04/07/2017

Astor Piazzolla (1921-1992): un diablo, un ángel

A 25 años de la muerte del gran bandoneonista.


Astor Piazzolla es una referencia insoslayable en la historia del tango, por haber abrevado en las expresiones tangueras de la época de oro (1935-1955) y, a la vez, haberle incorporado una impronta renovadora. Esa renovación permitirá en los “años oscuros” de los 60 y 70 -aún reducido en masividad- que el tango mantenga un vigor creativo enorme.


El destino quiso que estuviera en Nueva York -donde pasó gran parte de su infancia- cuando Carlos Gardel fue en 1934 a filmar El día que me quieras. Así conoció al gran cantor, actuó en su película, lo paseó haciéndole de intérprete en la Manhattan de entonces, con su conocimiento de pibe atorrante, que Gardel -con seguridad- valoró, y terminó debutando en un asado con su bandoneón para acompañar al más grande. Todo un presagio.


En 1939 regresa a Buenos Aires y se incorpora a la orquesta de Aníbal Troilo, ya consagrada. Pichuco se ve impactado por ese muchacho de 18 años que es un virtuoso del bandoneón y le da la responsabilidad de ser arreglador de su conjunto musical. Troilo dirá del “gato”, como él lo llamó, que al conocerlo se está en presencia de un diablo y un ángel simultáneamente, por las características de su personalidad. En verdad cuando se escucha la música de Piazzolla se sienten su pujanza, su violencia interior y su lirismo. El gran Pichuco no se equivocaba en la caracterización.


Ya consagrado, Piazzolla dirá que esos años (la crisis del 30) de Nueva York en barrios con hambre, bronca y violencia están presentes en su obra, del mismo modo que se nutre de las consecuencias de la post-guerra en Europa cuando va a París en 1953 a estudiar armonía, música clásica y contemporánea con Nadia Boulanger, que lo convence de seguir con el tango. A partir de esa experiencia no sentirá más la necesidad de optar entre la música clásica y el tango. Su aprecio por el jazz, la obra barroca de Bach, Bartok y Stravinsky se sintetizarán en su obra sin conflicto. Según su propia apreciación su maestra lo había convencido de que él poseía algo intransferible: estilo.


En 1955 vuelve a Buenos Aires, arma una orquesta de cuerdas en la que incorpora al cantor Jorge Sobral y compone Tres minutos con la realidad, donde sintetiza el tango con Stravinsky y Bartok.


En 1959 estando en Nueva York compone Adiós Nonino, al enterarse de la muerte de su padre. Esa obra recorrerá el mundo y será, según él mismo, insuperable en su producción, aun considerando sus extraordinarios Las Estaciones y La serie del Ángel de 1960.


La popularidad


Pero aun con un gran reconocimiento de “la academia”, por la resistencia de los viejos tangueros que no lo querían y le negaban pertenencia al género, su popularidad era escasa. Es su vínculo artístico con el poeta Horacio Ferrer lo que lo catapulta en la valoración popular. Ya había grabado Introducción a Sobre Héroes y Tumbas, con letra de Ernesto Sábato, y El Tango con las voces de Luis Medina Castro y Edmundo Rivero sobre textos de Jorge Luis Borges; pero será con Balada para un loco que el gran público lo consagrará.


Ha llegado su momento de esplendor. María de Buenos Aires, su operita, ya se había estrenado en 1968. En 1970 con Ferrer crean el oratorio Pueblo Joven>; en el 71 toca en el Colón y crea Concierto de Nácar para 9 tanguistas y orquesta filarmónica>; en el 74 toca con Gerry Mulligan Summit>; en el 75 graba Tangazo -para orquesta sinfónica- y en el 75 a la muerte de Pichuco le dedica Suite Troileana.


Piazzolla tampoco es un rayo en cielo sereno, otras expresiones del tango prefiguraban su gran obra como el tango Negracha y La Yumba, del maestro Osvaldo Pugliese, y A fuego lento de Horacio Salgán. O la intención de Mariano Mores de hacer tango sinfónico. Un gran músico de la actualidad el maestro Peppo Ogivieki sostiene que gran parte del trabajo de Piazzolla está prefigurado en Troilo y que se puede hablar de una línea dentro de la tanguista que parte de Julio De Caro, pasa por Troilo y culmina en Astor Piazzolla.


La rebeldía arrolladora de la obra de Piazzolla no tuvo correlato en sus opiniones políticas, que fueron francamente derechistas.


Si bien nunca se declaró peronista, reivindicaba el “respaldo” de los primeros gobiernos de Perón a la música nacional, a pesar de que éste se limitaba a las expresiones artísticas que eran afines al gobierno, mientras otros artistas, en cambio, sufrieron exilio, censura y hasta cárcel. Fue el caso, por ejemplo, de Osvaldo Pugliese, entre muchos.


En plena dictadura, Piazzolla asistió a un almuerzo con Jorge Rafael Videla, junto a una comitiva que además integraban Adolfo Bioy Casares, Eladia Blázquez, Daniel Tinayre y el compositor Antonio Tauriello, entre otros. Según Piazzolla, más que una invitación, dijo, “me mandaron a buscar”, pero a reglón seguido agregaba: “A nosotros, los argentinos, nos faltó un personaje como Pinochet. Quizás a la Argentina le faltó un poco de fascismo en un momento de su historia…” (ver en futbolfierrosytango.wordpress.com/2016/03/09/piazzolla-y-el-fascismo). También dijo haberse arrepentido por haber compuesto el tango Los Lagartos, en homenaje a los comandos que Alfredo Astiz condujo en Georgias. Según sus biógrafos, Diego Fisherman y Abel Gilbert, “el proyecto de Piazzolla era, en cierta forma, el del músico aséptico, que podía pasar de escribir un oratorio a Perón, después tocar para Onganía, después ir a tocar para Fidel Castro, después grabar la música de Salvador Allende y después apoyar a Pinochet” (Página/12, 12/07/09). Piazzolla también dijo que se iría del país si Menem ganaba las elecciones, pero no se fue. Con seguridad, no fueron sus posiciones políticas las que determinan el lugar de Piazzolla en la historia de la música popular argentina.


Todo homenaje que se lleve adelante al gran músico tiene plena legitimidad.


 

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