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15 de agosto de 2019

La odisea de los giles y las desventuras de la clase media

Por si el enorme presupuesto, el elenco que no escatima en famosos (Ricardo Darín, Verónica Llinás, Luis Brandoni, Carlos Belloso, Daniel Aráoz, el Chino Darín…) y el récord de salas para su estreno no bastaran para aspirar a la taquilla, para La odisea de los giles el golpe de mercados de esta semana será seguramente un golpe de suerte adicional para atraer audiencia.

Sucede que la nueva película de Sebastián Borenztein tiene como disparador otro episodio de colapso, el de diciembre de 2001, y en particular en una de sus expresiones más famosas, la del corralito, cuyo fantasma ha vuelto a aullar en estas horas en las cenas familiares y los informativos.

En la trama de este film basado en una novela de Sacheri, un grupo de un pueblito de Buenos Aires emprende la restauración de un viejo silo abandonado para transformarlo en una cooperativa, un sueño nobilísimo que –como el film bromea de entrada- está llamado a ser reventado por el corralito, junto con los esforzados ahorros de sus emprendedores. Luego de que ello efectivamente suceda, y tras descubrir que un oportunista informado de la debacle se hizo con el dinero que ellos han visto evaporarse en el banco, estos autopercibidos “giles” buscarán recuperar lo que les fue robado.

La narración combina el gag costumbrista con la trama de acción y el melodrama familiar con el encanto de los pueblos. La Odisea… atrae en su apuesta inicial por contar un complejo plan de robo, suerte de Ocean’s Eleven local, y en particular en el detalle de los problemas técnicos (tendidos eléctricos, alarmas, explosivos) que esto acarrea, pese a que algunos acontecimientos hacen preguntarse por qué el malo de la película no se toma el buque ante la primera señal de peligro.

Ante todo, la trama de suspenso parece chocar con la apuesta del film de cimentarse en una suerte de ‘estructura de sentimiento nacional’ según la cual, como insisten los personajes y describe el director en entrevista, “giles somos todos excepto una docena de tipos que manejan todo. La ‘gilada’ somos los ciudadanos, los tipos honestos (…) Es una palabra que tiene mucho que ver con la idiosincrasia argentina” (El Cronista, 15/8).

Quien está llamada a encarnar esta idea y llevar la batuta de la acción es la clase media, representada en el personaje de Darín, que dirige una troupe de “giles” variados en la que no puede dejar de notarse que los más pobres son a su vez los más dignos de caricatura (los piqueteros de esos años, que le dieron una valiosa inspiración de lucha a los caceroleros, no parecen haber hecho mella en los narradores), y las mujeres deben mantenerse fuera de la acción.

La predilección por aquel fundamento moral, que dividiría al ciudadano de pie de los villanos, aparece como un axioma que recuerda bastante a algunas editoriales de Clarín, y obliga a recargar de justificaciones emocionales y éticas y pruritos un crimen para el que no exigiríamos mayor motivo que comer pochoclo, y a dejar rápidamente de lado las responsabilidades de las crisis social para concentrarse en un villano con poca paciencia. Compuesta esta pintura, las repetidas citas al anarquista Bakunin por parte del personaje de Brandoni destilan algo de farsa de la Patagonia Rebelde.

La presencia de Darín y de venganzas cargadas de explosivos seguramente traerá a la memoria de muchos el ‘Bombita’ de Relatos Salvajes. Pero allí donde Szifrón combinaba esta revancha ciudadana con una ácida ironía sobre la propia clase media, en particular en el espléndido cortometraje final, La Odisea… la consagra como la llama de una honestidad dignamente inofensiva. Borensztein no parece tener tapujos en reconocerlo, cuando protesta por la falta de recomposición política post 2001 y señala que el gil de la idiosincrasia local “es el corderito que hace lo que tiene que hacer… ¿Qué otra te queda? ¿Uno puede moverse por fuera de los sistemas en los que vive? No se puede. Y un poco se asume de esa forma”.

 

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