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8 de febrero de 2007 | #980

Cine de época debate sus términos

Por Corresponsal
La experiencia de la realización del Festival Latinoamericano de la Clase Obrera (Felco) en San Pablo dejó cerrada una declaración política y abierto un profundo debate.
 
La declaración política votada en la Asamblea de realizadores de la que participaron más de cuarenta compañeros, se encuadra por su primer subtítulo: “Una época de guerras y revoluciones”. Luego, desarrolla en tres páginas una caracterización general de la situación mundial y coloca el lugar del Felco y sus herramientas (el cine) en “el compromiso con el objetivo de la revolución social”.
 
Se arribó a esta declaración con el siguiente método: durante el desarrollo del Festival, el Ojo Obrero difundió (en español y portugués) una propuesta para la discusión de la comisión de declaración política. La comisión política se reunió durante más de cuatro horas discutiendo la propuesta y corrigiéndola hacia la presentación del despacho a la asamblea. La Asamblea General debía, entonces, recibir el despacho, debatirlo y votarlo.
 
¿Qué hizo que el debate sobre tres páginas de una declaración política demandara más de seis horas? ¿Su caracterización del estancamiento del imperialismo en Medio Oriente? ¿Su denuncia de los gobiernos de pro imperialistas de Kirchner, Lula, Bachelet, Tabaré, etc.? ¿Su crítica a los límites de socialismo del siglo XXI, a días del aplastante triunfo de Chávez? No, su forma, sus términos, sus palabras.
 
Exceptuando a dos compañeros que coincidían en plantear que “no era necesaria una declaración política”, es decir que no necesitábamos decir ni dónde estamos parados, ni hacia dónde queremos ir, el conjunto de la asamblea coincidía en su necesidad y en su espíritu general. El debate se inició por el cuestionamiento de ciertos términos y su pertenencia a un campo semántico, a un discurso: “el marxismo” (revolucionario, agregamos nosotros). “Barbarie, masas, clase obrera, socialismo... son viejos”
 
Las palabras y la lucha de clases
 
Las palabras reflejan y refractan otra realidad que está por fuera de su materialidad. En tanto signos representan, reproducen, sustituyen algo que se encuentra fuera de ellas. Los signos son también cosas materiales y singulares, cualquier objeto de la naturaleza, de la técnica o del consumo puede convertirse en signo. A todo signo pueden aplicársele criterios de una valoración ideológica (mentira, verdad, justicia, etc.). Donde hay un signo, hay ideología.
 
Valentín Voloshinov en “El marxismo y la filosofía del lenguaje” responde a la pregunta acerca de la refracción del ser en un signo ideológico, en este caso las palabras, afirmando que se trata de la interacción de intereses sociales de la orientación más diversa dentro de los límites de un colectivo semiótico; esto es, la lucha de clases.
 
La clase social, dice Voloshinov, no coincide con el colectivo semiótico, es decir con el grupo que utiliza los mismos signos para comunicarse. Así, en tanto las distintas clases sociales usan una misma lengua, en los signos se cruzan los acentos de orientaciones diversas. El signo, concluye, es la arena de la lucha de clases.
 
El carácter multiacentuado de un signo es lo que denota su vitalidad. Cuando una palabra es sustraída de la tensa lucha social, cuando permanece fuera de la lucha de clases comienza su proceso de extinción, pasa a ser objeto de la filología que en su estudio le otorga a estas sus últimos vestigios de vida.
 
En el marco de una ofensiva imperialista que somete a las masas a un estado de guerra permanente, pauperizando de manera constante las condiciones de vida de la clase obrera y conduciendo a la humanidad a la barbarie, la caracterización de viejos a los términos mencionados no constituye un llamado de atención a los filólogos a presentarse frente a su nuevo objeto, sino una de las diversas orientaciones que la lucha de clases refracta en la acentuación de un signo. La denodada lucha ideológica que la burguesía ha emprendido durante años contra el discurso del marxismo revolucionario obtiene su refracción por todas partes.
 
A quienes nos tocó defender los términos no nos domina ningún interés por el terreno no allanado aún por la filología. El debate se limitó a colocar los términos contra la materialidad de los procesos políticos y económicos a los que hacían mención para entonces sí debatir su justeza. El resultado práctico es la permanencia de los términos mencionados en la declaración, pero también deberá ser la apertura de un profundo y sincero debate.
 
La burocratización de la Unión Soviética, el realismo socialista, los gulag, las tendencias “filosófico académicas” adoptadas por los intelectuales del “marxismo occidental” arrastrados por la pesada carga de la derrota, del fascismo, del nazismo, divorciaron a las vanguardias artísticas e intelectuales de las direcciones revolucionarias de la clase obrera.
 
Sin embargo, cada situación revolucionaria produce un nuevo noviazgo. El nuevo cine militante latinoamericano es hijo del Argentinazo, de la revolución boliviana, de la rebelión popular que recorre toda América Latina.
 
El Felco es un gran paso en el reagrupamiento de comunicadores y artistas comprometidos con la lucha de la clase obrera, un paso en el camino de la reconciliación de las vanguardias estéticas con las vanguardias políticas, con la necesidad de una dirección revolucionaria. Un dato objetivo relevante es el siguiente: nunca se cuestionó que viviéramos una época de guerras y revoluciones. Los realizadores participantes de la Asamblea del Felco tienen un compromiso práctico asumido con la revolución social, y lo demuestra la firmeza de una Asamblea que debatió doce horas las resoluciones finales de un Festival de clase.

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