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31 de agosto de 2019

El Marginal 3: la sociedad carcelaria

Concluyó esta semana la tercera temporada de la exitosa serie de Canal 7, que explota el submundo de la vida carcelaria.

Los ocho capítulos de esta nueva entrega, que puede verse en plataformas, se desarrollan en el intervalo que va desde el ascenso de “Los Borges” al control del penal de San Onofre (2° Temporada) a su agotamiento y decadencia (1° Temporada), y tienen como hilo conductor el ingreso de un nuevo reo que será cuidado por “Los Borges” a cambio de dinero y conexiones.

Los negocios al día

Una de las marcas registradas de la serie a lo largo de sus tres temporadas es la fluidez y combinación de distintos negocios al interior del penal. Están los de fachada, como el manejo de la carpintería, que a su vez expone el régimen de precarización y las condiciones de cuasi servidumbre como única oferta excluyente para quienes quieran cumplir su condena aportando algún ingreso a sus familias dentro de los marcos de la legalidad y el buen comportamiento. Y por otro lado, el sinfín de negocios turbios que forman el botín que suscita los reiterados conflictos por el control de San Onofre: la producción y comercialización de drogas; los vínculos con el narcotráfico; la prostitución y la coacción a los familiares de los reos; los “kioscos”; las apuestas; los secuestros y salidas exprés; los favores e intercambios; todo tiene su precio en San Onofre y cada quien ocupa su lugar en la diferenciación social garantizada por las bandas y la connivencia con la estructura carcelaria. De esta forma los negocios legales solo operan como la tapadera de los verdaderos negocios, esos que inyectan miles de dólares y que sirven para mantener la estructura jerárquica al interior del penal. El disciplinamiento en San Onofre no será por obra de una “sana” política carcelaria sino que estará en manos de la circulación y reproducción del capital.

En esta temporada, “Los Borges” mantienen el liderazgo de los asuntos del penal e imparten disciplina y justicia bajo sus métodos, tarea que tienen a su cargo gracias a la participación de uno de los personajes más destacados de la serie, el director de San Onofre, Antín (Gerardo Romano). Con su flexibilidad y cintura, Antín es el último garante del funcionamiento de este extracto exacerbado de nuestra sociedad capitalista. Es quien se vale de su autoridad para volcar los recursos represivos del establecimiento del lado de sus socios circunstanciales (antes el “Sapo”, ahora “Los Borges”). Y quien se anticipa a armar los relevos necesarios allí donde el liderazgo de las bandas empieza decaer. Antín es el tutor de la sociedad carcelaria, a las veces que hace de nexo entre las bandas y el poder político y empresarial.

Tal es así la cosa que incluso la serie le resta valor a las disputas entre garantistas y punitivistas. Mientras se muestra a los primeros como alejados de la realidad, manipulables e impotentes, se condena a los segundos como rígidos, inflexibles e ineficientes. Antín, sin bandos ni principios, será la pieza fundamental que aceite los mecanismos de la maquinaria carcelaria, en una sociedad donde jueces, funcionarios y empresarios convalidan este tipo de sistema carcelario.

La lucha por el poder

Otra de las constantes que nos deja San Onofre es la disputa entre las distintas bandas por el control del penal.

En esto, las revoluciones se incuban allí donde se acumulan las arbitrariedades, abusos y contradicciones, dando lugar a que la cantidad se convierta en un salto de calidad. Aquí jugará un papel imprescindible “la sub 21”, quienes representan al sector más prole de San Onofre. Confinados al patio del penal, al despojo de todo derecho y al ninguneo de las autoridades, ocupan en la representación de la cárcel el lugar del pueblo. Todas las rebeliones del penal tienen lugar cuando alguna de las bandas logra volcar a su lado a “la sub 21”. Inexpertos, sin ambiciones de poder, con principios propios, “la sub 21” carece de un horizonte independiente y de confianza en sí misma, lo que la lleva a convertirse en una variante manipulable de quienes se candidatean para asumir el control de San Onofre, quienes una y otra vez defraudan las expectativas de los primeros en transformar las condiciones del penal.

Una de las incorporaciones llamativas de esta tercera temporada es la referencia casi explícita a Ricardo Barreda (“Tubito”, interpretado por David Masajnik), a partir de la cual se trata de desarrollar profusamente la psicología del femicida: sin culpas, ni remordimientos, y como un factor de descomposición de lo más sano del penal (Emma, la asistente social que encarna Martina Gusmán). En esto la serie no aporta mucho , ya que encara la cuestión sin salirse de la órbita de las relaciones interpersonales, en un abordaje tan superficial y paralelo de la cuestión que termina por deslindar de responsabilidades al poder político y al Estado.

Con el final de esta tercera temporada queda consolidada toda la historia de los principales protagonistas de El Marginal, señalando que la próxima entrega será sobre el futuro de “Los Borges” y otros protagonistas. Desde el punto de vista de esta ficción donde se extreman ciertos aspectos que hacen más al marketing de la producción que a la realidad carcelaria, nos es lícito plantearnos ¿cuán lejos están de parecerse las cárceles a nuestra sociedad? Y ¿bajo qué formas se reproduce esta dinámica en el contexto de encierro? Habrá que ver que otras sorpresas y conclusiones nos deja el próximo tramo de esta historia.

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