04/11/2021

Cayendo a pedazos: se reedita a 30 años la novela chilena “Mala Onda”

Lanzada en diciembre de 1991 apareció en Buenos Aires la primera novela del autor chileno Alberto Fuguet. Una novela de adolescencia en años de dictadura, rebosante de energía, tristeza y musicalidad. Salvajemente atacada por la crítica literaria hegemónica de sesgo eclesiástico. Mala Onda se convirtió en una novela de culto de los ’90 y ahora regresa en una edición aniversario al cumplirse 30 años de su primera edición.

Mirando por el retrovisor

Mala onda (1991) de Alberto Fuguet sigue siendo un foco de interés de la narrativa chilena luego de la dictadura. Inscrita en un código de representación realista, la novela nos ofrece un retrato de la alta burguesía en un período convulso de transición luego del plebiscito de 1988 en Chile que se llevó a cabo para decidir si Augusto Pinochet seguía o no en el poder hasta el 11 de marzo de 1997.

La novela de Fuguet oscila entre una narración al modo de la sátira y otra al modo de la comedia, es decir, entre el escepticismo y el consentimiento, entre la ironía y la conformidad, entre el conflicto y la reconciliación. Mala onda narra unos cuantos días en la vida de Matías Vicuña, un adolescente de clase alta, insatisfecho en un medio social signado por el autoritarismo y el doble estándar. La estructura de la novela, un diario de una vida nebulosa, permite establecer un correlato entre las vicisitudes del protagonista y la contingencia nacional, determinada por el plebiscito del ochenta. Al iniciarse la narración, nos encontramos con un personaje dominado por la apatía:

“Estoy en la arena, tumbado raja, pegoteado por la humedad, sin fuerzas siquiera para arrojarme al mar y flotar un rato hasta desaparecer. Estoy aburrido, lateado, hasta pensar me agota”.

En cierta medida, el estado de reposo de Matías (quien está pasando los últimos días de su gira de estudios en Río) puede ser leído como contrapunto del que vive el país en vísperas de una fecha decisiva. Indolente el uno, convulsionado el otro, ambos se hallan en compás de espera frente a eventos inminentes: el regreso a Chile y las votaciones, respectivamente. Este inicio señala también lo que será la tonalidad anímica preponderante de la novela: la insatisfacción. Y es que ambos planos de la narración –el personal y el nacional– aparecen permeados por este motivo literario y sus diversas reformulaciones: la precariedad, la estrechez, la copia pobre y, en suma, todo lo que remita a esa incomodidad difusa que constituye la ‘mala onda’:

“Está cada vez más claro que mi opinión no vale. A veces creo que ni siquiera soy de acá. Que todo esto es una mala película y yo soy apenas un extra”.

Evidentemente, Mala onda nos presenta un mundo devaluado donde las posibilidades de actuar positiva y autónomamente se encuentran muy reducidas. La atmósfera por donde se mueve Matías Vicuña no da pie para grandes tragedias ni, menos, para el heroísmo. Este relativismo, propio de la sátira, incide en que la ironía sea uno de los tropos más recurrentes de la novela. Esta intención satírica tiene por blanco principal al medio social del protagonista (incluido él mismo en ocasiones). Es así como en Mala onda asistimos al desfile de una serie de personajes arquetípicos de la burguesía nacional chilena: frías señoras de socialité, conservadores antiguos, yuppies locales, adolescentes consumistas incapaces de ‘salir de su burbuja’ o comandos del SÍ integrados por fans de la pobre farándula dictatorial de ese momento.

A través de este repertorio en el que confluyen dos imaginarios literarios de la derecha chilena, uno más tradicional y otro acorde a la época neoliberal que surge – la narración denuncia, siempre en clave cómica, algunos de los defectos de este grupo que prospera bajo el ala de la dictadura: hipocresía, clasismo, egoísmo, autoritarismo e ignorancia voluntariosa, entre muchos otros. Más ambiguamente, la ironía se dirige hacia la postal neoliberal erigida por la dictadura. El mundo del consumo masivo, los centros comerciales, los hipermercados, la comida chatarra y la cultura pop es descrito desde adentro por personas que se identifican con él, a menudo incluso con una admiración que vuelve a traer al centro ideas como las del pensador Walter Benjamin que describe al capitalismo como una nueva religión de consumo. Sin embargo, ni el escepticismo ni la ironía pueden corroer por completo los elementos puestos en juego por la novela. En algún momento, la trama satírica de Mala onda comienza a inclinarse hacia un tipo cómico que se caracteriza por la creencia en la reconciliación de fuerzas sociales en competencia, permitiendo así un ‘final feliz’. Esta síntesis a la que apunta el tono cómico encarna un sentido conservador ya que legitima el statu quo al demostrar que aquellos elementos que se han opuesto en los conflictos, aparentemente irreconciliables, son “a la larga, armonizables entre sí”. El orden queda así salvaguardado y reforzado de manera grotesca.

