconcebible ardilla

en hora pico, esa aparente salpicadura Pollock,

sobre Manhattan la ardilla se yergue,

pequeña como es, y huele la fritanga;

no es cosmopolita el olor a quemado

¿se huele el hidrógeno el napalm los inconcebibles

golpes de estado, la lluvia, los cerezos en flor?

Llueve en New York, los pajaritos

cantan después de la lluvia, y la ardilla va y viene,

trepa hasta la inconcebible terraza

y baja, no sé cómo, hasta un hueco

salpicado

de sangre, azules y cristal, no para hasta morder

la nuez o la avellana.

 

Poema inédito.

 

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