13/07/2020

«Cinco sangres»: Vietnam desde los ojos de los veteranos afroamericanos

El film de Spike Lee, que puede verse en Netflix, entrelaza pasado y presente de la opresión del Estado norteamericano a nivel internacional y fronteras adentro.

Existen diferentes formas de aproximarse a contar un conflicto bélico dentro del lenguaje cinematográfico. Algunos optan por el espectáculo y el estilo, por la heroicidad de las escenas de acción y violencia, lo que a veces se traduce en una versión edulcorada de esos conflictos. Donde Rambo, pensada como una sátira, termina convirtiéndose en una exaltación de la heroicidad del ejército norteamericano, o un Chuck Norris inicia en Missing in action una épica cruzada para salvar prisioneros de guerra de campos vietnamitas.

Otros eligen la crítica en lugar del espectáculo, revelan otra cara de la guerra: el padecimiento de los soldados en el frente, la barbarie, en Apocalypse now de Francis Ford Coppola y Full Metal Jacket de Stanley Kubrick; la exploración surrealista de Jacobs Ladder de la vida después de la guerra y las secuelas de quienes vuelven de allí.

En Da 5 Blood (Cinco Sangres), la última película de Spike Lee que está disponible en Netflix, el director combina estas diferentes formas de aproximarse a la guerra de Vietnam para contarlo desde un enfoque nuevo: el del papel de la comunidad afroamericana en el conflicto.

 

Los Sangres, cuatro veteranos afroamericanos, vuelven al sureste asiático en busca de los restos de su líder de escuadrón, Norman, muerto en batalla, y de un tesoro que enterraron en el campo donde combatieron. La búsqueda del oro y la confrontación con el pasado de una “guerra de la que nunca se fueron” son el terreno donde la paranoia, la violencia y las tensiones se transformarán en traiciones, tanto entre ellos como por fuera.

Fiel al estilo de Lee, la película es todo un pronunciamiento político.

El montaje de archivo, con el que abre, nos brinda un contexto brutal de la guerra. Se mezclan las imágenes de las movilizaciones contra la guerra y las entrevistas a Malcolm X, Muhammad Ali y Martin Luther King Jr. con las de las masacres de Kent State y Jackson State, donde la Guardia Nacional asesinó a estudiantes que protestaban contra la ocupación en Camboya; la represión en las puertas de la convención nacional demócrata en 1968 en Chicago y la renuncia de Richard Nixon tras el escándalo de Watergate, frente al fracaso de la guerra. Se intercalan las imágenes de la situación en Vietnam, no solo de la vida de los soldados en el frente, sino también de la violencia contra los presos vietnamitas; la ejecución en las calles de Saigón -capturada por la prensa- de Nguyen Van Lem, un oficial del VietCong, por Nguyen Ngoc Loan, un general survietnamita y jefe de policía; los bombardeos de napalm contra niños, la inmolación de los monjes budistas contra la guerra, la caída de Saigón y las primeras oleadas de refugiados vietnamitas.

Así, la película transcurre entre el pasado y el presente. Vemos los conflictos y la vida de los Sangres durante la guerra y el lazo de hermandad que desarrollaron. Característico de esto es el «dap» recurrente entre los protagonistas, un saludo que implica complicados gestos y choques de manos, ideado por soldados negros durante la guerra para expresar unidad en destacamentos racistas. A su vez, lo desproporcionado de la situación en la que estaban. Mientras que muchos jóvenes blancos pudieron escapar al enlistamiento forzado, ellos no tuvieron tanta suerte. Como expresa Hanoi Hannah, una conductora de radio vietnamita que transmitía un programa con propaganda comunista y llamando a los combatientes a desertar, aunque representaban el 10% de la población norteamericana, el 30% de las tropas era negra. Pero también podemos ver la distancia entre ellos en la actualidad. A pesar de reivindicar su descendencia afroamericana y la necesidad de una reparación para su comunidad, uno de ellos es votante de Donald Trump, hace comentarios racistas contra los vietnamitas y usa un gorro de MAGA («Make America Great Again»), un objeto que se vuelve un símbolo de la avaricia y del destino de aquellos motivados por ella.