La lectura progresiva de la novela, nos muestra como muchas de las instituciones cuestionadas y satirizadas por la narrativa (familia, mercado y orden) terminan siendo “salvadas” y el adolescente «afligido» acaba rompiendo sus «malas vibraciones» y ajustándose al sistema establecido. Tras una discusión con sus padres, Matías se escapa de casa y llega, en medio de la noche y descuidadamente, a una población suburbana donde ve que «los neumáticos se están quemando… y que hay gente gritando y moviéndose». El humo «y que» las paredes y los bares están llenos de consignas”. Aterrado, logra escapar de este infierno de los otros sin rostro (una referencia a la clase social chilena proletaria) y refugiarse en el City Hotel bajo el nombre de Holden Caulfield, el protagonista de la novela de Salinger “El cazador entre el centeno”, con quien decide identificarse. Tanto el consumo, uno comercial como el otro cultural, facilitarán entonces que Matías regrese a casa menos derrotado.

Flotando a la deriva

Atribuibles a una actitud generacional y de clase, dividida también entre rechazo y conciliación. Construida como una sátira que se convierte en una comedia, la historia de Matías Vicuña hace explícitos algunos rasgos de la clase alta nacional (su autoritarismo, su doble criterio de valoración, su discurso conservador o el origen de su poder).

En este sentido, mientras la sátira permite que la narrativa revele algunos de los aspectos más oscurantistas del grupo social del protagonista, la comedia le brinda la oportunidad de complacerlos «tanto como sea posible». Parece que las «malas vibras» se reducen a un malestar generacional temporal: Matías Vicuña, como «hijo de la dictadura», se siente incómodo con el sistema que han erigido sus padres. Sin embargo, su huida de casa, descenso a los infiernos y su progresivo aislamiento actúan sobre él como «vías de expiación» (o como un sustituto de dicha expiación). Tras sus aventuras, Matías puede volver a casa (a pedido y familia), ya más satisfecho con el legado de los adultos. La ideología conservadora tiene un sentido autorreflexivo o especulativo: ve el mejor momento en su propio tiempo. Asimismo, se podría argumentar que en la novela de Fuguet la burguesía se evalúa a sí misma y, tras algunas vacilaciones, decide ponerse en marcha.

Por otro lado, el despliegue de un realismo incide directamente en la formación de un tipo particular de memoria, que podemos denominar «pop» o «zapping». Las implicaciones ideológicas de esta forma de evocar el pasado se pueden interpretar como conservadoras, ya que evitan todo lo que contiene lo peligroso para enfocarse en lo pintoresco, de manera ingenua. Es en este contexto que es significativo destacar cómo la novela escapa a la identificación del narrador principal con implicaciones ideológicas radicales. Éstos permanecen siempre como una amenaza sin rostro definido, meramente intuidos en la escenografía de los suburbios, en los temas borrosos que los habitan y en las consignas que plantean. En definitiva, y a pesar de los significados más disruptivos que puede contener una novela como Mala onda -ya sea por su vena satírica o por su polémica propuesta pop-, es posible concluir que también hay mucho conservadurismo en ella. Es así como su desenlace reafirma el status quo, eleva el cumplimiento del legado dictatorial y revalida elementos previamente satíricos de la ficción. En este último sentido, es especialmente significativa la refundación de la casa emprendida por Matías y su padre. La familia, disfuncional y todo, sigue representando el espacio privilegiado en la imaginación de Fuguet para la realización de sus personajes. Es en el horizonte de la salvación personal y relativa, es decir, de la ideología del músico Remsen (inspirado en el vocalista Mike Patton y la canción “Falling to pieces” que fueron fundamentales en la creación de la novela) que Matías abraza hacia el final este núcleo tradicional que encarna el ámbito seguro de lo privado. Como el mismo plantea será un refugio transicional, un islote en el medio del vendaval:

“Sobreviví, concluyó. Me salvé. Por ahora”.

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