11/11/2010 | 1154

Domestiquemos el «rock», proclama la ‘cultura’ kirchnerista

A propósito de un artículo de "Miradas" contra Las Manos de Filippi

El suplemento juvenil del diario kirchnerista «Miradas al Sur» publicó una nota titulada «El kirchnerismo como vanguardia política y cultural». El nombre, de por sí, es llamativo, porque el término vanguardia se aplica, generalmente, a aquello que rompe con lo establecido. No es, precisamente, el caso de Kirchner, un menemista en los ’90, un privatizador de fuste y un pagador serial de la deuda externa, incluso con la plata de los jubilados. La nota se inscribe en el operativo impulsado por los funcionarios estatales, juveniles y menos, para que los medios K distraigan a la opinión pública de los punteros pejotistas, los patoteros de la burocracia sindical, los movimientos sociales borocotizados y los ‘camporistas’ que presiden la Corporación Puerto Madero o Aerolíneas Argentinas y las secretarías de Transporte del «sindicalismo que construye» de Pedraza -como lo calificó la Presidenta el año pasado. Cuando «el poder se construye desde arriba», como decía el patria libre Tumini cuando era oficialista, los eructos que produce nunca pueden ser militantes.

La nota de «Miradas» comienza con una inevitable muestra de hipocresía K, pues recuerda la famosa canción de Las Manos de Filippi, «Señor Cobranza», un himno de la juventud que lucha y se rebela contra este sistema de explotación. Así lo reconoce el articulista. Hasta 2003, donde cambió todo. «Néstor (…) modificó para siempre la concepción del enemigo, las alianzas, los pibes (¡), en fin, la cultura, y con ella la cultura rock, que pasó de ser de resistencia a vaya uno a saber bien qué». Quien escribe la nota admite que «no sabe» de lo que le encargaron hablar, pero ya ha sustituido «rebelión» por «resistencia» para desnaturalizar la inspiración del Cabra. De paso, convierte al menemo-duhaldista en un facto de superación de una resistencia que nunca encarnó. Pero la intención del autor no es siquiera reivindicar al resistente que nunca existió, ni diseñar los contornos de una cultura que no sabe en qué consiste, sino pelearle al Partido Obrero, con la sangre de Mariano aún caliente. Así, no se le ocurre otra cosa que describir al Cabra, el cantante de Las Manos, como «quien pasó de semblantear ‘sí son todos traficantes, ¿y si no el sistema qué?’ a presentarse como candidato a legislador porteño por el Partido Obrero, al sistema, bienvenido». El pobretón de «Miradas» pretende que el Cabra es un joven K, a quien borocotizaron con un puesto millonario, o que un diputado rockero y socialista es equivalente a un comisionista oficial que maneja el negocio de entrega de esa cueva de la especulación inmobiliaria de Menem y de Macri que se llama Corporación Puerto Madero. Los cooptados tienen esa singular característica de creerse los exponentes de eso que se llama la naturaleza humana, por eso suponen que el prójimo es un corrupto, al menos en potencia, como ellos. Altamira, como legislador, combatió por ejemplo a Roggio y a la burocracia de la UTA y peleó por el proyecto de la jornada laboral de seis horas, mientras que los alcahuetes K son aliados de Roggio y sus pichones de burócratas se alían con el gobierno que les niega el reconocimiento al sindicato del subte. Cabra integró la lista del PO para cantarle a la legislatura que ella es una cueva del sistema de explotación, o sea convertirla en tribuna de agitación revolucionaria. Para hacer lo que el legislador Crespo Campo, de la Ucedé, le espetó a Altamira, cuando lo denunció de «uso subversivo de las instituciones del Estado» (ver actas octubre de 2004). La presencia de Cabra en los órganos parlamentarios proyectaría la «cultura rock» a la acción revolucionaria consciente -algo que habrá de ocurrir inevitablemente en un plazo un poco mayor que breve. Como candidato en campaña, el Cabra denunció la complicidad de todos los poderes del Estado con los empresarios de la noche y los negociantes de la cultura, o sea la explotación social de la creatividad humana.

La democracia gris

El periodista reconoce que quien en realidad está ‘integrado’ al sistema es él mismo, o sea que escribe a sueldo. «La democracia es gris, pero la más grisácea de las democracias es mejor que una revolución impracticable, entendimos después». Esta enmienda a Goethe, para quien el árbol de la vida es siempre verde, es toda una definición. El periodista K entendió «después» (no sabemos qué cosa había comprendido ‘antes’) que lo más cómodo es resignarse a los hechos consumados y vivir del negocio pequeño de divulgar la especie. Por eso Spolsky lo utiliza como columnista de opinión. Que el personaje en cuestión se relama con su derrota nos tiene sin cuidado, pero que no lo meta al Cabra. La conclusión ‘inspiradora’ de este vanguardista cultural es an-to-ló-gi-ca: «El legado que mejor explica al kirchnerismo es la cultura de lo estatal, la lenta incorporación de un discurso burocrático, el aprendizaje de los resortes institucionales para la construcción de poder desde la autoridad presidencial». Cultura estatal, discurso burocrático, resortes de poder, autoridad -claro que eso es el spolsky-kirchnerismo.

«El rock -generaliza el doctrinario K- como música joven popular hegemónica ya no podía blandir rebeldía, porque metonímicamente, la rebeldía se desplazaba a otras significaciones a donde debían trasladarse, a la política, a la militancia, al gris ejercicio de mejorar de a poco, cada día, el país». Esta barbaridad es significativa, pues se trata de un resumen, estilo «Carta Abierta», del arte al servicio del poder, del realismo socialista, del stalinismo. Pero el grito de guerra del Cabra (y de todos nosotros) es ¡la revolución permanente!

La nota resulta muy oportuna luego del «Estudiantazo», que puso de manifiesto el peso marginal de las corrientes kirchneristas y su rol reaccionario. Es contra este movimiento de la juventud que va dirigida la nota del pensador spolskista. Luego de agobiar al país con el espantajo del peligro destituyente de la derecha, los K muestran las cartas con este ataque al opositor revolucionario de la izquierda. Con los primeros ya están en marcha los enjuagues, rociados con una buena dosis de ganancias en la Bolsa y con la deuda pública. Con los segundos, ni tregua. La imagen de nuestro Mariano -éste es el objetivo K- no debe quedar grabada en el imaginario y en la conciencia de la juventud que trabaja y estudia. Que no se convierta en un Santiago Pampillón, asesinado por la dictadura de Onganía en una movilización que precedió al Cordobazo.

Todos esos miles de jóvenes se enfrentaron al Estado, a sus discursos «burocráticos» y a los «resortes institucionales». Como diría otra famosa canción de Las Manos, la juventud logró conquistas con los únicos métodos con los que realmente se puede hacer: los métodos piqueteros.

Toda una juventud que se rebela contra un sistema que se derrumba sigue cantando, más que nunca: «Tienen el poder y lo van a perder».

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