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11 de febrero de 2020

Narcos México 2: ¿Es hora de quitarse los guantes?

Este jueves se estrena en Netflix la segunda temporada, que seguirá los pasos del cartel de Guadalajara.

Con el interrogante del título nos quedamos al final de la primera temporada de Narcos-México, cuando en una reunión informal de lo que se supone la cúpula de la DEA (la "Drug Enforcement Administration" estadounidense) en el país azteca, uno de sus agentes manifiesta que “es hora de cambiar de método en México (…) es hora de quitarse los guantes”.

Esa determinación respondía al asesinato -un hecho verídico- del agente de la DEA Enrique “Kiki” Camarena Salazar. Salazar se había infiltrado en el naciente cártel de Guadalajara, por orden de los líderes de la organización, y su muerte sería el pretexto para lo que pasó a la historia como “Operación Leyenda”, el operativo de los Estados Unidos y la DEA para dar caza y muerte a los principales cabecillas del cártel.

Sobre esto tratará la nueva entrega de Narcos México que se estrena esta semana, y que narrará junto a ello el ascenso de Miguel Ángel Félix Gallardo (interpretado por Diego Luna) al frente del cártel de Guadalajara -señalado, justamente, como uno de los principales responsables intelectuales del crimen, junto a sus socios Caro Quintero y Ernesto Fonseca Carrillo (Don Neto).

Una trama más que actual

Sin mayores adelantos sobre la trama, es de prever que asistiremos -nuevamente- a un guion tipeado por el imperialismo norteamericano, a propósito de una historia que lo compromete fuertemente. Sucede que en 2013 tres ex agentes de inteligencia norteamericanos declararon que Camarena había sido asesinado por cuenta de la CIA, ya que había descubierto un vínculo entre Washington y los narcotraficantes, con parte del dinero de esos enguajes utilizado para financiar a los reaccionarios Contras durante la revolución sandinista en Nicaragua (El País, 14/10/13). El que habría dado la orden de matar a Camarena era el agente Félix Ismael Rodríguez, quien se había hecho toda una reputación contrarrevolucionaria por su participación en la invasión de Bahía de Cochinos (contra Cuba) y en la captura del Che Guevara en Bolivia.

Ayer como hoy, el combate al narcotráfico es el pretexto más invocado por el imperialismo norteamericano a la hora de reforzar su política militarista en Latinoamérica, hacer parte del trabajo sucio que no puede realizar abiertamente y justificar la entrada de sus tropas en países extranjeros. Algo que se da a lo largo y ancho del continente, como se vio recientemente ante la rebelión en Colombia, o con la reciente aprobación por parte del Congreso argentino al ingreso de militares yanquis en el marco del “Programa de Ejercitaciones Combinadas”.

Pero la realidad de la “guerra contra el narcotráfico” es justamente la que presenta de forma descarnada el México actual, con un entrelazamiento profundo entre estas bandas criminales y las fuerzas represivas del Estado mexicano y la DEA. Ese es el cuadro de la escalada sin freno de la violencia y los asesinatos en el país, que ha continuado durante el gobierno de López Obrador: la culminación reciente de su primer año de gobierno mostró que no se han reducido en lo más mínimo las escalofriantes cifras de homicidios, con más de 30.000 víctimas por año. La incapacidad estatal para hacerle frente al crimen organizado volvió a verse a fines del año pasado, con la detención de Ovidio Guzmán López (hijo del “Chapo” Guzmán), rápidamente liberado bajo la amenaza del cártel de Sinaloa de desatar un baño de sangre en la ciudad de Culiacán.

¿Es hora de cambiar los métodos en México? Parecería ser que esta nueva entrega nos propone una vieja receta para un mismo problema. Tendremos que esperar al jueves para constatarlo.

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