24/12/2020

“El desorden que dejas”: una serie sobre violencia de género

Lo que cuenta la serie, lo que ignoraron los críticos.

Netflix estrenó la miniserie española “El desorden que dejas”, una adaptación de la novela homónima premiada en 2016 y dirigida por su mismo autor, Carlos Montero. Aquí se abordan diversos tipos de acoso y violencia de género, la opresión de las mujeres y la impunidad patriarcal. Sin embargo, esto fue omitido por gran parte de la crítica española que se concentró en un (errado) análisis superficial de supuesto vacío narrativo, mala adaptación del libro, estereotipación del adolescente, una trama embrollada para un final todavía más complejo (mentira) y una crítica academicista en contra de los coloquialismos galindos y el acento gallego reemplazando el español neutro. A continuación, una reivindicación de este thriller psicológico y un breve análisis con spoilers.

Reseña

Raquel (Inma Cuesta) es una profesora de literatura que atraviesa varios problemas existenciales: duelo por la muerte de su madre, crisis matrimonial y una baja autoestima, lo que le produce un desaliento general por la vida. Esperanzada en superar su situación, se muda al pueblo natal de su marido Germán (Tamar Novas), donde consigue una vacante. La profesora Viruca (Bárbara Lennie) se ha suicidado recientemente y su alumnado está en la mira. El colegio cree que la acosaron hasta provocarle la muerte y su esposo que alguien la asesinó. La policía no investiga nada. Raquel intenta reconstruir lo sucedido y la cantidad de cabos sueltos le despiertan curiosidad: algo está mal, algo se está ocultando. Con su investigación personal y a medida que encuentra lazos de Viruca con el poder político pueblerino, recibirá amenazas, mensajes de números desconocidos y persecuciones. La información será brindada al espectador a paso lento y a medida que Raquel arma este rompecabezas, por momentos sin sentido y anacrónico.

Raquel y Viruca, todas las mujeres

Los paralelismos entre Raquel y Viruca sirven de argumentación, pero mejor para mostrar la realidad cotidiana de miles de mujeres. Ambas sufren de manipulaciones psicológicas, relaciones sexuales no consentidas, cosificación y subestimaciones. Es decir, el combo completo de la violencia machista. Por ejemplo, cuando ellas contradicen u opinan, siempre son violentadas físicamente o menospreciadas por un varón de ceño fruncido y pose sabionda. Cuando manifiestan su pasión por la literatura se las trata de obstinadas y cuando denuncian al patriarcado, de “incendiarias”.

Viruca es todas las mujeres silenciadas. Nótese un simbolismo recurrente. Iago (Arón Piper) eyacula sobre el retrato de Viruca y su manera de limpiarlo es arrancarle un trozo, justo quitándole la parte de su boca. Es lo primero que verá Raquel al entrar a su casa y saldrá corriendo despavorida, sin que el espectador aún comprenda, pero dando algunos indicios. Luego, cuando Iago o su padre Tomás (Alfonso Agra) la fuerzan a tener relaciones sexuales, lo hacen con caricias también sobre su boca, que terminan siempre tapando.

Sobre Raquel podemos ver las psicopateadas de su esposo Germán -quien además es la antítesis de Mauro (Roberto Enríquez). Él justificará su desempleo de dos años por una supuesta parálisis creativa, obligando a que Raquel lo mantenga. También le miente constantemente con el pretexto de “cuidarla porque la ama”, pero pondrá el grito en el cielo cuando Raquel lo haga. Constantemente la tratará como un ser indefenso y no la acompañará en ninguno de sus proyectos alegando que no es una mujer fuerte “como lo eras antes”. Para colmo, tratará a Raquel como una loca obsesiva por intentar reconstruir el caso de Viruca.

En definitiva, en todo momento se elabora una denuncia contra el machismo. Esto se termina de completar con la reivindicación de autoras mujeres, los discursos feministas de Nerea (Isabel Garrido) y la recurrencia en el guion de la consigna “no es no”.

Pueblo chico, infierno grande

La policía y los políticos del pueblo harán todo para cuidar a Tomás y su séquito de ser descubiertos (la muerte de Viruca no es investigada, las denuncias son cajoneadas). El “desorden” que referencia el título tiene varias manifestaciones y una es la desesperación de los machistas a punto de ser desmantelados.

Por otro lado, veremos cómo el pueblo condena a las mujeres reveladas. Cuando Viruca se divorcia y se conoce su vida sexual, recibe comentarios por lo bajo o miradas despectivas que ella enfrenta sin balbuceos. También es juzgada por ocupar esos espacios reservados a los varones: los bares, las reuniones de negocio e inclusive el consumo de drogas. Otra manifestación: ese “desorden” es la irrupción de las mujeres.

Límites en las denuncias

Si le cabe una crítica a la serie, es sobre los límites de las denuncias, ya que son relegadas a una cuestión de género y olvidando el rol del Estado y sus instituciones patriarcales, el desamparo de las mujeres violentadas que denuncian o la educación sin perspectiva de género que se imparte en los colegios.

Por otro lado, Montero intentó estar a la altura de la etapa e incluyó el ciberacoso, pero lamentablemente quedó empañado por una contradicción de la trama. Acá si le damos la derecha a los críticos. Se evidencia el impacto y trauma psíquico, pero no se esclarece por qué Roi (Roque Ruiz) le manda mensajes acosadores a Viruca o amenaza a Raquel con publicar su video pornográfico. Al parecer, por un ataque de celos, pero luego se dice que él nunca supo de Iago y Viruca.

Aparecerán otras temáticas con menos desarrollo. Se harán comentarios irónicos sobre la crisis española, el desempleo masivo, la precarización docente y los desalojos de familias que no pueden pagar el alquiler. Habrá sobre relaciones familiares disfuncionales que cada personaje representa. Sobre la homofobia, los abortos, la imposición de las heteronormas, adicciones y una excelente representación de “los hijos sanos del patriarcado”.

La miopía del crítico

En suma, excelente guion, buenas actuaciones y esta cantidad de temas abordados. La reconstrucción del caso por momentos sin sentido o anacrónica sirve para empatizar con la confusión desesperante de Raquel. Como joya, Montero superó el final del libro con uno alternativo para la serie.

Nada fue inocente o aleatorio. Sin embargo, pasó desapercibido para gran parte de los críticos españoles, que decidieron marcar las dos escenas donde Inma Cuesta olvida su acento gallego y se le escapa uno argentino. Se perdieron en un análisis conservador y superficial, desestimando el resto. ¿Será que se sintieron tocados con las denuncias?

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