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14 de enero de 2020

Jojo Rabbit: una sátira del adoctrinamiento nazi

Estrenada hace unos pocos días, Jojo Rabbit disparó la polémica en la crítica mediática, sumando adeptos y detractores, debido a valerse del recurso del humor para abordar un tema sensible como el nazismo y sus consecuencias para la humanidad.

Dirigida por Taika Waititi –quien a su vez representa al personaje de Adolf Hitler-, narra la historia del joven Jojo Betzler: un niño de 10 años, entusiasta nacionalsocialista, que aspira a destacarse como referente de las juventudes hitlerianas. Los deseos de Jojo se ven reflejados en las apariciones de su amigo imaginario, Adolf Hitler, quien lo aconseja y lo alienta a trasgredir sus límites para convertirse en el ideal de joven nazi. Para lograr esto tendrá que enfrentar el desafío de contrastar la ideología del Führer con el vínculo que se ve obligado a construir con una adolescente judía que su madre resguarda en secreto en su casa. Esta última será el cable a tierra del pequeño Jojo, cuya idealización del nazismo lo conduce a una fe ciega en el régimen.

La ideología desde el absurdo

Una de las mayores virtudes de la película es que nos ofrece una interpretación de los argumentos supremacistas de la “raza aria” desde la perspectiva de los niños, para quienes las afirmaciones de sus superiores, sean del carácter que fueren, constituyen la verdad revelada.

Para esta labor se abusa del humor negro y de la parodia del estereotipo de nazi. Los mejores diálogos son los que protagonizan Jojo y su otro amigo –este sí real- Yorki, quienes cada tanto intercambian sus reflexiones acerca de las divergencias entre lo que han aprendido en su adoctrinamiento y la realidad, la mayoría de las veces desde un lugar de ingenuidad, despojados de toda crueldad, que sirven para ridiculizar a sus superiores y poner todo el peso de la responsabilidad en cabeza del régimen fascista y su discurso.

Jojo tendrá que hacerse una idea de la realidad en su afán de escrutar los misterios de una huésped indeseada. La joven judía, Elsa, pasa sus días y noches en un escondite en el muro del ático, en lo que parecería una referencia a la persona de Ana Frank, quizás la razón de que su papel no sea objeto de agravio alguno. Elsa será para Jojo el principio del derrumbe de todas sus ideas: la muestra viviente de que la ideología antisemita no es más que un conjunto de descalificaciones, calificativos e invenciones, sin sustento alguno.

El humor para desafiar al enemigo

Del mismo modo, que en la década de 1940 Charles Chaplin lleva a la pantalla grande su aclamado largometraje “El Gran Dictador”; o “Los Productores” de Mel Brooks (1967); Jojo Rabbit se vale del ridículo para rechazar al fascismo y su ideología.

Del mismo modo que Roberto Benigni al dirigir “La vida es Bella” logró conmover a millones de espectadores con su humor extraordinario en uno de los escenarios más deshumanizantes que ha conocido la historia de la humanidad.

Los personajes de Jojo Rabbit se desenvuelven en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial, lo que permite mostrar con mucha nitidez la bajeza humana del régimen.

Para algunos, la sátira del nazismo serviría al propósito de banalizar una política peligrosa para la humanidad, la cual correspondería tratar desde una perspectiva crítica y más solemne. Sin embargo, el humor, bien utilizado, puede ser una herramienta más en el combate, más aún si estas intentan presentarse en los términos de una ideología sensata.

Chaplin ya había señalado que “si no podemos reírnos a veces de Hitler, entonces estamos más perdidos de lo que pensamos. Hay algo saludable en la risa, en poder reírnos de las cosas más sombrías de la vida. De reírnos de la muerte, incluso”.

Ideología e imperialismo

La doctrina nazi nace como un recurso ideológico para justificar las pretensiones expansionistas de la potencia germana. Su inverosimilitud y su bajeza cultural es tan solo una expresión de la decadencia capitalista en su etapa de agonía imperialista. Lo que es válido para la Alemania nazi, lo es también para el adoctrinamiento ideológico del resto de las burguesías imperialistas. Toda incursión bélica o ataque de una potencia imperialista siempre es presentada en los términos de una tarea histórica en manos de una nación o grupo social. Es una máxima que se puede encontrar desde el sintoísmo estatal japonés, el fascismo italiano, el sionismo, y la exportación de “democracia y la libertad” en las que se respaldan las intervenciones militares yanquis. Cuán lejos han quedado los postulados de la burguesía revolucionaria de “libertad, igualdad, fraternidad”.

Jojo Rabbit se centra en el problema del adoctrinamiento, particularmente en los niños, con algunas referencias al carácter represivo y asesino del régimen fascista, de allí que sus alcances políticos quizás sean un tanto estrechos. También deja deslizar alguna crítica a la frialdad del bando aliado respecto al trato para con “los niños del régimen”.

En definitiva, resulta una buena lección del ridículo de la ideología dominante al servicio del capital imperialista. El mundo está lleno de Jojos Rabbit que más temprano que tarde tomarán conciencia de esta realidad.

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