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15 de abril de 2019

Game of Thrones: el comienzo del fin de una épica descarnada

Se estrenó el primer capítulo de la octava y última temporada. Una serie que trastoca los estereotipos del género fantástico para mostrar la incertidumbre de la historia (y el presente).

La épica fantástica de HBO, Game of Thrones (GoT), volvió este fin de semana con el estreno del primer capítulo de su octava y última temporada. Se cierra así un ciclo que comenzó hace ocho años, colocando a esta adaptación audiovisual de la saga (aún inconclusa) de libros de G.R.R. Martin, A Song of Ice and Fire, como una de las más ambiciosas series contemporáneas.

Esta última tanda contará con seis episodios de más de una hora, que por su complejidad narrativa y de realización aparecen cada uno como un pequeño largometraje.

El nuevo episodio recoge el hilo de la séptima temporada, que concluyó con una precaria y no del todo sincera tregua de las principales facciones de Westeros (el continente principal en que se desarrolla la trama), en función de enfrentar al ejército de muertos vivos del Rey de la Noche, que ha logrado atravesar el Muro del norte y se apresta a acabar con todo lo que haya a su paso. Centrado en este peligro cada vez más inminente, el nuevo capítulo no vino con demasiadas sorpresas, aunque sí con esperadas reuniones y revelaciones entre los personajes que pueden cambiar el balance de poder actual.

GoT se ha transformado en un hito importante en la historia de la televisión y las nuevas plataformas, tanto por la multiplicidad de premios cosechados como por una colosal taquilla en todo el mundo –como lo probó el colapso que sufrieron los servidores de streaming de HBO momentos antes del estreno.

The night is dark and full of terrors

Entre los elementos que permiten pensar en las claves de este éxito, aparece una novedosa forma de representar la historia. GoT echa mano de los grandes atractivos del género fantástico clásico, asentado en una visión romántica de la Edad Media y sus historias de caballeros, para luego dar vuelta algunos de los clichés más repetidos en la literatura de espada y brujería: el heroísmo inmaculado y la “nobleza” (una palabra cuyo doble sentido no es casual), el machismo, la mirada idealista y nostálgica del pasado, el sueño de un orden y una calma al final de las batallas. Donde J.R.R. Tolkien (el creador de la saga de El Señor de los Anillos) exhibe la añoranza de un pasado más grandioso, Martín señala que ese pasado es igual de sombrío e incierto que el presente: la incertidumbre del mundo de Westeros, con la inevitable marcha de los muertos, conflictos bélicos por doquier, crisis económicas, purgas religiosas, revueltas de esclavos y alianzas políticas precarias resuena en la propia incertidumbre de los espectadores, en un mundo marcado por la crisis capitalista y sus virulentos virajes políticos.

En esta línea, lo que en otras novelas de fantasía clásica sería el núcleo de la historia –la épica de la rebelión dirigida por Robert, en la que una alianza de diferentes señores se alzan contra el llamado Rey Loco para liberar a una doncella y abren así una revuelta que desplaza al cruel monarca de su trono-, aquí opera como la prehistoria: el comienzo de la saga nos presenta a Robert como un borracho incapaz de gobernar su reino, tras lo cual sobrevendrá un largo y complejo proceso de guerras, intrigas y traiciones donde no hay seguridad alguna.

Martin reconoce entre sus influencias la serie de novelas históricas Los Reyes Malditos (1955-77) de Maurice Druon, centradas en la monarquía francesa en el preámbulo de la Guerra de los Cien Años del siglo XIV; y se ha trazado muchas veces un paralelo de la serie con la Guerra de las Dos Rosas, guerra civil del siglo XV por el trono de Inglaterra. A partir de allí construye un escenario que se distingue de otras representaciones clásicas –y al uso- del mundo medieval, más bien estáticas y desprovistas de tensiones sociales por fuera de los grandes choques bélicos. El régimen feudal de A song… y Game of Thrones está atravesado por profundas crisis económicas, por el flagelo del oscurantismo y de la especulación de los banqueros y por la miseria de las masas, que repudian los regímenes esclavistas y feudales. Aunque, vale señalar, solo expresan su repudio enfilándose detrás de alguno de los grandes señores, sin protagonizar una acción independiente.

El rol de la mujer también ha sido tema recurrente de la serie. Ya no como damisela en peligro, víctima o simple objeto de deseo, sino ocupando lugares que tradicionalmente no son representados. Daenerys Targaryen es al mismo tiempo reina y conquistadora, arrasando naciones con puño de hierro, al mismo tiempo que termina con la esclavitud. Cersei Lannister, no es solamente la reina de Westeros o una figura materna, es a través de una planificación estratégica quien se vuelve una de los más importantes agentes de la política de los Siete Reinos. El traslado sobre estos temas del libro a la pantalla chica ha tenido varias controversias, en particular en su representación de situaciones de abuso y una espectacularización de la violencia. Aun con ello, las mujeres aparecen como las principales protagonistas y figuras de poder.

“Winter is here”

Sin ser la primera en abordar estos temas y en subvertir los anclajes de estereotipos del género fantástico, GoT se ha apoyado en estas estratagemas para transformarse en un fenómeno mundial de la cultura pop, afín a un presente de crisis económicas, de levantamientos y caída de regímenes, de la ruptura de los reagrupamientos imperialistas y de crecientes choques comerciales y bélicos entre las potencias.

Con el inicio de la cuenta regresiva hacia el final, nos queda preguntarnos si en esta épica, después de que los muertos marchen por el continente, quedará siquiera un trono del cual hacerse al final.

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