Lee no esquiva las contradicciones que representa que, a pesar de ser oprimidos en su propio país, aún son parte del ejército opresor en Vietnam. Durante el viaje de los Sangres a la zona selvática, donde esperan encontrar los restos de su compañero, tienen un altercado con los locales en un pueblo donde un lugareño acusa a uno de ellos de ser un soldado, asesino de sus padres. En uno de los flashbacks, vemos cómo los Sangres disparan contra un grupo de soldados del Vietcong que caminaban por la selva hablando de poesía. Uno de los veteranos, al volver a Vietnam, descubre que tiene una hija: “Childrens of dust” (“hijos del polvo”) es el nombre con el que se denominó a la decena de miles de hijos de la ocupación vietnamita; discriminados por su condición mestiza, tanto el gobierno norteamericano como el vietnamita se desligaron de cualquier responsabilidad por el cuidado de ellos, quienes en su mayoría fueron condenados a la pobreza, la marginalidad y el hambre.

En la búsqueda de ser fiel a la estética de las películas sobre Vietnam, Lee utiliza diferentes recursos. Ya sea en modificar la relación de aspecto del film, para emular las transmisiones televisivas de época, o en la forma estilizada de las escenas de acción de esos recuerdos, mostrando una versión heroica de los combates de los afrodescendientes, inexistente en las fantasías bélicas mainstream. Pero donde es más evidente es con la campaña gráfica. En su intención de representar Vietnam y lo que representa para la comunidad, Lee terminó trabajando en conjunto con Emory Douglas, quien fuera el diseñador de la gráfica y cabeza de la prensa de los Panteras Negras durante esa época y cuyo arte definió en gran medida la campaña gráfica contra la guerra. Por su parte, el soundtrack del film toma la mitad de sus canciones del disco de Marvin Gaye, What’s Going On (1971), un álbum conceptual que cuenta la historia de un veterano de Vietnam que vuelve a su país para encontrarse con odio e injusticias.

 

El largometraje nos presenta un contrapunto en el diálogo con el pasado. La entrevista a Muhammad Ali, que corre a la par de las brutales escenas de archivo, donde el ícono del box se cuestiona por qué combatiría contra otra nación que no le ha hecho nada en favor de una que lo persigue y discrimina, marca el tono pesimista de gran parte del film. Sobre el final, luego de más de una redención de nuestros protagonistas, vemos un fragmento del discurso de Martin Luther King Jr, en la que afirma que la lucha del movimiento de los ’60 no era solo por reformas y derechos parciales, sino que la “liberación de EEUU” no será hasta que “los descendientes de esclavos se liberen completamente de las cadenas que aún llevan”. Y en la que el dirigente concluye citando las palabras del poeta y novelista negro Langston Hughes: “América nunca fue América para mí. Aun así, juro que America será”. Un tono algo más optimista que, sin embargo, es contrapuesto con un mensaje que informa que un mes después de dar ese discurso era asesinado en Memphis, Tennessee. Es un claroscuro, en que recoge la historia norteamericana de opresión y desliza la perspectiva de un cambio sistémico, sin dejar de apuntar que aún estamos muy lejos de ello.

Como pasó con Blackkklansman (El infiltrado del KKKlan), el film anterior de Lee, este se estrenó en un momento convulsionado. Las enormes movilizaciones por justicia por George Floyd cuestionan la base fundacional del Estado norteamericano, que tiene un legado en la opresión de los pueblos y, en particular, de los afrodescendientes. Es Lee quien, en una entrevista en CBS, establece este paralelo, al señalar que “la guerra de Vietnam fue la primera que se televisó en los hogares estadounidenses. Así que nosotros veíamos lo que sucedía en Vietnam pero también veíamos lo que sucedía en las calles, con el movimiento antibélico (…) Lo que recuerdo de los ’60, cuando nosotros crecimos, eso es lo que estoy viendo ahora en las calles. Eso es lo que estoy viendo hoy”.

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