23/01/2021

Bridgerton: la reinvención millennial de la serie de época

Tomándose extensas libertades artísticas, la nueva serie de Netflix le da un giro moderno al tradicional drama histórico inglés.

La nueva serie Bridgerton, primer fruto del millonario acuerdo entre Shonda Rhimes (Grey’s Anatomy, Scandal) y Netflix, desembarcó con su primera temporada de ocho episodios a fines del 2020, con una audiencia proyectada de 63 millones de hogares a 28 días de su estreno, lo que la haría el quinto título más visto en la historia del gigante del streaming. Está basada en la primera novela de una colección de ocho del mismo nombre, escritas por la autora Julia Quinn. La trama gira en torno a los escándalos que envuelven a la familia Bridgerton, aristócratas del ton (alta sociedad) londinense, durante la temporada social estival de la corte, en el período de la Regencia en Inglaterra a principios del siglo XIX. La novedad de esta serie, que a simple vista podría verse como una iteración más de las piezas de época inglesas como Orgullo y Prejuicio, Downton Abbey o The Crown, es la diversidad racial de un elenco que convencionalmente sería 100% blanco -quitando a los sirvientes, claro está. Bridgerton se destaca por ser una reinterpretación moderna, juguetona e irreverente de este período histórico, casi como un amante que le es infiel al zeitgeist de la época sin ser descubierto.

En la serie hay una apuesta fuerte a la producción que se regodea conscientemente en su anacronismo. De hecho, el creador Chris Van Dusen dijo en una entrevista a Vanity Fair que veía a Bridgerton como una oportunidad para «conjugar la historia y la fantasía de una manera divertida e interesante».  Se reinventan magníficas locaciones alrededor de Londres y el Reino Unido, emulando romántica y creativamente a las mansiones y palacios de la época. La pantalla es un carrusel de vestuarios estrambóticos que sacrifican su exactitud histórica en nombre de emperifollar a sus personajes en suntuosos vestidos y fracs caleidoscópicos que poco tienen del 1800, y mucho más de un video musical de Lady Gaga. La banda sonora no puede sino hacer un guiño pícaro a sus predecesoras: mientras que estas son musicalizadas por orquestas de cámara con temas suaves que reflejan el conflicto emocional interior de protagonistas que no pueden expresarse debido al estricto protocolo social, en Bridgerton, donde la etiqueta se despoja y los personajes se expresan libremente, no sorprende que Beethoven sea suplantado por Ariana Grande o Billie Eilish, con los amantes danzando al ritmo de hits como «thank u, next» y «bad guy» en versiones instrumentales clásicas interpretadas por la orquesta que musicaliza alguno de los opulentos bailes.

La novedad que se hace evidente rápidamente es el reparto, que abre una puerta en el cine y la televisión que ya ha estado abierta hace mucho tiempo en el teatro (con una producción de Macbeth con elenco 100% negro en 1936 de la mano de Orson Welles), pero que hasta Bridgerton estuvo cerrada en su género con tres candados: actores no-blancos haciendo papeles «de blancos». La diversidad racial, que es un distintivo de las producciones de Shonda Rhimes, se mete sin tapujos a hacer estragos en la noción tradicional de que solo un actor blanco puede hacer de aristócrata en una pieza de época. Utilizando de excusa las especulaciones que hay entre historiadores de que la reina de Inglaterra en la época, Carlota de Mecklemburgo-Strelitz, tenía antepasados africanos, los guionistas fantasean que el rey Jorge III ha elegido a una mujer negra como su nueva reina, interpretada elegantemente por Golda Rosheuvel, abriendo de esa manera la posibilidad para que personas no-blancas pudieran ascender socialmente. Toreando a los críticos más conservadores, el elenco está poblado de actores negros haciendo de aristócratas, con solo una mención pasajera de la poderosa Lady Danbury (Adjoa Andoh) acerca del por qué de este anacronismo. Esto en un país donde en la realidad la monarquía recién ha admitido a regañadientes a una persona con raíces africanas doscientos años después de la época representada en la serie, en la figura de Meghan Markle (partícipe junto a su marido, el príncipe Harry, de una crisis histórica de la Corona británica).

La inclusión de personas negras en la aristocracia de la época es demagógica, claro está, siendo que en los libros de historia se estima que cerca de 12 millones de africanos fueron comercializados como esclavos entre el siglo XVI y XIX, negocio en el cual Inglaterra era uno de los principales jugadores, que no abolió la esclavitud hasta 1833. Aún así, el cuestionamiento a esta regla no escrita trae un cambio refrescante y nuevos aires a las piezas de época.

La narración en off deliciosa y precisa de una inconfundible Julie Andrews (Mary Poppins, La Novicia Rebelde), en el papel de autora de un folleto de chismes bajo el seudónimo Lady Whistledown, hila y deshila los escándalos que envuelven a los distintos personajes. La serie acusa recibo del lugar oprimido de la mujer en la sociedad de la época, siendo que eran obligadas a concertar matrimonios arreglados que significaran la mayor ventaja económica para la familia, no podían ser dueñas de ninguna propiedad y sus posibilidades de acceder a la educación estaban severamente limitadas.

Las protagonistas indiscutibles de la serie son las mujeres. Tenemos en primer lugar a la protagonista: Daphne Bridgerton (Phoebe Dynevor), que combate los intentos de su hermano el vizconde Bridgerton (Jonathan Bailey) de obligarla a casarse con un candidato apropiado, pero que finalmente es doblegada para evitar un escándalo que podría envolver a su familia. Daphne sufre también de un mal que sufren las niñas y jóvenes aún hoy en día en nuestro país debido a la falta de ESI, la inexperiencia e ignorancia con respecto a las nociones básicas de las relaciones sexuales, debido al oscurantismo y el tabú que significaba el sexo para las mujeres en la época. Ni hablar del placer sexual femenino, que ella debe descubrir sola con las consecuencias que eso tiene. Por otro lado, a su hermana Eloise se le recuerda constantemente sobre el hecho de que ella es la próxima que tendrá que casarse, mientras que ella prefiere la lectura y el estudio, una educación que le está vedada por su condición de mujer. Por último, tenemos a Marina Thompson, una prima humilde de los Featherington, vecinos de los Bridgerton en el influente barrio londinense de Mayfair, que ha quedado embarazada fuera del matrimonio y es torturada por la baronesa Featherington (Polly Walker) para encontrar un marido lo más rápido posible, de modo de hacer pasar el hijo como suyo. Es empujada a tal punto que intenta practicarse un aborto casero, ya que se hace creer a la mujer que es preferible arriesgarse a la muerte que el escándalo de tener sexo fuera del matrimonio. La serie gestiona este y otros escándalos revelados por Lady Whistledown cuestionando a la misoginia imperante y tratando de mostrar a las mujeres como empoderadas, dentro del corsé literal y figurado que les impone la sociedad del siglo XIX.

Bridgerton hace de la subversión del género de época su misión más importante, con sus decisiones de guion, de casting y de producción. Sin embargo, no se propone hacer una crítica social más profunda a la sociedad fuertemente estratificada que representa, focalizándose exclusivamente en la aristocracia y sin hacer casi mención a la clase trabajadora urbana y rural sobre la que esta se apuntala para llevar adelante su vida de lujos. Pero quizás podemos darles a los guionistas el beneficio de la duda, y se aboque a esto en temporadas futuras. Mientras tanto, para aquellos amantes de las series y el cine histórico que sean un poco flexibles con la inexactitud, este maridaje entre Downton Abbey y Gossip Girl sin dudas los va a entretener.

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