07/10/2016

“El ciudadano ilustre”: extraño en su tierra

El film de Cohn y Duprat pone en juego reflexiones sobre arte, poder y sociedad.


El ciudadano ilustre, la película dirigida por Gastón Duprat y Mariano Cohn, acaba de ser seleccionada para competir en representación nacional en los premios Oscar y los Goya. El film ya cuenta con importantes distinciones internacionales, el visto bueno de la crítica, el éxito de la taquilla y su extendido estreno en buena parte del mundo.


El escritor Daniel Mantovani (interpretado con maestría por el actor Oscar Martínez) gana el Premio Nobel de Literatura, primer argentino en recibir el galardón de la Academia sueca. Pero Mantovani no se siente cómodo con la prestigiosa distinción. Frente a los monarcas suecos, el escritor admite sentir un profundo desagrado por ser premiado.


Que las élites y la burguesía internacional lo hayan escogido significa que el suyo se convirtió en un arte cómodo para los poderosos. Desde su inicio, El ciudadano ilustre abre un debate provechoso. Plantea que los explotadores del mundo, desde el Estado o el sector privado, están siempre cooptando la creación artística para neutralizar su potencial rebelde y contestatario del sistema. Es también el modo de apropiarse y monopolizar la cultura, vedada a los pueblos que pretenden mantener en la ignorancia.


Montavoni, que vive desde hace cuarenta años en Europa, rechaza la lluvia de invitaciones y agasajos de universidades, editoriales y demás círculos de poder. Sin embargo, acepta una: la que le envían desde Salas, el pequeño pueblo pampeano de la provincia de Buenos Aires donde nació y que es el escenario en el que transcurren todos sus relatos. El municipio —de típica dirigencia peronista— lo nombrará “ciudadano ilustre”.

Así, viajará en soledad y sin aviso, para evitar el revuelo mediático de su presencia.


En su pueblo están los habitantes deslumbrados y orgullosos de su coterráneo más destacado, quienes lo llenan de felicitaciones, lo congratulan con sabrosos asados y recetas caseras, le dan sencillos pero emotivos y sinceros obsequios que él recibe con más entusiasmo que aquellos fríos bronces del establishment.


Sin embargo, también se evidencia el modo feudal de gobierno político —con sus patoteros al servicio de un funcionario-patrón—, las tremendas desigualdades entre el empobrecido trabajador rural o precarizado en changas y los terratenientes que siembran con agrotóxicos, la explotación sexual en las “whiskerías” o la violencia de género silenciosa en las relaciones de pareja.


Como una novela de Manuel Puig, a Montavoni la distancia le permitió retratar estas facetas de la vida de pueblo. Pero, otra vez acá, el escritor no podrá escapar de la violencia que golpea a los salenses. Esa misma violencia de la quiso escapar para convertirse en escritor. Lo apremia la sensación de ser un extraño en su propia tierra, el rencor de los habitantes que viven la opresión que para él se fue convirtiendo en material para la escritura.


¿Qué papel debe cumplir el arte en la transformación del mundo? ¿Basta simplemente con mostrar los mecanismos de dominación? ¿De qué modo los explotadores expropian la cultura, como lo hacen con la fuerza del trabajo? El ciudadano ilustre no ofrece respuestas lineales. El valor de esta película está en poner sobre la mesa las piezas para que el espectador, que se divirtió y también se indignó, ordene sus conclusiones. La ficción es una extensión de la realidad, que siempre es más áspera, menos ordenada, más difícil de desentrañar.

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