fbnoscript
3 de octubre de 2019

“Apache” y la construcción del ídolo

Familia, meritocracia y marginalidad en la serie biográfica de Carlos Tévez.

Producida por Torneos y por Netflix y escrita y dirigida por Adrián Caetano, Apache: la vida de Carlos Tévez es varias cosas en una. 

En primer lugar, es una serie (una biopic) que en ocho capítulos cuenta desde el nacimiento de Tévez hasta su debut en la primera división en el Club Atlético Boca Juniors. Pero también se trata de un relato que se pretende inspirador sobre el esfuerzo personal y la importancia de las relaciones y los cuidados familiares.

 Además, pretende ser un cuadro o una descripción “cruda y realista” de un ambiente complejo como el “Fuerte Apache” (el Barrio Ejército de los Andes en Cuidadela) de los noventa. 

Finalmente, es el debut en la producción de contenidos de ficción de Torneos, una empresa dedicada a la producción de contenidos deportivos (más de 21 mil horas al año, según reza en su página web) para distintos canales, que posee los derechos de televisación de las principales competencias deportivas en general (y futbolísticas en particular) en toda la región. Esto es, Apache es la serie con la que entran al ruedo de la ficción deportiva televisada los dueños de la pelota. Con un agregado: en la producción forma parte el propio Tévez, lo que hace de esta biopic un intento de construcción de imagen tanto empresarial como deportiva.  

Una vida inspiradora  

Ya desde el comienzo de la serie queda claro que la intención es construir dos grandes historias: la primera es la de la infancia de Carlos Tévez y la segunda es la descripción cruda del contexto en el cual esa infancia va a desarrollarse. Para la historia de la vida de Tévez la serie cumple con todos los requisitos del género de las biopic o bioseries, que fundamentalmente se dirige a “mostrar una vida real”. Placas aclaratorias, como la del comienzo de cada capítulo que señala que la serie está “basada en hechos reales de la vida de Carlos Tévez”, junto a testimonios de Tévez frente a cámara en una terraza con el “Fuerte Apache” a sus espaldas, son los primeros recursos usados para anclar con lo real del relato. “Ciudadela, 1984” es la primera indicación de tiempo y espacio reales y pone al espectador frente al primer gran desafío que tuvo por delante Tévez en su vida: el accidente doméstico que le produjo quemaduras en gran parte de su cuerpo. Ese hecho es el primer gran obstáculo, el primer gran peligro y el primer indicio del ángulo elegido para narrar la historia.

Toda la vida de Tévez es una vida de obstáculos y desafíos que él logra sortear por los valores y los cuidados familiares. En la historia de Tévez -tal como la cuenta la serie-, nos encontramos con una estructura melodramática típica: el predominio de las relaciones elementales de parentesco, de una familia biológica que es disfuncional (mamá Fabiana) pero que le deja lugar a otra que sí cumple con los roles de cuidado y protección. La presencia de la madre (mamá Adriana) como figura arquetípica de cuidado extremo, tanto dentro del hogar como “rescatándolo” del barrio varias veces. Cuando la trama familiar se pone en relación con el entorno, esta estructura primaria se refuerza aún mucho más.

Pero no sólo hay grandes madres como Adriana que cuidan al extremo a sus hijos: también hay “padres”. Los hay más determinados por el barrio y sus valores, como el Abuelo de Carlos, o presentes desde su ausencia, como el papá biológico de Carlos o el de Danilo. Y está Segundo, quien asume la paternidad de Carlos y la ejerce desde el ejemplo y el consejo permanente, volviéndose un “guía moral”. El propio Tévez remarca en un testimonio la importancia que en su vida tuvo su familia, algo sobre lo que la serie redunda: “Yo creo que mis papás, Segundo y Adriana, son los pilares de lo que soy hoy”.

Es por eso, fundamentalmente, que Carlos llega. Por su familia, por los valores adquiridos y los cuidados recibidos. Todo lo que no tuvo Danilo, su alter ego en la serie, aquel que, como le dice el técnico de Liniers, tiene muchísimo talento para el fútbol pero carece de conducta. Esa que le sobra a Tévez y que es producto de su lugar de hijo en una familia y que nunca hubiera podido tener Danilo, que fue siempre un hijo del barrio.

