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7 de febrero de 2020

Las nominaciones al Oscar 2020, en un mundo trastornado

Las reseñas en Prensa Obrera de las películas candidateadas.

Entre quienes polemizaron con las nominaciones a los Premios Oscar de este año, más de uno escogió como eje la “ausencia de política” entre las películas escogidas para las principales categorías. Es el caso del artículo de David Cox para The Guardian (30/1), que lanza sus invectivas sobre lo que ve como un alejamiento de los “asuntos de preocupación actual” en films como Érase una vez en Hollywood y El irlandés, falta de compromiso en 1917, “horrorosos vacíos” en Joker, superficialidad sentimental en Historia de un matrimonio y nula seriedad de Jojo Rabbit (que son junto a Le Mans '66, Mujercitas y Parasite las nominadas para Mejor Película).

Pese a que el artículo goza de sus propias horrorosas superficialidades, no puede decirse que la idea -que también puede verse en algunas publicaciones izquierdistas- carezca de fundamentos, y desechar sin más las aseveraciones de que “el ascenso del populismo no ha dado equivalente al Gran dictador de Chaplin”, “nuestra crisis del capitalismo todavía debe producir su Metrópolis” y “el miedo a la inteligencia artificial no ha entregado un 2001”. Que Hollywood atraviesa una larga mala fase en cuanto a hitos de calidad, y en particular en lo referente a una reflexión de fondo sobre el mundo social, parece desprenderse con facilidad de comparar los Oscar de 2020 con cualquiera de los de los ‘70 u ‘80 (los de 1979, por tomar un caso, reunieron en el podio para Mejor Película nada menos que a Kramer vs. Kramer, All that jazz, Apocalypse now, Breaking away y Norma Rae).

Lo cierto, con todo, es que estos críticos sufren del mismo problema que denuncian, que es la incapacidad de vincular las actuales producciones de la industria cultural con las cuestiones centrales de nuestra época. 2019 fue, como han debido reconocer los apologistas del capital, un año signado por grandes rebeliones en numerosos países del mundo, en combinación con crisis de Estado. Esta turbulencia global no será el eje de los filmes nominados por Hollywood, pero hace sentir en estos su huella, como buscaron mostrar las reseñas críticas publicadas durante el año en Prensa Obrera.

Quizá el más explícito ejemplo se haga sentir en Parasite, del talentoso director Bong Joon Hoo, que hace de la división de clases su tema. En su análisis publicado en ocasión del estreno argentino, Santi Gonzalez desmenuza la inteligente interacción entre las decisiones argumentales y los recursos de puesta en escena, así como la peculiar combinatoria de géneros, que vehiculizan un cuestionamiento de los mitos del ascenso social bajo este régimen y un llamado de atención sobre los problemas que acarrea la desunión de los explotados. Y rastrea en el film las señales de las catástrofes sociales en la historia reciente de Corea del Sur, donde manifestaciones masivas contra las reformas laborales derrocaron hace dos años al gobierno conservador.

Parasite enfilaba para muchos como la favorita para la categoría central, pero en las últimas semanas el asunto ha resultado cuestionado por el estreno de 1917, film sobre la Primera Guerra Mundial de trama simple y virtuoso plano secuencia. Como buscamos mostrar en nuestro comentario, la película de Sam Mendes refracta en su relato poco reflexivo, de difícil mixtura entre chauvinismo y notas pacifistas, las encrucijadas de los artistas que buscan exorcizar los aires de guerra del presente y las tendencias a la disgregación de la Unión Europea, sin meterse con el régimen que les da origen.

La siguiente Guerra Mundial es el contexto de Jojo Rabbit, la película de Taika Waititi que explora de forma cómica el adoctrinamiento de los jóvenes bajo el nazismo, y que hace su aparición en momentos en que la crisis de gobiernos y partidos de distinto signo, en particular los de la socialdemocracia europea que tomó en sus manos las políticas de ajuste, ha sido el contexto para el crecimiento de formaciones ultraderechistas. La reseña de Diego Bubu y Marcelo Mache no solo toma posición sobre el humor como arma de la crítica, sino que dota al argumento de la película de un mayor alcance al de la misma, al recordar similares amaestramientos ideológicos en los imperialismos de cuño “democrático”.

Del humor sobre la barbarie pasamos a la barbarie detrás de la sonrisa con Joker, el film sobre el origen de este paradigmático enemigo de Batman en el que el cineasta Todd Philips, en palabras de Agustín Carucha, se aleja de los “actuales estándares del cine de superhéroes plagados de CGI, roles estereotipados y guiones predecibles” para “devolvernos al clásico cine negro de los 70’s”, desde una mirada atenta al malestar de los desposeídos. El autor traza paralelos entre la crisis social del Estados Unidos de esa década, en la que se ambienta el relato, y los dolores del presente en Estados Unidos, cebando estallidos como los que el Joker viene a inspirar en la trama.

El principio de ese dolor de los ‘70, en particular con la decadencia del movimiento hippie y la crisis de géneros fílmicos clásicos como el western, es el latido de Érase una vez en Hollywood recuperado en la crítica de Miles Harvey, que vislumbra asimismo en la obra tanto los abismos sociales dentro de la industria del cine como las señales de amor hacia el séptimo arte, en lo que caracteriza como uno de los “film más personales” de Tarantino.

Nuevos cismas en el mundo del audiovisual, que venimos siguiendo en Prensa Obrera, están en la base productiva de El Irlandés, como destaca Marcelo Mache en su glosa de la extensa pieza de Scorsese, al caracterizarla como “una apuesta fuerte de Netflix, amenazada por el reciente lanzamiento de Disney Plus, que, por su nivel de concentración de recursos, aspira a imponerse en el negocio de las plataformas de streaming”. En estas condiciones pudo desarrollarse el multimillonario proyecto que tenían hace largo De Niro y el director, quien vuelve con sus clásicas armas narrativas para meterse en un tema de candente actualidad: la burocracia sindical y su descomposición.

Finalmente, en otras categorías desfilan producciones como Los dos papas (Actor, Actor de Reparto y Guión Adaptado) y Star Wars: el ascenso de Skywalker (Banda sonora, Efectos visuales y Edición de sonido). Si la necesidad de embellecer a la Iglesia Católica, golpeada por masivas expresiones de repudio a abusadores y crisis internas es el alma de la primera, como expone María Chuli en su artículo, la segunda viene -acorde a Domingo Díaz y Marcelo Mache- “marcada por una galaxia dominada por la tiranía (...) Es la era de los Trump, Bolsonaro, Johnson y sus símiles, pero también de las grandes irrupciones populares”.

Incluso en una era de relativo distanciamiento de las luchas populares por parte de los cineastas con mayores posibilidades de producción y colocación, y de consiguiente sub-representación de los explotados, la tierra tiembla y algo del sismo llega a las pantallas. 

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