09/09/2021

Chaco: ¿la cultura es la sonrisa?

La muerte del escultor chaqueño Fabriciano Gómez, a los 77 años, ha causado hondo pesar en la provincia. Fabriciano se hizo conocido y querido no sólo por sus obras y logros artísticos, sino también (y sobre todo) como gestor de la Bienal Internacional de Esculturas (también de su antecedente inmediato, el Concurso Nacional de Escultura en madera), el acontecimiento cultural más convocante y masivo a nivel provincial. La idea del público presenciando como un artista convierte la materia informe en escultura, en el marco de un certamen al aire libre, no era exclusiva de Fabriciano, pero fue él quien la impulsó y concretó a través de la Fundación Urunday, de la que era referente. Lo mismo puede decirse de la idea de transformar a Resistencia, la capital provincial, en “la ciudad de las esculturas”.

Como suele ocurrir con las figuras públicas, Fabriciano tuvo admiradores y detractores de su actividad, seguramente más entre los primeros. No es el propósito de esta nota analizar los argumentos de unos y otros, sino compartir algunas reflexiones a manera de apuntes para un análisis político de los acontecimientos culturales y sus repercusiones.

Ante todo, aclaremos que habitualmente se identifica cultura con arte, a pesar de que el concepto de cultura es mucho más abarcador e integral. Sin embargo, los medios y los funcionarios se refieren a espectáculos y a distintas expresiones artísticas como “culturales”, multiplicando socialmente esta identificación equívoca. De la misma surgen diversos aspectos dignos de analizar, aunque nos referiremos solamente a dos.

En primer lugar, la utilización que cada gobierno pretende hacer de acontecimientos como los mencionados. En nuestro caso, gobiernos de distintos signos partidarios los han auspiciado para demostrar su interés en la recreación y el crecimiento cultural y espiritual del pueblo que participa como público en festivales, bienales, muestras, ferias y actividades de carácter artístico. Desde el poder, la cultura (como entretenimiento y espectáculo) es concebida como la religión, el patriotismo o el deporte: un ámbito que genera sentido de pertenencia a un colectivo; un ámbito en el que coinciden todas las clases sociales, sin importar los intereses diversos y contrapuestos que las separan. Esta manipulación es realizada sin necesidad de la voluntad de quienes pensaron las actividades artísticas ni de quienes participan en ellas.

En segundo lugar, la idea de que un pueblo que asiste asiduamente a manifestaciones artísticas estará mejor preparado para construir una sociedad más justa, libre, solidaria, etcétera. Esta idea encanta a diversos sectores progresistas. Pero el mero consumo de cultura (o de arte) no suprime las condiciones objetivas, las desigualdades económicas, las injusticias sociales. En el Chaco, mientras funcionarios y dirigentes de los partidos tradicionales, y la mayoría de los medios dedican abundantes elogios a la “extraordinaria vida cultural” de la provincia, crecen la deserción escolar, el analfabetismo funcional, la violencia de género, la inestabilidad laboral y los salarios miserables de trabajadores docentes, culturales y sanitarios, a lo que debe agregarse la criminalización de quienes reclaman por necesidades básicas insatisfechas o mejores condiciones salariales y laborales.

Los ejemplos mencionados nos ratifican que “una extraordinaria vida cultural” no genera mejores condiciones de vida, sino al revés. Una vida mejor genera una cultura mejor.

Desde una perspectiva obrera y socialista, propiciamos expresiones artísticas y culturales que nos brinden herramientas para cuestionar lo naturalizado por el capitalismo y para generar y sostener las expresiones genuinas e independientes del Estado burgués y de la lógica del mercado. En la construcción del socialismo sí es posible que la cultura empiece a ser “la sonrisa” y no un privilegio ni un mero pasatiempo.

 

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