El barrio al ataque

El “Fuerte Apache” de la serie, la otra gran historia, también tiene todas las marcas del género. En este caso, de ese particular “realismo sucio” que es una constante en los trabajos de Adrián Caetano. Desde su debut como codirector en Pizza, birra y faso (1998) ha tenido una particular debilidad por lo marginal, plasmada en gran parte de sus trabajos cinematográficos y televisivos (Un oso rojo, Bolivia, Tumberos, El marginal, Disputas, etc.

En Apache, donde además de director oficia de guionista, vuelve al margen y a la marginalidad y también al mismo modo de hacerlo visible y que ya es una marca de su estilo. Una enorme cantidad de indicadores construyen un acuerdo temático y retórico que tiene lo “real” como referente. Así, las locaciones (la serie fue filmada íntegramente en el Fuerte Apache) que redundan en la miseria: paredes sin revoques, calles con agua, pasillos desvencijados, casas destruidas, etc., mostradas casi como un registro documental que solo recuperan el carácter ficcional por la insistencia y la repetición. La misma operación se realiza con los personajes del barrio y sus lugares de acción: la violencia, la calle, el consumo estratosférico de cerveza, el de la droga, la cumbia, los modalidades del habla y el modo de mostrar las acciones de los personajes son los elementos elegidos para mostrar/construir un “Fuerte Apache” que cumple con todos los requisitos de una mirada ajena. Mirada que no romantiza ni es piadosa pero que, al insistir en esa construcción de lo “real” anclada en el estereotipo y el cliché (que en las escenas de violencia llega al extremo), y en la distancia que suponen esos elementos -tiempos, acciones y espacios- con el “nosotros” al que se dirige la serie, dice más de ella que de lo mirado.

Nada nuevo con una industria cultural que busca siempre la identificación. En este caso, de forma insistente a través del impacto que supone el registro crudo de un barrio peligroso y hostil, de pandillas en ascenso, de consumos de drogas y de violencia desmadrada.    

Espejos, identificaciones e imágenes

Las dos historias corren paralelas y sólo en ocasiones se juntan pero encuentran en Danilo un nexo que, como no podía ser de otra manera, es un nexo trágico: un hijo del “Fuerte Apache” no iba a poder ganar el partido de su vida. Sí, en cambio, lo podía hacer Tévez. Ahí está puesto el foco: en la superación personal lograda por los valores inculcados que derrotó todos los obstáculos, aún en condiciones externas de catástrofe.

Una página más en un largo relato que encuentra en el ámbito del deporte un suelo fuerte y en los ídolos deportivos su corporización. Relato que redunda en el esfuerzo personal (con ayuda familiar, como en este caso) como causa del éxito y que vuelve sobre todos los tópicos de la meritocracia y el sacrificio. Un “hacerse a sí mismo” tan burgués como vigente y actual en los discursos y, sobre todo, compartido con ese “nosotros” al que apunta la serie y que es la base de la admiración posible.

El ídolo debe parecerse como requisito fundamental de interpelación. En las sociedades modernas -tan clasistas en su contenido como “democráticas” en sus formas- el ídolo tiene que ser uno de nosotros, que a fuerza de sacrificio, esfuerzo y talento personal se distingue del resto y se vuelve modelo. El Tévez de Apache es un intento de hacerlo parecido a un “nosotros” que se impacta con lo crudo del relato de un ambiente hostil (y muy ajeno) y se emociona con una historia que inspira. Intento de construir, en definitiva, una imagen con los jirones que quedan de aquel que fuera “el jugador del pueblo” (otro relato que evade a las clases sociales, pero de contenido plebeyo), que viene a reafirmar ese origen lejano en el tiempo y en el espacio, casi como un ayuda memorias a puro estereotipo y redundancia.    
 
      

En esta nota:

Compartir

Comentarios